Una Carta desde Lejos
Capítulo 5: Una Carta desde Lejos
El Santuario de la Espada, en el extremo oeste de los Territorios del Norte, era un lugar donde el aire estaba lleno de fervientes rugidos de batalla y sonidos del choque de espadas de madera. La mayoría de las personas que pasaban a tu lado en la calle usaban uniformes de artes marciales o algo similar, y cargaban espadas de práctica y toallas de mano. En ocasiones podías ver un visitante vestido como un espadachín, pero aquellos que escogían quedarse por periodos prolongados de tiempo usualmente terminaban usando ropa diseñada especialmente para el entrenamiento.
En la parte más profunda de esta pequeña ciudad había un vasto campo cubierto de nieve que daba hacia un gran salón de entrenamiento. El día de hoy, una mujer usando ropa de espadachina estaba de pie sobre ese campo, cerca de la entrada de ese salón. Su polera ligera y shorts negros claramente fueron escogidos con la movilidad en mente. Sobre aquellos, ella usaba un abrigo tradicional concedido a los Santos de la Espada del Estilo del Dios de la Espada. Había dos espadas en su cintura; incluso a la distancia, la más larga de las dos era claramente el trabajo de un artesano maestro.
A partir solo de la calidad de su arma, estaba claro que ella era una estudiante de muy alto rango del Estilo del Dios de la Espada—de hecho, una de las pocas que había alcanzado el rango de Reina de la Espada. Su apariencia intimidante, combinada con su largo y brillante cabello rojo eran la viva imagen de un león. Nueve de diez personas que la vieran en la calle inmediatamente habrían salido de su camino solo por instinto.
Ella era la Reina de la Espada Iracunda, y su nombre era Eris Greyrat.
Sin embargo, en este momento, ella estaba mirando abajo hacia su imponente atuendo con una expresión que casi se veía como ansiedad.
“Oye, Nina… ¿estás segura de que me veo bien?”
“Sí, sí. Te ves bien. Te ves muy impresionante, lo prometo.”
De pie en frente de esta leona de melena carmesí estaba una joven mujer usando un uniforme de artes marciales, quien usaba su cabello azul oscuro atado en una refinada cola de caballo. Su nombre era Nina Farion, y a partir del tono de su voz, ella estaba comenzando a sentirse un poco exasperada con su rival.
“En serio, Eris, el traje es perfecto. Eres la viva imagen de una Reina de la Espada.”
“Pero Rudeus solía decir que le gustaba más mi ropa con adornos.”
“Ah, por el amor de dios…”
Nina dejó salir un suspiro de exasperación, y luego continuó la conversación lo mejor que pudo.
“Eris, ¿cómo esperas exactamente que yo sepa lo que tu novio quiere que uses?”
“Ah. Sí, supongo que no podrías saberlo…”
“¿Podrías, por favor, dejar de mirarme con lástima en tus ojos? Sabes, Gino y yo… ¡Ugh, eso ahora no importa!”
Sacudiendo su cabeza firmemente, Nina apuntó un dedo hacia el aire.
“Escucha, no es como si pudieras encontrar ropa llamativa por aquí, sabes. Recuerdas dónde estamos, ¿cierto? Si realmente quieres ropa con adornos, simplemente tendrás que comprarla en la ciudad.”
“Sí, es cierto,” dijo Eris mientras asentía suavemente.
Al parecer, el asunto ya estaba zanjado. Pero esta era la quinta vez el día de hoy que ellas habían tenido básicamente esta misma conversación.
“En fin, no sé por qué estás obsesionada con tu ropa ahora mismo. Sin importar lo rápido que viajes, será un mes entero en el camino antes de que llegues a Sharia.”
“…”
“Yo me preocuparía menos por la ropa y más asegurándome de estar limpia y presentable cuando lo veas. Asegúrate de tomar un baño, cepillar tu cabello, y usar un poco de perfume… Eh, tú sabes que a los hombres no les gustan las mujeres apestosas, ¿cierto?”
“A Rudeus sí. A él nunca parecía importarle cuando yo terminaba toda sudada.”
