El Quinto Punto de Inflexión
Capítulo 3: El Quinto Punto de Inflexión
Cuando regresé, Eris y los demás estaban aguantando bien. Ellos me habían perdido a mí y a los guerreros Superd, y Cliff y Elinalise todavía no regresaban, pero las cosas se habían estabilizado. Ghislaine corría a través del campo de batalla, prácticamente en cuatro patas. El punto ideal del puño del Dios de la Lucha era alto —él era un sujeto alto— así que ella se mantuvo pegada al suelo para escapar del rango del estallido de viento que generaba, cortando hacia él desde el frente, el costado, y la espalda para asistir a los demás. Ghislaine no tenía el suficiente poder ofensivo, pero a partir de la forma en que el Dios de la Lucha estaba agitando sus brazos, ella le estaba dando problemas.
La presencia de Sylphie era igual de importante. La situación pedía una recuperación rápida, así que su magia de sanación sin encantamientos encajaba perfectamente. Cuando el Dios de la Lucha mandaba a volar a Dohga o Zanoba, ella estaría a su lado para sanarlos en un instante. Sylphie ya había estado fuera del campo de batalla por mucho tiempo, así que creí que tendría problemas para seguir el ritmo de la demanda física, pero ella se estaba encargando de toda la sanación que estábamos haciendo Cliff y yo.
Supongo que debería destacar el trabajo de Isolde. Ella estaba ahí en frente de todos, desviando todos los ataques que le lanzaba el Dios de la Lucha y respondiendo con los propios. Ella se movía con gracia y precisión. Su técnica hacía que los ataques violentos del Dios de la Lucha —de los cuales cualquiera pudo haber sido letal— se vieran como la pataleta de un niño.
Obviamente, ella no iba a derrotarlo así. Sin importar cuántos golpes sueltos le respondiera al Dios de la Lucha o cuántas veces cortara sus brazos o sus piernas, ella no hacía ningún daño. En una batalla uno a uno, Isolde podría haberle dado una buena pelea, pero ella nunca habría ganado. Isolde se cansaría en algún momento, y todo habría terminado.
Pero cuando se trataba de ganar tiempo hasta mi regreso, su presencia valía su peso en oro.
“¡Lamento haber tardado tanto!” le grité a Sylphie.
“¡Rudy! ¡Todos los demás, retrocedan!” A su señal, todos pusieron algo de distancia con respecto al Dios de la Lucha.
“Vaya, vaya.” Badigadi no trató de seguirlos, ni siquiera se molestó en mirarlos. Sus ojos estaban fijos en mí.
Nosotros teníamos casi el mismo tamaño. La Armadura del Dios de la Lucha tenía cerca de dos metros y medio de alto. La Armadura Mágica tenía cerca de tres metros de alto. Eso quería decir que yo era un poco más alto, y debido a que me había detenido a casi diez metros delante de él, no era suficiente para mirarlo hacia abajo.
“¡Esa debe ser la Armadura Mágica que mi querida hermana le otorgó al Dios Dragón como reconocimiento de su valía!”
“Um…” dije indecisamente. “Usted vio la Mark I en la playa, ¿cierto?”
“¿Lo hice?”
“Sip, solo que justo después usted la hizo pedazos de un solo golpe.”
Volví a pensar en ese golpe. Yo lo había recibido de lleno porque había sobreestimado mis defensas, pero, aun así, era increíble que Eris y Ruijerd siguieran con vida después de recibir golpes como ese. Esa tenía que ser la diferencia en defensa física que proporcionaba tener un Aura de Batalla… aunque en ese caso, yo debía preocuparme por Cliff. Él no había recibido directamente un puñetazo, pero no era como si pudiera envolverse a sí mismo en un Aura de Batalla en caso de que recibiera uno.
“Dijiste Mark I. ¿Asumo que eso quiere decir que esta armadura es diferente?”
“Tendrá que descubrirlo,” dije, mirando a mi alrededor. Los demás estaban de pie, observándome desde lejos. Aunque había una buena distancia entre nosotros, ellos aún podrían terminar atrapados en el fuego cruzado.
Ah, es cierto. Sylphie estaba tratando al resto de los heridos.
Por ahora dejaría a Cliff en sus manos.
“¿Comenzamos el segundo acto?”
La batalla comenzó.
Mi Cañón de Piedra sirvió como una campanada para iniciar la batalla. Yo retrocedí mientras disparaba Cañones de Piedra, con Badigadi pisándome los talones. Estaba usando la misma táctica que en mi batalla contra Orsted: retroceder y disparar Cañones de Piedra indiscriminadamente. Para ser honesto, creí que iba a ser difícil lograr algo así, pero el tamaño colosal de la Mark Zero se movía como una pluma cuando alimentaba con poder mágico a la Hoja del Rey Dragón. Con que así se sentía la manipulación de la gravedad, ¿eh? Sentía que podía hacer lo que sea con la espada en mi mano —solo que, debido a que no había entrenado con ella, por ahora debía conformarme con hacerme más ligero.
“¡Buajajajaja! ¡Los mosquitos me han picado más fuerte!” El Dios de la Lucha venía tras de mí, partiendo árboles y creando agujeros en la tierra. Era evidente que mis ataques no estaban logrando mucho. Incluso a esta corta distancia, el Dios de la Lucha ni se molestaba en esquivar o desviar los Cañones de Piedra. Ellos se estrellaban directamente en él, pero desaparecían como si nada. Badigadi no había recibido ningún daño, o, al menos, así se veía. Orsted había dicho que Cañón de Piedra podría funcionar, pero no estaba haciendo nada.
“Así que tu estrategia es atacar mientras huyes, ¿eh?” dijo Badigadi mientras me perseguía.
Yo tenía otras cosas en mente. Una vez que lo tuve donde lo quería, yo apunté la escopeta hacia sus pies, abriendo un cráter enorme en el suelo, justo donde iba a pisar a continuación.
Badigadi se tropezó. Él perdió el balance por medio segundo. En ese momento fue cuando cerré la brecha.
“¿¡Guh!?”
Vacié el Cañón Gatling, para luego atacar con la espada pegada a la parte de atrás de mi mano derecha. Cortó a través de la armadura como un cuchillo caliente cortando a través de la mantequilla, exponiendo carne negra.
“¡Escopeta, actívate!” grité, para luego disparar. La potencia del disparo mandó a volar el brazo de Badigadi.
“¡Buajajaja! ¡Es hora de la venganza!”
Había recibido cuatro golpes. La Armadura Mágica se sacudió por completo con cada impacto, y terminé deslizándome diez metros hacia atrás.
Pero estaba bien. Había logrado aguantar un golpe directo.
“¡Uuf!” Yo inmediatamente me di la vuelta y fui a tomar el brazo de Badigadi. Palpitaba dentro del guantelete dorado. Lo arrojé lejos.
“¡Buajajaja! ¡Eso es inútil, completamente inútil!” El brazo de Badigadi volvió a crecer, brotando justo de su hombro… como una cierta raza de alienígenas verdes. “Hmph.”
Ah, pero no había sido inútil. Su nuevo brazo estaba desnudo —no estaba cubierto por la armadura.
“¿Oh? Así son las cosas, ¿eh? ¡Has pensado bien en esto, niño!”