“Bueno, supongo que él tendría que ser comprensivo, ya que te encuentra a ti atractiva…”
“De hecho, yo incluso lo sorprendí olfateando mi vieja ropa interior sudorosa un par de veces. Él parecía estarlo disfrutando.”
“¿¡Qué!? ¡Ese hombre es un pervertido!”
Eris frunció ligeramente el ceño ante esta afirmación. “Rudeus no es un pervertido. Él solo es un poquito… sucio.”
“¡Él estaba disfrutando tu hedor corporal, Eris! ¡Esa es la definición de un pervertido!”
“…”
Eris llevó su nariz hacia su axila y la olfateó un par de veces como un experimento. Su ropa era nueva, y había tomado un baño en preparación para su viaje. Todo lo que ella podía oler era el suave aroma a jabón.
“Él no es un pervertido.”
“… Bueno, si tú lo dices. Lo siento, supongo que fui demasiado lejos.”
Ambas se quedaron en silencio por un tiempo. De vez en cuando sus cabellos eran agitados por el frío viento que soplaba a través del tranquilo y nevado campo.
“Ghislaine de seguro se está tomando su tiempo,” murmuró Eris.
“Supongo que los estudiantes pueden estar discutiendo acerca de quién las acompañará.”
Eris asintió distraídamente. “Sí, tal vez.”
“… Sabes, Eris, yo de vez en cuando he escuchado algunos rumores acerca de tu novio.”
“¿Qué clase de rumores?”
“Dicen que Rudeus Greyrat puede sacarse sus propios ojos.”
“¡No me sorprendería!”
“Además, a él supuestamente le gustan las mujeres con pecho plano.”
Nina miró hacia Eris mientras decía estas palabras. Eris también miró abajo hacia sí misma. Era raro escuchar la palabra voluptuosa aplicada a una espadachina, pero en su caso, esta encajaba perfectamente.
“… Eso no será un problema.”
Su voz sonaba lo suficientemente confiada, pero el rostro de Eris se veía un poco más pálido que antes.
“Veamos, ¿qué más? Dicen que él conquistó un laberinto legendario, destruyó a un Rey Demonio inmortal, y dio una buena pelea contra uno de los Siete Grandes Poderes.”
“¿No me digas? ¡Bueno, ese es mi Rudeus! No esperaría menos.”
Y así como así, el color volvió a sus mejillas. Ella incluso estaba un poco sonrojada. La hacía feliz saber que Rudeus se había estado esforzando para ser más fuerte, tal como ella.
“El hombre es monstruosamente poderoso, admito eso. Normalmente yo no habría creído nada de esto.”
Eris sacó pecho del orgullo y dejó salir un pequeño resoplido de placer. “¡Lo sé! ¡Él es increíble!”
“Sin embargo, también hay algunos rumores… menos agradables.”
“¿Como cuáles?”
“Dicen que él es un gran mujeriego que camina por la calle junto una mujer diferente cada día.”
Ante estas palabras, la sonrisa de Eris se congeló repentinamente.
“Ah, y parece que abusa de su fuerza para conseguir lo que quiere…”
“…”
“Escucha, Eris, esto es solo una posibilidad,” se detuvo Nina, y luego continuó con una voz muy baja. “Pero él tal vez ya se olvidó de ti.”
Tan pronto como estas palabras salieron de sus labios, la mano izquierda de Nina salió disparada a proteger su rostro. Y medio segundo después, el puño de Eris impactó su palma.
“…”
Si bien ella había logrado detener el puñetazo, la furia en la mirada de Eris era demasiado abrumadora para Nina. Ella apartó sus ojos incómodamente.
“Es solo un rumor.”
Eris retiró su puño y se cruzó de brazos. Ella abrió su postura y sacó pecho, frunciendo su boca, y dando vuelta su cabeza malhumoradamente.
“…”
“Ah, mira. Ghislaine finalmente está aquí.”
Cuatro caballos se estaban acercando lentamente desde la dirección en la que Eris había mirado. Una mujer gente bestia estaba a la cabeza. Ella era la Reina de la Espada Ghislaine Dedoldia. Si bien ella ya tenía casi cuarenta años de edad, su cuerpo era tan delgado y musculoso como siempre.