Había un círculo mágico listo para ser activado sobre el suelo donde yo había arrojado el brazo. El brazo y la armadura yacían ahí, y no comenzaron a regenerarse. Tal vez solo era mi imaginación, pero Badigadi parecía haberse encogido.
Yo no había pensado bien en esto. Solo se me ocurrió que podría funcionar.
El poder de la Armadura del Dios de la Lucha hacía más fuerte y rápido a Badigadi, pero él no era mucho más rápido que los maestros espadachines que yo había conocido. Orsted era más rápido, y tal vez Alek también. Él era mucho más rápido que mi yo de siempre, pero ahora estaba usando la Armadura Mágica; él no era tan rápido como para no poder manejarlo. Yo estaba haciendo un buen uso de la experiencia que había adquirido entrenando con Orsted y Eris.
Lo que me frustraba era su extremadamente fuerte defensa y durabilidad. La Armadura del Dios de la Lucha era resistente. Puede que sea incluso más resistente que la Armadura Mágica —al menos era lo suficientemente dura como para que Eris y los demás solo pudieran hacerle un rasguño si atacaban con toda su fuerza, pero no tenían oportunidad de cortar su cabeza o extremidades. La armadura se reparaba a sí misma instantáneamente, y seguía luchando como si nada hubiese ocurrido. Bajo circunstancias normales, la persona en el interior de la armadura seguiría acumulando daño… pero el Rey Demonio Inmortal Badigadi no podía morir.
El daño provocado por la espada de Eris y la lanza de Ruijerd debería haber penetrado la armadura, pero no le hacían nada a Badigadi. Él sanaría instantáneamente, sin importar si lo apuñalaban, cortaban o golpeaban. En poco tiempo los atacantes se cansarían y, entonces, ellos serían presa fácil para el poder destructivo de esos seis brazos.
¿Cómo íbamos a derrotarlo? Atofe me había dado una pista. La figura de la Reina Demonio Inmortal Atofe, volviéndose a levantar para enfrentar a sus enemigos sin importar cuántas veces fuera vencida, era un símbolo de miedo para todos los reyes demonio del Continente Demoniaco. Había dos formas de derrotarla. La primera era cortar todas sus extremidades y sellarlas para que no pudieran regenerarse. Este era el método más convencional. Ella había sido vencida de esta forma ya dos veces en el pasado. Se necesitaría magia de barreras realmente poderosa para mantenerla sellada por siglos, pero si usabas magia de barreras de nivel Avanzado prevendrías su regreso.
La segunda forma era hacerla admitir su derrota. La Reina Demonio Inmortal Atofe tenía reglas propias que seguía mientras luchaba, y cuando se daba cuenta de que había perdido a partir de esas reglas, ella se rendiría. Por desgracia, yo no podía imaginar que Badigadi fuera a rendirse tan fácilmente. Así que había decidido usar el primer método.
Le pedí de antemano a Cliff configurar los círculos mágicos a través del bosque. Estos se activarían cuando yo lanzara una de las extremidades de Badigadi dentro de ellos. Me preocupaba que no fueran a funcionar en la Armadura del Dios de la Lucha, pero no había sido un problema. Mi plan era usar esta espada que atraviesa las defensas para cortar a través de la armadura, cercenar sus brazos, y luego sellarlos. Cuando me hiciera cargo de los seis brazos, haría que Badigadi admitiera la derrota. Lo que realmente quería era sellar todo su cuerpo… pero sin Cliff, yo no podía usar ese círculo mágico.
“¡Gaaaah!” grité, arremetiendo. Ya no me importaba causar daño. No sabía por cuánto tiempo seguiría funcionando la Mark Zero a máxima capacidad. Tal vez la Hoja del Rey Dragón había extendido un poco ese tiempo, pero aun así podría apagarse en cualquier momento. Tenía que terminar pronto esta batalla.
“¡Entonces ven por mí, héroe!” El Dios de la Lucha extendió completamente sus brazos mientras arremetía hacia él, balanceando sus puños para recibirme. Yo en respuesta empujé mi espada hacia el frente, como una forma de contratacar. La agilidad de esos seis brazos era alucinante, pero después de la última batalla, yo más o menos sabía qué esperar. El día de hoy yo estaba en óptimas condiciones.
Podía esquivarlos.
Corté hacia su brazo inferior, colocando el cañón de la escopeta dentro de la incisión mientras lo hacía. Disparé, y el brazo salió volando. Por desgracia, no pude evitar dejar una abertura por medio segundo. Mientras el brazo era desgarrado, otro puño se estrelló contra mí, por lo que terminé disparando mientras retrocedía.
“¡Ngh!”
Una grieta se formó en el frente de la Armadura Mágica. Al final, esta no pudo soportar los puñetazos del Dios de la Lucha. Aun así, podía ignorar los brazos desnudos.
Quedaban cuatro. Mi armadura solo tenía que soportar hasta que los hubiese cortado todos.
Seguí con el plan. Pero algo más había captado mi atención.
La barrera. Durante nuestro último intercambio de ataques, los efectos de la batalla habían raspado el círculo mágico sobre el suelo. Había ocurrido tan fácilmente que no podía creer que no hubiese pensado en esa posibilidad. Quedaban algunos de los círculos mágicos, pero no sabía cuántos o dónde estaban.
“¡Maldita sea!” grité enojado, para luego arrojar el brazo tan lejos como pude. Terminó cayendo dentro de la Quebrada del Wyrm de Tierra. A Atofe le había tomado un tiempo recuperarse después de haber sido cortada en pedazos. Al colocar algo de distancia entre Badigadi y sus extremidades cercenadas, él no sería capaz de regenerarlas de inmediato. Regresarían eventualmente… Pero tenía que servir de algo retrasarlo un poco.
¿Hm? Por alguna razón, la armadura no se estaba regenerando. ¿Acaso comenzaba a fallar cuando era separada del usuario, incluso si no estaba sellada? ¿Acaso los largos años de desuso causaron que la Armadura del Dios de la Lucha bajara su rendimiento? De ser así, su regeneración nunca fue la gran cosa.
¿O este era algún truco de parte de Badigadi?
No importa. Este no era el momento para preocuparse por pequeñeces. Su fallo a la hora de regenerarse era una oportunidad. Lo único en lo que debía pensar era en cortar el resto de esos brazos.
“Grr…” gruñó Badigadi, pero ningún brazo nuevo brotó de los muñones. En cambio, el brazo que él había regenerado antes se replegó dentro de la armadura, como una tortuga metiéndose a su caparazón.
“¿¡Eh!?”
¿Qué es lo que pasa?
En un segundo, dos de los cuatro brazos restantes desaparecieron dentro del torso de la armadura, con guanteletes y todo. Entonces, los últimos dos brazos se hicieron más gruesos. Hubo una especie de ruido metálico mientras se abultaban.
Bueno, ahora los últimos dos brazos eran más grandes. ¿Serían más difíciles de cortar? No, podía lograrlo. La efectividad de esta espada era proporcional a la dureza de su objetivo. El Dios de la Lucha podía fortalecer sus brazos y reforzar sus defensas todo lo que quisiera, pero no serviría de nada.
Después de tomar una decisión de medio segundo, pateé el suelo y arremetí hacia el Dios de la Lucha. Una alarma estaba sonando en algún lugar dentro de mi cabeza, pero la ignoré. Sin importar lo que hiciera ahora Badigadi, yo ya había mostrado mi carta del triunfo. Mi poder mágico se acercaba cada vez más a cero con el paso de cada segundo. No podría ganar a menos que atacara.
“¡Gaaaah!”
Grité. Gritar ayudaba a generar poder. Aplasté mi miedo e incerteza y dejé que un poco de valor apareciera en mi rostro. Era la cantidad de valor que necesitaba para seguir adelante. Me permitió arremeter hacia la victoria, tal como lo hacía Eris.
Me estrellé contra el Dios de la Lucha. Él absorbió el impacto, pero se tambaleó. Yo balanceé mi puño derecho. Se incrustó en su brazo izquierdo y salió por el otro lado. Luego, apuñalé con el izquierdo, colocando la escopeta en el tajo.
“¡Escopeta, actívate!” grité, y el brazo cubierto de la Armadura del Dios de la Lucha de Badigadi salió volando. Solo que esta vez yo también terminé siendo empujado hacia atrás. Badigadi me golpeó con su brazo restante. La superficie frontal de mi armadura fue destruida en pedazos, y el impacto había penetrado a través de ella. Sentí que mi cuerpo iba a ser aplastado. Caí hacia atrás.
“Hurgh… rggh…” Sangre comenzó a subir a través de mi garganta. Mi corazón estaba gritando. ¡Todavía no! Pero no había caso. Él me había superado. No había visto venir ese ataque. Él había fusionado sus brazos para que sus ataques fueran más poderosos. Fue algo así como pierde un brazo, gana la guerra, por así decirlo. Él había guiado su puño hacia la grieta en la Armadura Mágica con una precisión certera y la había destruido. ¿Por qué no se me había ocurrido cuando vi sus brazos hacerse más gruesos? ¿Acaso era un idiota?
No, no digas eso. Esto está bien. Habrías hecho lo mismo incluso si lo veías venir.
Yo arremetí sin pensarlo dos veces y había terminado cortando un brazo.
Había recibido bastante daño… pero esto aún no terminaba. Todavía quedaba un brazo.
Entonces, para mi sorpresa, me di cuenta de que yo no me estaba moviendo. La Armadura Mágica se sentía pesada. Y mis heridas no estaban sanando. Justo a un lado donde mi cuerpo yacía dentro de la Armadura Mágica había una parte que era esencialmente su núcleo. Romper eso causaría que la armadura perdiera la capacidad de moverse. Bueno, no dejaría de moverse por completo. No era una máquina tan simple. Aun así, terminaría enormemente limitada. Algo fatal en una batalla como esta.
Comencé a canalizar poder mágico mientras el pánico se apoderaba de mí. Es cierto, me quedaba poder mágico. Aún podía moverme, no estaba completamente seco. Podía luchar. ¿Entonces por qué no me estaba moviendo?
“Era un buen plan, y tal espíritu…” Mientras yo yacía ahí, incapaz de moverme, Badigadi se acercó a mí. “Y me diste una buena batalla. Adiós, Rudeus. Ni siquiera Laplace podría haber soñado con llegar a un plan tan elaborado.”
Él levantó su enorme puño por encima de su cabeza, para luego balancearlo hacia aba—
“¡Gah!” Badigadi gruñó mientras algo rojo se estrellaba contra él desde el costado. Sea lo que sea cortó hacia su brazo, cercenándolo a la altura del hombro y mandándolo a volar a través del aire.
“¡Grr!”
Había una sola cosa roja en este bosque: Eris. ¿Podrá ser? ¿Ella me había seguido? ¿Había estado a mi lado todo este tiempo?
No lo sabía. No llegó más ayuda. Eris había arremetido sola. Un momento después, me di cuenta de que había algo extraño. Era su espada. La espada de Eris estaba rota. La famosa Espada Dragón del Fénix se había roto en la empuñadura. Por supuesto. Hasta ahora, todo el daño que habíamos hecho al exterior de la armadura no había sido suficiente para cortar los brazos de Badigadi. Eris había forzado su espada para cortar a través de ella. Cualquier espada se rompería.
“¡Gaaaaah!” Su espada estaba rota, pero Eris se rehusaba a darse por vencida. Ella encaró al Dios de la Lucha como si ni siquiera se hubiese dado cuenta, rugiendo durante todo ese tiempo. Al mirar a mi alrededor, vi que Eris no estaba sola. Tras ella salieron del bosque Sylphie, Ruijerd, Ghislaine, e Isolde, uno tras otro. Pero fueron demasiado lentos.
“¡Solo una idiota se atrevería a interponerse en mi camino sola!” dijo Badigadi, avanzando hacia Eris. No había nadie para protegerla. Sin dudarlo, yo activé los circuitos de escape y salí eyectado de la Armadura Mágica. En su espalda había atada una espada.
En el momento que apreté la empuñadura, una sensación increíble de poder ilimitado recorrió mi cuerpo. La espada contenía un volumen asombroso de poder mágico. Era una espada fabricada específicamente para convertir a una persona en un héroe. Canalicé todavía más poder mágico en ella, tratando de extraer cada gota que me quedaba.
Dudaba que pudiera usarla yo mismo. Pero un miembro de mi familia estaba de pie justo frente a mí con su espada rota levantada ante ella, rugiendo mientras mostraba sus dientes, todo para protegerme.
Lancé la hoja hacia ella.
“¡Eris!” La espada mágica hizo una curva lenta a través del aire hasta donde estaba Eris, quien se dio la vuelta y la atrapó.
Era la Hoja del Rey Dragón Kajakut, famosa por ser la espada más poderosa del mundo, y la más grande de las espadas mágicas forjadas por el gran demonio herrero Julian Harisco.
Eris la levantó sobre lo alto de su cabeza.
“¡Haaaaaaah!”
“¿Hrm? ¡No será que…!”
Ella hizo bajar la hoja. Durante el medio segundo antes de hacer contacto, el cuerpo del Dios de la Lucha flotó en el aire.

La hoja cortó su cuerpo con un destello de luz que cegó mi visión. La explosión subsiguiente reventó mis tímpanos.
Estábamos a merced de una fuerza abrumadora.
La destrucción floreció.
No hubo onda expansiva. Solo silencio. Toda la destrucción fue dirigida hacia el interior. Todo ese poder mágico canalizado en la hoja se convirtió en una esfera que envolvió a Badigadi. La espada no solo había liberado la fuerza de Eris, sino también todo el poder mágico que yo había colocado en ella.
Miré dentro de la esfera de poder mágico mientras esta destruía todo lo que estaba en su interior y se elevaba hacia el aire. Observé que estaban apareciendo grietas en la Armadura del Dios de la Lucha. Se cayó a pedazos. Badigadi fue comprimido dentro de la masa de energía y luego se convirtió en polvo, sin siquiera dejar salir un murmullo.
Creo que se resistió, pero no había nada que pudiera hacer. La Armadura del Dios de la Lucha no respondió, y Badigadi fue aplastado incluso mientras trataba de regenerarse.
La esfera desapareció. Los restos destruidos de la armadura cayeron dentro de la Quebrada del Wyrm de Tierra. Se escucharon algunos sonidos metálicos mientras revotaban en las paredes del acantilado, y la Hoja del Rey Dragón, todavía ensartada en el metal, cayó con ellos.
Todo lo que quedó fue la armadura. Todo rastro de la carne negra de Badigadi había desaparecido.