Ghislaine guiaba a dos caballos de las riendas. Justo detrás había una mujer joven y hermosa que guiaba a los otros dos. Si bien ella usaba una ropa de viaje tradicional, su largo cabello sedoso y hermoso rostro eran más que suficiente para cautivar a cualquiera que la viera. Ella era la Reina del Agua Isolde Cluel. La propia Diosa del Agua, Reida Lia, estaba sentada sobre uno de los caballos que ella estaba guiando.
“Lamento la demora.” Ghislaine le entregó a Eris las riendas de un caballo cargado de equipaje. “¿Ustedes dos de nuevo estaban peleando?”
“Fue culpa de Nina,” respondió Eris, inflando sus mejillas de forma malhumorada. Nina solo se encogió de hombros.
“Ya veo,” murmuró Ghislaine, con una sonrisa de felicidad plasmándose en su rostro.
“Esta no es una despedida apropiada,” dijo una voz desde arriba. “¿Gal ni siquiera se molestó en salir de la cama?”
La anciana sobre el caballo, fácilmente la persona más formidable en este imponente grupo, estaba mirando atrás hacia el salón con una expresión malhumorada.
“Yo no le daría mucha importancia, Reida-sama. Me temo que el Dios de la Espada no aguanta mucho.”
“¿Qué? ¿Crees que tiene una resaca por todo lo que tomó anoche? Santo cielo. Ese hombre debería conocer sus límites a su edad… Sabes, Nina, esta podría ser una oportunidad de oro. ¿Por qué no vas a retarlo a un duelo?”
Nina sonrió incómodamente ante la sugerencia de la anciana. “Creo que tendré que abstenerme. Tengo la intención de convertirme en Diosa de la Espada de una manera más justa.”
“Aw, eres una cosita tan seria. No te preocupes, querida, sobrepasarás a ese viejo amargado en poco tiempo. ¡Solo sigue haciendo lo que haces! Como un consejo, podrías querer mantener vigilados a los que están por detrás de ti en esta carrera.”
“¿La carrera? Bueno, en cualquier caso, me esforzaré al máximo para hacer buen uso de todo lo que me ha enseñado.” Nina bajó su cabeza respetuosamente hacia Reida, y luego se dio la vuelta hacia Isolde. “¿Puedo preguntar hacia dónde van ahora? Estarán viajando junto a Eris hasta la mitad del camino, ¿correcto?”
“Así es,” respondió Isolde. “Regresaremos al Reino de Asura. He sido invitada para ejercer como una instructora de esgrima en el palacio real.”
“Ah, entiendo. Voy a sentirme muy sola sin ti aquí…”
Isolde sonrió gentilmente ante las palabras de Nina. “Asegúrate de visitarme si de casualidad vas al Reino de Asura. Te daré un recorrido por la capital.”
“No gracias,” dijo Nina, rascando su nariz tímidamente. “Si una chica de campo como yo termina en Asura, estoy segura de que los ciudadanos de tu lujosa ciudad solo se reirán de mí.”
Eris resopló despectivamente. “Hmph. Si alguien se ríe de nosotros, simplemente podemos cortarlo en dos.”
A pesar de lo alarmantes que eran estas palabras, le recordaron a Nina exactamente quiénes eran ellas tres, lo que la hizo reír suavemente. Reírse de una Santa de la Espada, sin mencionar una Reina de la Espada o Reina del Agua, generalmente no era la mejor de las ideas. Tendrías que ser ya sea un combatiente verdaderamente formidable, o un completo y perfecto idiota.
“Muy bien, Eris. ¿Nos vamos?”
“¡Sí! ¡En marcha!”
Isolde sonrió ante la respuesta enérgica de Eris, y se subió sobre su propio caballo. Eris la imitó, montando el suyo tan bruscamente que se retorció del desagrado. Ella lo golpeó en el cuello y este rápidamente se tranquilizó.