Todo lo que pude hacer por un buen rato fue observar. Me quedé mirando hacia la ahora silenciosa quebrada, y hacia la Armadura del Dios de la Lucha que había desaparecido de vista hace tiempo. El brazo de Badigadi yacía cerca. No se movía, ni siquiera se retorcía. Definitivamente no parecía que fuera a regenerarse. ¿Estaba muerto? ¿Ganamos, o iba a suceder algo más? ¿Acaso en cualquier momento iba a escuchar un “¡Buajaja!” mientras Badigadi regresaba?
Miré abajo hacia la quebrada, con esas preguntas en mi mente. Nada ocurrió. No vi señales de que algo fuera a subir. Todo lo que quedó fue silencio.
Oí un golpe desde detrás de mí y me di la vuelta. Eris había caído de rodillas, con el rostro pálido. Corrí hacia ella. ¿Estaba herida? ¿Acaso Badigadi había conseguido contratacar? Estiré mi mano, pensando que tenía que sanarla de inmediato, pero entonces yo también caí de rodillas.
“Aah…” No era una herida. Reconocía esta sensación, como también la mirada en el rostro de Eris. Esto era agotamiento de poder mágico. Succionar todo mi poder mágico no había sido suficiente para saciar a la Hoja del Rey Dragón Kajakut. También había usado el poder mágico de Eris. Ella probablemente no había experimentado el agotamiento de poder mágico desde su infancia. Eris se enderezó, parpadeando.
“Eris.”
“Rudeus…” dijo ella. “Tu cabello se volvió blanco.”
Coloqué una mano sobre mi cabeza, a pesar de que no podía verme a mí mismo. Pero volviendo a ella, vi que una hebra de su cabello también se había vuelto blanca, como si se la hubiese teñido.
“El tuyo también.”
“Hah… Entonces supongo que encajamos,” dijo ella, para luego desplomarse hacia el frente. Ella no se había desmayado. Solo estaba débil después de usar toda su fuerza. Yo quería caer sobre ella, pero me mantuve firme.
“¡Rudy!” Sylphie estaba mirando hacia nosotros, con la preocupación evidente en sus ojos. Ella tampoco estaba sola. Ruijerd, Ghislaine, Isolde… todos ellos estaban aquí.
“¿¡Sylphie, dónde está Cliff!?”
“Um, bueno, alguien más sanó sus heridas, y luego Zanoba y Dohga lo llevaron hacia la aldea. Todos los presentes aquí vinimos directamente contigo, pero no quería meterme en el camino, así que dudé… Pero Eris corrió sola… ¿eh?” Sylphie había colocado una mano sobre el cuerpo boca debajo de Eris, y ahora se veía confundida. Ella probablemente había conjurado un hechizo de sanación por puro reflejo. Pero Eris no estaba herida, así que no se levantó.
“Creo que es agotamiento de poder mágico. Esa espada consume el poder mágico de quien sea que la porta.”
“Ah. Entiendo.”
“En fin, Sylphie, quiero que lleves esos brazos de ahí a un círculo mágico intacto. Luego lleva a Eris de regreso a la aldea. Necesito que le cuentes a Orsted-sama lo que ocurrió, y que después traigas aquí a Cliff.”
Me puse de pie. La Mark Zero estaba en ruinas, y mi poder mágico prácticamente agotado… pero aún podía moverme. No sabía cuánto tiempo le tomaría a Badigadi regenerarse. Después de ser aplastado por todo ese poder mágico, la forma en que había desaparecido parecía indicar que había sido aniquilado. Y eso probablemente era quedarse corto. Los brazos no mostraban señales de regenerarse, así que quería creer que teníamos un tiempo. Tal vez eso era ingenuo. Tal vez me estaba haciendo ilusiones. Pero lo más importante era que la Mark Zero estaba destruida, y que tampoco tenía la Mark I. Yo estaba al borde de desmayarme por agotamiento de poder mágico y Cliff, quien podía usar magia de barreras, no estaba aquí. Badigadi había caído dentro de la quebrada, y nosotros no teníamos forma de sellarlo. Si bajábamos en este estado y lo encontrábamos esperando por nosotros, nuestras probabilidades de victoria eran cercanas a inexistentes. No quedaría más que pedirle a Orsted entrar a la cancha. Yo quería terminar todo esto sin que él use poder mágico, pero podría no tener opción.
Yo no fui lo suficientemente fuerte.
Aun así, le había complicado las cosas a Badigadi. Había hecho todo lo posible. No sabía si Badigadi estaba esperando ahí abajo en la quebrada o no, pero de seguro lo había llevado al límite.
Me sentía enojado por mi propia debilidad.
“Ruijerd, Ghislaine, y tú también Isolde. Por favor, acompáñenme.”
“¿Rudy? ¿A dónde vas?”
Creía haber hecho todo lo que pude, pero aún quedaba algo más a lo que debía ponerle fin. Incluso con mi poder mágico cerca de agotarse, tenía que hacerlo.
“Voy por Geese.”
Lo encontramos de inmediato. Sin ningún esfuerzo. Ni siquiera tuve que usar el poco poder mágico que me quedaba, fue así de fácil. En el momento que cruzamos la quebrada y entramos al bosque ennegrecido por las llamas, a la sombra proyectada por los restos chamuscados de un enorme árbol, encontramos a Geese tendido en el suelo. Todo su cuerpo estaba cubierto de horribles quemaduras. Cuando yo había recitado Combustión Súbita, el hechizo había quemado el bosque y a Geese junto con él. Cuando lo encontré, creí que estaba muerto. Él estaba tan quieto que parecía una roca negra. Pero afortunadamente Ruijerd lo había encontrado primero, y había usado su tercer ojo para estar seguro. Geese no estaba muerto.
“Geese,” dije.
“Hola, Jefe.”
Él no estaba muerto, pero estaba claro que pronto lo estaría, y yo no iba a sanarlo. Yo estaba aquí para hacer lo opuesto… a pesar de que tampoco quería acabar con él de inmediato.
“Jeje. Magia de agua, magia de tierra, la Armadura Mágica… Pensé en formas de contrarrestarlas todas, solo para terminar así. No sabía que también tenías talento para la magia de fuego, Jefe. Nunca te vi usarla.”
Geese estaba usando toda clase de objetos. Él usaba una chaqueta azul con un cinturón café alrededor de su cintura y algo que se veía como una cota de malla. Era difícil verlo ahora, cuando estaban prácticamente calcinadas, pero es muy probable que fueran precauciones contra todo tipo de magias. Supuse que no había sido el poder de la Armadura del Dios de la Lucha lo que le permitió sobrevivir a Electricidad en la costa de la Tercera Ciudad de Heirulil.
“Y aquí estás ahora, Jefe, lo cual reconozco que debe significar que mi plan final fracasó…” Las mejillas chamuscadas de Geese se retorcieron. ¿Su plan final? Supongo que eso dependía de si podías llamar a enviar a Badigadi, solo, un plan.

“Si cualquiera de ellos, el Dios de la Espada o el Dios del Norte, el Dios Ogro, el Rey Abismal… si hubiese estado presente uno solo de ellos, las cosas podrían haber sido diferentes… Ninguno de ellos me hizo caso, ¿sabes?”
“Bueno, a ninguno se le daba bien escuchar,” respondí. Geese parecía estar delirando.
“Hah, no eres quien para hablar. Eris, Atofe. ¿Es Ghislaine la que veo por ahí? Tú estás rodeado de personas que no saben escuchar.”
“Sí, bueno… supongo que tuve suerte.”
“Nah, no es eso. Es porque tú hiciste las cosas de la manera correcta. Les dijiste lo que estaba pasando, te ganaste su confianza, y luego te esforzaste para convertirlos en tus aliados. Y es por eso que, cuando llegó el momento de la verdad, ellos te escucharon y siguieron tus órdenes.”
Puede que él tenga razón en eso. Atofe y el Dios Ogro, con quienes había unido fuerzas porque lo había tenido que hacer en ese entonces, difícilmente me habrían hecho caso. Sandor y Dohga eran excepciones, pero Ariel encajaba en el patrón. Si no hubiese sido capaz de ganarme la confianza de todos, habría habido más que se hubiesen rehusado a hacerme caso.
“Resulta que solo retorcer las cosas para crear una razón para luchar, reunir gente, provocarlas, para luego solo esconderse detrás de ellas simplemente no funciona…”
Ni el Dios de la Espada ni el Dios del Norte habían seguido las instrucciones de Geese. Al final del día, ellos les dieron prioridad a sus propios intereses. Era por eso que yo seguía con vida.
“Creí que sabía qué era qué, pero estaba equivocado. Aun así, creí que de alguna forma lo lograría. Solo en ese momento me di cuenta de que yo no era quien realmente no sabía.” Geese rio. “Era el Dios Humano, ¿sabes? Él hace poco hizo una gran pataleta. ‘¿¡Por qué!? ¿¡Por qué!? ¡Todo esto es tu culpa! ¡Estúpido mono!’” Geese mostró una sonrisa despreocupada y burlona. “Es decir, ¿qué esperaba? ¿Quién va a ayudar como se debe a un bastardo que engaña si se burla de quienes se esfuerzan para él?”
“Entonces, Geese… ¿eso quiere decir que te contuviste?”
“Eso es lo que crees, ¿eh? ¿Fue fácil para ti? Para que lo sepas, yo lo di todo.” Geese tosió y algo negro como el hollín escurrió de su boca. “Verás, Badigadi y yo somos inusualmente compasivos. ¿Quién más ayudaría a un tipo que les grita a sus aliados por ser inútiles en una situación como esta? Los blandos de corazón lo hacen.”
El hollín negro que podía ver era como una representación del alma de Geese. Podía notar que él se estaba debilitando cada vez más.
“La cosa es que, Jefe. Incluso después de todo eso, el Dios Humano me salvó. Sí, él también me hizo algunas cosas feas, pero cuando lo sumas todo, él me salvó.”
Geese continuó al ver que yo no dije nada. “Tú no entenderías eso, ¿o sí, Jefe? Tú puedes hacer lo que sea, ir a cualquier lugar del mundo, todo por tu cuenta. No entenderías lo que se siente cuando no puedes hacer nada solo.”
Yo sí lo entendía. O, al menos, así lo creía. Entendía como se sentía no ser capaz de hacer algo que todos los demás sí. Geese era… yo. El yo de hace mucho tiempo, solo que había una diferencia. En ese entonces, yo ni siquiera lo había intentado. Cuando me vi frente a un muro, solo hui. Geese, por otro lado, no tenía la habilidad de hacerlo. En este mundo dominado por los monstruos y la violencia, el poder más importante era el poder para luchar, y él no lo tenía. Él había aprendido a hacer todo lo demás, pero no podía sobrevivir.
“No, Geese, te equivocas…” Yo podía decir que él estaba equivocado, pero no más que eso. No podía decir que lo entendía. No quería darle una respuesta. Todo lo que podía hacer era negarlo.
“Heh. Oye, Rudeus. Si vas a decirme que estoy equivocado, dilo con algo de orgullo. Ganaste, ¿sabes? Me derrotaste. El mundo dice que sus ganadores tienen la razón y que los perdedores están equivocados. Así que párate derecho y dime, ‘Estás equivocado, Geese. Las cosas no son así.’ Entonces continúas y me regañas, viendo que estoy a punto de morir. ‘No debiste hacerlo de esta forma, debiste haberte quedado conmigo y nunca ayudar al Dios Humano.’ Algo así.” Y así, la fuerza parecía haberlo abandonado, pero dijo, con su rostro vacío, “Yo, Badigadi, y el Dios Abismal Vita fuimos derrotados. Al Dios Humano no le queda nadie que lo ayude por voluntad propia. Él perdió. No queda nadie en este mundo que pueda meterse con Rudeus Greyrat. De hecho, él mismo dijo que, si esto fracasaba, no había nada que él pudiera hacer. Así que asumo que él se tranquilizará, al menos hasta que vayas a derrotarlo. Pero cuenta con esto: él estará jalando de los hilos detrás de escena.”
“Estás bromeando, ¿cierto?” dije, sin pensarlo. Geese no sonrió.
“Si así es como quieres pensar, yo no voy a detenerte. Solo estoy suponiendo que él se tranquilizará, no más que eso. Sigue agitando esa bandera de ‘¡Abajo el Dios Humano!’ si así lo deseas. Será malo para él, pero no para ti, ¿eh?”
Yo tampoco me estaba riendo.
“Oye, ya, ¿por qué la cara triste? Tú eres el hijo de Paul, ¿no? Paul se vería un poco más animado si estuviera con vida. Aunque tal vez no justo antes de morir. Él de verdad envejeció mientras yo no estaba… ¡Pero bueno, tienes que sentir orgullo por esto! Regocíjate un poco, incluso si no dura mucho. ¿Cómo crees que me siento al ver que no lo haces? Me hace sentir como un verdadero idiota por haber recorrido el mundo en busca del Dios de la Espada, el Dios del Norte, y el Dios Ogro para convertirlos en mis aliados, para luego motivarlos con frases como ‘¡Vamos a derrotarlo!’ solo para que todo se caiga a pedazos. Todo porque no pude controlarlos. Al final me arriesgué y envié a Badi. Mira hacia dónde me llevó eso. Al menos recuérdame como un oponente fuerte, ¿quieres? Así es como quiero ser recordado.” Antes de darme cuenta, Geese estaba llorando. Las lágrimas estaban bajando a través de su rostro quemado. Cuando vi eso, estuve seguro de que él no se había estado conteniendo.
“Entiendo. Fuiste fuerte, Geese. Es cierto, yo soy el que está de pie ahora, pero si una sola cosa hubiese salido mal, estoy bastante seguro de que estaríamos en el lugar del otro. Esta fue la batalla más difícil y brutal de mi vida.”
“Heh… Jeje. Gracias, Rudeus.”
Él había sido fuerte, ¿bien? Me había tomado un año derrotarlo. Yo me había preparado por un año completo… sin mencionar todo lo que había traído para la batalla que había estado preparando durante un periodo de tiempo mucho más largo. Nadie podría llamarlo débil después de todo eso.
“Geese.” Ghislaine repentinamente dio un paso al frente. Ella miró abajo hacia Geese. Su flequillo ocultaba su rostro, así que no podía ver su expresión.
“Hola, Ghislaine. Ha pasado tiempo.”
“Así es.”
“Me adelantaré.”
“Sí. Saluda a Paul de mi parte.”