“Cuídense,” dijo Nina, sorprendida de descubrir que había lágrimas en sus ojos. Su mente estaba recordando los años desde la llegada de Eris. Su primer encuentro había sido uno verdaderamente horrible. Nina había sido humillada, y Eris la hizo pasar por muchas más vergüenzas en rápida sucesión. Pero la frustración de aquellos fracasos había impulsado a Nina a mejorar. Y cuando llegó Isolde, sus palabras gentiles y consejos acertados también habían sido de mucha ayuda. Si no fuera por ellas, Nina no tenía dudas de que aún estaría en medio del grupo de Santos de la Espada. Ella podría nunca haber ascendido al mundo de los Reyes de la Espada. En otras palabras, ella les debía—
“¡Hola, señoritas! ¡Tengo una entrega para ustedes! ¿Les importaría firmar?”
Los pensamientos melancólicos de Nina fueron interrumpidos abruptamente por una voz animada y despreocupada. Ella se dio la vuelta en su dirección mientras trataba de contener su irritación.
Un hombre del tipo torpe usando un grueso abrigo de invierno estaba de pie sobre la nieve cercana, dejando salir nube de vapor blancas con cada respiración. Parecía ser que él no tenía absolutamente ninguna idea de quiénes eran ellas. En vez de esperar una respuesta, él comenzó a hurgar dentro de su bolsa y sacó un sobre.
“Ah, santo cielo. ¿Para quién es?”
“Err… Bueno, parece que está dirigida a la señorita Eris Boreas Greyrat.”
Eris frunció el ceño de la sospecha ante esto. Pero ante las siguientes palabras del hombre, sus ojos se abrieron completamente.
“De parte del señor Rudeus Greyrat.”
“¿¡Rudeus!?”
Eris instantáneamente saltó de su caballo y arrancó el sobre de las manos del hombre. Sin embargo, justo cuando estaba a punto de destrozarlo para abrirlo, él rápidamente la agarró del hombro.
“Oye, espera un segundo. Necesito que firmes, o no me pagarán esta entrega…”
“¡Bien! ¿Dónde firmo?”
“Ah, cierto. Por favor, espera un momento…”
El hombre metió su mano dentro de su bolsa y sacó una pluma y alguna clase de formulario, el cual entregó a Eris. Ella se quedó congelada algunos segundos, claramente tratando de recordar las letras de su nombre, y luego las escribió de una forma apenas legible.
El hombre estudió las letras por un largo momento, y eventualmente logró identificar las letras Eris.
“Muy bien. Se los agradezco mucho… Cielos, ojalá cada trabajo pagara así de bien…”
Él volvió a guardar el formulario dentro de su bolsa y regresó por su camino de muy buen ánimo. Eris apenas se molestó en mirar en su dirección mientras empezaba a abrir el sobre. Ella estuvo a punto de destrozarlo con sus manos—pero entonces vio las palabras Eris Boreas Greyrat en el frente, las que claramente estaban escritas con la letra de Rudeus.
Heh. ¡Él debe haber estado muy apresurado! Yo no he usado el apellido Boreas en años… Ah, esperen. ¿Tal vez él no lo sabe?
Ella giró el sobre y estudió el nombre escrito en la parte posterior: Rudeus Greyrat. Su letra no había cambiado en el absoluto. Las letras estaban cuidadosamente dibujadas, pero de alguna forma siempre terminaban siendo un poco extrañas. Hace mucho tiempo, ella había pasado horas cada día mirando hacia estas letras mientras Rudeus trataba de enseñarle a leer. El recuerdo la hizo sonreír.
Para preservar el sobre lo mejor posible, Eris decidió abrir la parte superior con sus uñas. Su primer intento no funcionó. Tampoco el segundo. Después del tercero, ella tomó una de las espadas en su cintura. Eris desenfundó su hoja mientras arrojaba la carta hacia el aire.
“¡Hah!”
De alguna forma, en vez de cortar el sobre a la mitad, su espada hizo un pequeño corte desde la parte superior. Eris atrapó ambas piezas mientras caían, dejando de lado la más pequeña, y finalmente sacando la carta. Ella comenzó a leerla con una mirada impaciente en su rostro. Y luego siguió leyéndola. Mientras lo hacía, su expresión de emoción rápidamente dio paso a una de profunda irritación.