“Así será… Tal vez, cuando sea tu hora, podremos compartir un trago. Quiero volver a ver a Paul ebrio, para que meta su rostro en tu pecho y ponga de mal humor a Zenith…”
“Zenith aún no irá a ninguna parte, no por un largo tiempo. Probablemente mi hora llegará primero.”
“Heh, sí, lo sé… En fin… hasta que todos… nos volvamos a… encontra…”
Geese se quedó quieto. Y así como así, algo en él desapareció repentinamente, incluso aunque no había terminado de hablar.
Las orejas de Ghislaine se retorcieron, y luego su cola cayó. “Él está muerto,” dijo ella.
Muerto. Geese estaba muerto.
Derroté a Geese. Finalmente lo había logrado, pero como era de esperarse, no me hacía feliz. Estaba consciente de que estaba en shock. Había algo en ver morir frente a mí a alguien que conocía que no podía procesar. Él era mi enemigo, y había sabido que tenía que derrotarlo… pero no era como si hubiera odiado a Geese con cada fibra de mi ser ni nada parecido. Si nosotros hubiésemos perdido la batalla y ellos hubiesen matado a Eris o alguien cercano a mí, podría haber terminado odiándolo. Pude haber sentido que esto era justo. Maté al bastardo. Obtuve mi venganza. Algo así. Pero…
No podía lidiar con ello. Todo lo que sabía era que yo era capaz de reflexionar de esta forma porque en esta batalla no había perdido a ninguna persona importante para mí. Había alcanzado las condiciones para mi victoria. Había acabado con los apóstoles y mantenido a Orsted en reserva. Había sido una lucha difícil y había habido errores, pero a pesar de eso, fue una victoria perfecta —algo raro para mí. Tal vez estaba tratando de usar la forma en que Geese había muerto para retorcerlo un poco. Tal vez una parte de mí creía que, si hubiese sido más listo, Geese podría haber regresado a mi bando.
Pensar en eso no me iba a hacer ningún bien. Pero lo menos que podía hacer era llevar sus huesos a casa y hacerle una tumba. Junto a la de Paul. Eso sería bueno. Él había dicho algo sobre estar juntos.
Estos eran los pensamientos atravesando mi mente mientras observaba el cuerpo de Geese ardiendo. Ghislaine observó atentamente el proceso de cremación. Tal vez fue mi imaginación, pero cuando terminó y habíamos tomado los huesos, sus orejas y cola se veían sin fuerza.
“Vamos a casa.”
“Sí.”
Cruzamos la quebrada.
Dejando todo esto de lado, esta vez realmente había terminado. Estaba agotado. Apenas me quedaba una pizca de poder mágico; estaba físicamente exhausto. Si me recostaba, me quedaría dormido en un instante. Tampoco era como si pudiera permitirme dormir hasta que Badigadi fuese sellado…
Bueno, estaba ansioso de regresar a Sharia. Quería tener una buena noche de sueño en mi propia cama y luego despertar para comer. Pediría arroz para el desayuno… Sí —aquí en el Reino de Biheiril había salsa de soya. Podía crear el pocillo perfecto de salsa de huevo sobre arroz. Lo comería al regresar. Comería hasta explotar. Luego, por supuesto, sería el momento de divertirse en la cama. Rudeus el Célibe había muerto junto a Geese. Sylphie… o Roxy… o Eris… ¿a quién escogería? Al diablo con eso, ¿qué tal las tres al mismo tiempo? A Eris no le agradaría, pero de seguro estaría bien pedírselo, solo por esta vez. Las oportunidades como esta no se presentaban todos los días, ¿cierto? Está decidido.
Las reflexiones de esta batalla podían esperar un poco. Por ahora, olvidaría lo que Geese había dicho. Este era el momento de descansar. Estaba exhausto.
“Rudeus.” Mientras caminaba, esforzándome para dar cada paso, escuché una voz desde detrás de mí. Era Ruijerd. Él estaba caminando en la parte de atrás de nuestro grupo y se había dado la vuelta para mirar detrás suyo. Hacia la quebrada.
“¿Qué sucede?”
“Un enemigo.”
“¿Qué?”
Había una mano escalando el borde de la quebrada. Una mano. Una mano. Algo estaba escalando la quebrada. Pero ¿qué? Olvídenlo, no tenía caso desperdiciar palabras en ello. La mano brillaba de dorado. Usaba un guantelete dorado.
“Tienen que estar bromeando.”
Era Badigadi.
Esto era demasiado pronto, ¿no? Pensándolo bien, yo había arrojado algunos de sus brazos dentro de la quebrada, para finalmente arrojar su cuerpo con ellos. Su cuerpo parecía haber sido prácticamente aniquilado, pero podría haber habido algunos pedazos más grandes siendo arrojados por ahí… tal vez, al juntar los trozos que quedaban, sin importar lo minúsculos que fueran, él había sido capaz de acelerar su regeneración. ¿Acaso los demonios inmortales eran así de inmortales…?
Mientras estábamos ahí, congelados, la armadura salió completamente de la quebrada. Solo que ahora se veía diferente. Tenía solo dos brazos, tal cual como cuando la había derrotado, pero el diseño general había cambiado. El casco tenía una forma diferente, y era más baja, ni siquiera llegaba a los dos metros. Además, estaba sosteniendo una espada. Una espada enorme. La espada más poderosa del mundo, forjada a partir del Rey Dragón Kajakut.
No. No es él. Ese no es Badigadi.
“Sin importar lo desesperado que esté, un héroe siempre se vuelve a levantar y da vuelta el tablero. ¡Eso es lo que yo he logrado!”
Esa voz. La forma en que dijo héroe. Esa manera de presentarse era inconfundible.
“¡Yo soy el Dios del Norte Kalman III, Alexander Rybak!”
Él seguía con vida. ¡Vaya sorpresa! De verdad creí que estaba muerto. Su cuerpo ni siquiera se retorcía la última vez que lo vi, pero aquí estaba. Había sobrevivido.
Ah, por supuesto. Él también tenía sangre de demonio inmortal. Con el debido tiempo, él podía regenerarse tal como Badigadi.
Excepto que… no. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando todo encajó en su lugar. Este era el plan final del que Geese había estado hablando. ¿Acaso este había sido su plan desde el principio? ¿O había cambiado de parecer a medio camino? Yo había pensado que algo estaba mal. Había pensado que era extraño que la armadura no se regenerase. Él lo había hecho así a propósito. Entonces, Alek podría colocársela en el fondo de la quebrada y regenerarse. Tal vez ayer, cuando Geese se estaba haciendo el muerto, él había estado preparando arrojar la Armadura del Dios de la Lucha y parte de Badigadi dentro de la quebrada para resucitar a Alek…
Maldita sea. Aún me quedaban cosas por hacer. Había otra batalla que tenía que luchar. Estaba cansado de esto. ¿No puede terminar de una vez? ¡Ya déjenme descansar! ¿Un oponente que ya vencí una vez estaba regresando para un segundo asalto?
Tal vez era mi culpa. No me había asegurado de que Alek estaba muerto. Le había dado una paliza y creí que eso quería decir que definitivamente lo había derrotado, y al final solo lo dejé ahí. ¡Al menos pude haberlo quemado! Pero no, lo había dejado ahí, y aquí estábamos ahora. Pero ¿qué más debí haber hecho en esa situación? ¿Qué más pude haber dado de lo que ya había dado?
Bueno… como sea. Lo hecho, hecho está. Lo importante era qué iba a hacer ahora. Ya no tenía la Mark Zero. No tenía refuerzos. Solo quedábamos Ghislaine, Isolde, Ruijerd, y yo, pero yo estaba al borde del agotamiento de poder mágico. No tenía ni arma ni armadura. Mis manos estaban vacías. No tenía esperanzas de ganar.
¿Qué debo hacer? ¿Cómo se supone que derrote al Dios del Norte Kalman III usando la Armadura del Dios de la Lucha?
¿Era el momento de pedirle a Orsted que intervenga? De ser así, ¿para qué fue todo lo que hicimos?
Al menos tenía que debilitarlo… pero ¿cómo?
Mientras yo estaba boquiabierto mirándolo, Alek se dio la vuelta hacia mí. Él no se veía muy sorprendido de que yo estuviera aquí. Era como si hubiese sabido que yo lo estaría esperando.
“Rudeus Greyrat…” dijo él. “Me disculpo por llamarte donnadie. Eres un guerrero formidable. No lo habría pensado a partir de tu apariencia, pero eres un oponente digno de mí. Gracias a ti, he ascendido a un nuevo nivel de poder. Tienes mi gratitud.”
Di vuelta mi cansado cuerpo hacia la armadura dorada. Si corría, él me atraparía fácilmente. Ni siquiera tenía la fuerza para ganar tiempo. Entonces caería luchando. Al menos le daría problemas. Concentrándome solo en esa idea, di un paso al frente—
“¿Eh?” Estaba tendido en el suelo.
“Ahora soy invencible,” dijo Alek. Fue ver a los otros tres tendidos a mi alrededor —Ruijerd, Ghislaine, e Isolde— lo que me hizo entender que Alek nos había derrotado. Él nos había derrotado de un solo golpe.
“Esta es mi forma de agradecerte por hacerme más fuerte, Rudeus. Te permitiré vivir.”
Finalmente me atacó un dolor agudo. Mis piernas estaban rotas. Él era demasiado rápido. No lo había visto venir. No tenía activado el Ojo de la Premonición, pero igual. Ni siquiera había sido capaz de reaccionar. Tampoco los otros tres. El Ojo de la Premonición no habría hecho ninguna diferencia. Tal vez este era el verdadero poder de la Armadura del Dios de la Lucha. Mientras más fuerte fuera el usuario, más poderoso sería el resultado final… Olvídenlo, eso no tenía sentido. No era como si Badigadi hubiese sido débil. Él también era bastante fuerte. Simplemente era que, cuando el usuario cambiaba, el rendimiento de la armadura también cambiaba. Cambiaba su forma para acoplarse a ellos… Realmente era la armadura definitiva.
“Adiós,” dijo Alek, alejándose.
No había tiempo para estar atónito. Inmediatamente recité un hechizo para sanar a los otros tres. Ellos estaban inconscientes. Cerca de la muerte, pero todavía no estaban muertos. ¿Acaso esta era la idea de misericordia de Alek? Maldita sea. Él seguía sin tomarme en serio. Pero oigan, eso no era algo malo. Después de sanar a los otros tres, yo recité Fortaleza de Tierra para protegerlos, para inmediatamente después ir tras Alek. No tenía ningún plan sobre lo que iba a hacer después de alcanzarlo. ¿Acaso Sylphie había regresado a la aldea? ¿Qué iba a hacer Orsted? No tenía ninguna respuesta, pero Alek se estaba dirigiendo hacia las personas que yo tenía que proteger. Hacia Eris, Sylphie, Norn, y todos los Superd. No podía permitir que fueran asesinados. No había razón para no ir tras él.
Mis piernas no estaban cooperando muy bien. Temblaban, rehusándose a responder como quería. Pero, aun así, logré correr. Seguí adelante, tras la armadura dorada.
La aldea Superd estaba demasiado tranquila. Tan tranquila que, cuando llegué, me pregunté si todo había terminado.
“¿¡Por qué!? ¿¡Por qué no hay nadie aquí!?” gritó Alek. Pasé a través de la entrada principal e ingresé en la aldea, solo para encontrarla vacía. Los Superd habían desaparecido, como también Julie y Aisha, y Cliff junto al resto de los que habían sido traídos de regreso aquí para sanar sus heridas. Incluso había desaparecido Sylphie, quien supuestamente debía entregar mi mensaje a Orsted. También Eris. No había ni una sola señal de ellos. Todas las personas habían desparecido como por arte de magia.
“¿¡Cómo puede ser posible!? ¿¡Acaso no era este el lugar que Rudeus estaba defendiendo!?”
Lo era. Yo estaba defendiendo este lugar.
Esto era extraño. ¡Todos habían estado aquí justo antes de partir! Lo habían estado… ¿cuánto tiempo pasó? Eran casi tres horas desde aquí hasta la quebrada. Yo había usado la Mark Zero para llegar ahí, y había estado apurado, así que solo había tomado una hora. Luego habíamos luchado contra Badigadi, buscado a Geese, y regresado… ¿así que tal vez cinco o seis horas? Hace cinco o seis horas, todos habían estado aquí. Al estar apurado no había mirado mucho a mi alrededor, pero estaba seguro de que todos habían estado aquí.
Excepto que… esperen. ¿No había habido… demasiadas personas? ¿No había habido algunas personas que no tenían que estar aquí?
“Maldita sea… Te atreviste a engañarme…” Alek se dio la vuelta. “¡Rudeus Greyrat!” La furia irradiaba de él como ondas de choque.
No es lo que parece. Estoy tan confundido como tú.
¿Por qué habría seguido a un oponente tan peligroso si Orsted ni siquiera estaba aquí? Eso sería estúpido. Habría huido dentro del bosque, agradeciendo en mi mente que me hubiese dejado con vida.
“Orsted y los Superd nunca estuvieron aquí, ¿cierto?”
“Um, no, los Superd estaban… Viste a Ruijerd hace poco, ¿no?” Retrocedí un poco, ya que tenía la sensación de que él podría atacar en cualquier momento. No tenía ni la más mínima idea de lo que estaba pasando ahora mismo. Tal vez todo esto era una pesadilla. Tal vez el Rey Abismal Vita había sobrevivido o algo así, y todo desde que habíamos derrotado a Badigadi había sido un sueño.
“Iba a dejarte con vida. Pero ya no más. Si estás tan desesperado de luchar contra mí hasta la muerte, concederé tu deseo…”
Mierda. ¿Qué estaba pasando? Tenía que huir. No tenía razón para luchar. Tenía que huir. Estaba a punto de darme la vuelta, cuando… un escalofrío recorrió mi espalda.
Mis pies dejaron de moverse. ¿Acaso Alek hizo algo? No, no era eso. Él también estaba pegado al suelo.
“¿¡Q-qué significa esto, este frío!?” Él sonaba aterrado. Estaba mirando a su alrededor nerviosamente. Alek tenía la Armadura del Dios de la Lucha. ¿Por qué estaba tan asustado?
¿Por qué?
Bueno, debido a una maldición. Una maldición que provocaba miedo. Una maldición que no funcionaba en mí. Solo que podía notar que la fuente de la maldición actualmente estaba emanando una ira asesina, y que esa ira estaba atada a un gran trauma para mí. Eso era lo que me aterraba.