“Um, ¿Eris?” preguntó cautelosamente Nina. “¿Qué dice?”
Eris no respondió. Ella todavía estaba mirando ferozmente hacia la pieza de papel en sus manos.
“¿Eris? ¿Me estás escuchando?”
“¡Ah, ya cállate! No reconozco algunas de estas palabras, ¿bien? ¡Solo me está tomando un poco de tiempo leerla!”
“Ah. Ya veo…”
“¡Hazlo tú, Nina!”
“¿Qué? Eh, yo no sé leer, ¿sabes?”
“¿¡Qué!? ¡Eso te jugará en contra algún día!”
“¿Por qué tú me estás regañando por eso? ¡Tú tampoco sabes leer!”
Mientras las dos comenzaban a discutir, Isolde se bajó de su caballo mientras dejaba salir un suspiro. “Ustedes dos, tranquilas. Yo la leeré.”
“Ah, bien,” dijo Eris, entregándole la carta. “Gracias.”
Isolde comenzó a leerla lenta y cuidadosamente. Al principio, su expresión era neutral, pero mientras el tiempo transcurría, comenzó a volverse más y más tormentosa. Una vez que terminó, ella gritó con una voz llena de ira.
“¿¡Cuál es el problema de este hombre!?”
“¿Eh?” dijo nerviosamente Eris. “¿Qué? ¿Qué dice?”
“Oh, Eris… ¿Estuviste entrenando día y noche todos estos años por él? Pobre, pobre niña. San Millis, apiádate de esta chica…”
Isolde juntó sus manos y miró suplicantemente hacia el cielo por un momento, y luego miró hacia Eris con ojos llenos de simpatía.
“Eris, lo que realmente debes hacer ahora es olvidarte de este hombre. ¿Por qué no mejor vienes conmigo hacia Asura? Sería un gran desperdicio que te entregues a una escoria como él.”
“¿¡Puedes leerme la carta de una vez!?” rugió Eris, estirando sus manos hacia las espadas en su cintura. “¿¡Quieres que te corte a la mitad!?”
“Muy bien. Aquí va.”
Aclarando su garganta, Isolde comenzó a leer la carta con una voz cargada de enojo justificado.
Querida Eris,
Ha pasado algo de tiempo, ¿no? Soy Rudeus Greyrat.
De alguna forma, parece que han pasado cinco años desde que nuestros caminos se separaron.
¿Todavía me recuerdas? Ciertamente lo espero. Sé que yo no te he olvidado, o el tiempo que pasamos en la compañía del otro.
Durante nuestra primera noche juntos, juré que me quedaría a tu lado por siempre. Tenía la completa intención de quedarme a tu lado el resto de mis días, apoyándote a través de cualquier cosa que la vida hubiese puesto en tu camino.
Pero entonces desperté en la mañana, y descubrí que estaba solo en la cama. Tú ya te habías ido.
Devastado por tu desaparición, yo me hundí en una profunda depresión. Los siguientes tres años de mi vida fueron unos amargos y solitarios. Sentía que nada de lo que hacía valía la pena. Me sentía como si estuviera caminando a través de una densa niebla.
Por supuesto, yo ahora no te culpo por nada de eso. Pero espero que al menos puedas entender lo miserable que fui en ese entonces. En cuanto a la razón por la que te escribo esta carta, bueno… digamos que una cierta persona recientemente mencionó tu nombre.
Hasta ahora, yo estaba convencido de que tú me habías abandonado para viajar sola por el mundo. Pero este individuo me aseguró que yo había malinterpretado completamente tus sentimientos—que tú nunca habías dejado de amarme o pensar en mí.
Ahora tengo dos esposas.
Ambas me sacaron de mi desesperación en momentos cuando estuve a punto de ser aplastado por ella. Si bien pude haber malinterpretado tus acciones, eso no hace que mi dolor fuera menos real. Y ellas estuvieron para mí cuando más las necesitaba.