Esa ira asesina tomó forma mientras emergía desde las profundidades de la aldea. Cabello plateado, y esos ojos horribles, con el blanco brillando debajo del dorado de sus irises. Él estaba caminando lentamente hacia nosotros, con una mirada aterradora en su rostro.
“Rudeus.”
“Orsted-sama… ¿por qué…?”
Era Orsted. Él tenía su casco en una mano, pero me lo arrojó a mí. Yo me apresuré para atraparlo.
“Cuando Sylphiette me informó lo que había ocurrido, Cliff Grimoire ya estaba cerca del agotamiento completo de poder mágico. Entendí que él sería incapaz de sellar a Badigadi y la Armadura del Dios de la Lucha, así que pedí la ayuda de otro hombre. A causa de eso, mi llegada se retrasó un poco. Discúlpame.”
No, eso no. No estaba preguntando por qué llegaste tarde. Quiero saber por qué no hay nadie aquí.
“Sin embargo, esto… Esto, no me lo esperaba,” dijo Orsted, para luego mirar hacia Alek, el Dios del Norte Kalman III, quien estaba de pie ahí, usando la Armadura del Dios de la Lucha. “Yo me encargaré del resto.” Él dio un paso al frente, y Alek dio un paso atrás de forma aterrada. No podía entender lo que estaba pasando. Solo le hablé a Orsted.
“Pero Orsted-sama, su poder mágico…”
“Suficiente. Ya ha sido suficiente de eso,” dijo Orsted, sacudiendo su cabeza. “Yo también me he decidido.”
“¿Se decidió…? ¿Sobre qué…?”
Él miró hacia mí. Su boca esbozó la más débil de las sonrisas, para luego plasmarse con una determinación casi imperceptible. Con el rostro más aterrador del mundo, él finalmente dijo, “Quiero experimentar lo que se siente luchar junto a amigos de confianza.”
No había podido seguir muy bien el inicio y el final de la conversación, pero, por alguna razón, sus palabras me llegaron. Entendí que él se había decidido a luchar esta batalla.
“Entiendo,” dije al final. “Entonces dejaré el resto en sus manos.” Retrocedí. No había nada más que yo pudiera decir. Supuestamente debía estar pensando que no podía permitir que Orsted luche, pero al final podía sentir que una pequeña sonrisa se estaba formando en mi boca. Lo había malinterpretado un poco. No solo esta vez. Me di cuenta de que Orsted había compartido conmigo más que lo que creí. Él pensaba en mí como su aliado a un nivel emocional, no solo como una pieza dentro de su tablero. Él quería luchar junto a sus amigos. No sus aliados. Sus amigos. Desde ahora en adelante, él no estaría solo, sino conmigo. Él no me usaría, sino que lucharía junto a mí. Ahora sabía que no podíamos perder. Creí que había fracasado en lograr mi objetivo, pero había ganado algo más.
“Ahora bien, Dios del Norte Kalman III, Alexander Rybak.”
“Así que eres tú… Tú eres el Dios Dragón Orsted.” Alek levantó la Hoja del Rey Dragón Kajakut cuando Orsted dijo su nombre. Él estaba usando tanto la Armadura del Dios de la Lucha como la Hoja del Rey Dragón. Era una combinación devastadoramente poderosa. Él no consideraría arrojar una de ellas a un costado, ¿o sí? ¿Acaso había algo que yo pudiera hacer aquí?
“Perfecto.” Orsted, al parecer, pensaba de forma diferente. Mientras Alek levantaba su espada, una sonrisa de confianza apareció en su rostro. Esa sonrisa era lo suficientemente aterradora como para convertir en hielo todo a su alrededor.
“Tanto con la Armadura del Dios de la Lucha como la Hoja del Rey Dragón, no habrá excusas cuando pierdas, ¿o sí?”
“¡Bastardo—!” Ahora Alek estaba furioso. “¿¡Te estás burlando de mí!?”
“No es así.” Orsted colocó sus manos juntas y luego lentamente las separó. Algo salió de la palma de su mano izquierda: era una espada, y cuando la vi, mis rodillas comenzaron a temblar como locas. Yo solo había visto esa espada una vez. Orsted solo la había llamado Hoja de Dios. Todo lo que sabía era que consumía una cantidad enorme de poder mágico.
“Mi único deseo es derrotarte completamente y romper tu espíritu.” Él estiró su espada, apuntando hacia los ojos de Alek.
La furia de Alek se manifestó, haciendo crujir el aire con su deseo de ver a Orsted muerto. Él levantó la Hoja del Rey Dragón.
“¡Entonces inténtalo!” gritó Alek.
El Dios Dragón Orsted estaba de frente al Dios del Norte Alexander usando la Armadura del Dios de la Lucha. La verdadera batalla final había comenzado.
Cerca de diez minutos después, casi un cuarto del bosque alrededor de la Quebrada del Wyrm de Tierra había desaparecido. Dentro del ahora terreno calcinado, cubierto de árboles partidos por doquier, había un niño arrodillado, al cual le faltaban ambos brazos. Tenía una espada presionada contra su garganta. El niño miraba arriba hacia su portador, con una sorpresa evidente. Un hombre de cabello plateado y ojos penetrantes le devolvía la mirada. Él no tenía ni un solo rasguño sobre su cuerpo. Al verlo de pie ahí, ileso, pensarías que ni siquiera había habido una batalla. La única señal era una mancha de tierra en su ropa.
“Escoge. Conviértete en mi subordinado o muere.”
El Dios Dragón contra el Dios del Norte usando la Armadura del Dios de la Lucha.
Ese enfrentamiento podría haber sido una batalla realmente legendaria. Un par de oponentes de ese calibre podrían haber quedado en la historia para siempre. Por desgracia, la batalla actual no era tan grandiosa. Fue demasiado devastadoramente unilateral para eso. ¿Mi opinión? Era difícil para mí expresarlo con palabras. Yo lo observé, quedando atrapado entre golpes y apenas escapando de la muerte mientras lo hacía, pero ellos se movían tan rápido que apenas pude ver algo. Lo único de lo que estaba seguro era que Orsted siempre tuvo la ventaja. Pude darme cuenta de que, cada vez que Alek trataba de dar vuelta las cosas, Orsted lo obligaba a darse completamente por vencido. Él fue completamente sobrepasado. Incluso con la Armadura del Dios de la Lucha y la Hoja del Rey Dragón, él ni siquiera pudo tocar un cabello de la cabeza de Orsted. La armadura estaba hecha pedazos, la cual ahora estaba comenzando a regenerarse, pero ya se había separado del cuerpo de Alek. La Hoja del Rey Dragón yacía sobre el suelo junto a su brazo.

Alek hace tiempo que había perdido toda voluntad de luchar. Él miraba arriba hacia Orsted, con su rostro petrificado del miedo. Lágrimas brotaban de sus derrotados ojos, y su boca estaba entreabierta. El niño que había presumido sobre convertirse en un héroe había desaparecido. En su lugar había un cachorrito gimiendo, con su espíritu completamente roto.
Después de un largo silencio, él finalmente habló. “Me convertiré en tu subordinado,” dijo él.
Y ahora, esta vez, la batalla realmente había llegado a su fin.
Notas de los lectores
✦ La conversación puede contener spoilers de este capítulo.
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