No obstante, si es cierto que tu corazón no ha cambiado—si realmente quieres volver a verme, y pasar el resto de tu vida conmigo—estoy preparado para aceptar tus sentimientos. No tengo la intención de dejar a mis dos esposas actuales, así que tú serías la tercera.
Entiendo que podrías encontrar inaceptable esta propuesta, o tal vez incluso insultante. Si es así, tienes todo el derecho de golpearme hasta estar satisfecha. Aunque apreciaría si me dejas ir con solo dos o tres buenos golpes.
Por supuesto, espero que las cosas no lleguen a eso. Incluso si no estás dispuesta a unirte a mi familia, espero que al menos podamos convertirnos en buenos amigos.
Atentamente—
Rudeus Greyrat
“…”
Eris estaba en silencio. Tampoco se estaba moviendo. Al parecer, ella se había convertido en piedra.
Isolde dio un vistazo hacia ella y rápidamente resumió su anterior diatriba. “Bueno, ahí lo tienes. ¿No es horrible? ¡Tener dos esposas es lo suficientemente malo, y ahora te está ofreciendo casualmente convertirte en la tercera! ¡Ese hombre claramente no tiene ningún respeto por las mujeres!”
“No lo sé,” dijo Nina, mirando hacia la carta con el ceño fruncido. “Sonó a que él se estaba esforzando mucho por ser considerado…”
“¿¡Considerado!? ¡Es la primera carta que le escribe en años, y él ni siquiera se molesta en decir te amo! ¡Él parece creer que le estaría haciendo un favor casándose con ella! No, lo siento. ¡No me gusta nada este Rudeus Greyrat!”
“Escucha, él creyó que Eris lo había abandonado, ¿cierto? ¡Y además pasó tres años completos deprimido por eso! ¿No es en parte su culpa por irse de esa forma?”
“¡Ah, por favor! Él probablemente inventó todo eso para hacerla sentir culpable. ¡Solo la quiere porque ella es una maestra de la espada con un buen cuerpo!”
“Ehhhh… No estoy tan segura de eso. ¿De verdad te arriesgarías tanto para tener a Eris como un guardaespaldas sensual…?”
Nina estaba reflexionando seriamente sobre el tema. Isolde estaba gritando del enojo. Y Eris estaba mirando hacia el cielo, con sus brazos todavía cruzados, y con sus ojos aparentemente mirando hacia la nada. El cielo arriba era azul, pero su mente estaba teñida de un blanco puro.
“¿Mm? Ah, parece que hay otra hoja aquí…”
Fue en este punto que Isolde se dio cuenta de que ella todavía no terminaba de leer toda la carta. Sacando la última hoja de papel, ella comenzó a leerla.
“Veamos… Ejém.”
“P.D. Mientras escribo estas palabras, me estoy preparando para luchar a muerte contra el Dios Dragón Orsted. No tengo idea de si puedo ganar. Es posible que ni siquiera esté vivo para el momento que esta carta te llegue. Pero si logro regresar con vida, vamos a hablar bien las cosas.”
Para el momento que ella terminó de leer estas palabras, el rostro de Isolde se había puesto visiblemente rígido. Lo mismo iba para Nina. Su expresión era una de miedo y asombro. La sola idea de desafiar al mismísimo Dios Dragón a un duelo había congelado su espalda.
Pero en el rostro de Eris, y solo el suyo, había una sonrisa. Sus ojos regresaron a la vida—ardían de pasión y determinación.
“¡Muy bien!” gritó ella, saltando de vuelta sobre su caballo. “¡Tenemos que apresurarnos si queremos llegar a tiempo! ¡En marcha, Ghislaine!”
Y así, ella puso en marcha su caballo. Este corrió a través de la planicie, levantando nieve mientras avanzaba; Ghislaine apresuró su propio caballo para alcanzarla. Ellas pasaron rápidamente a un lado del mensajero que había entregado la carta, enviándolo a volar hacia un costado, y desapareciendo en la distancia en cuestión de segundos.
Nina e Isolde solo se quedaron de pie ahí mirando hacia ellas, tan desconcertadas que ni siquiera podían parpadear.

Notas de los lectores
✦ La conversación puede contener spoilers de este capítulo.
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