Año K499

Capítulo 1
Año K499
Calendario del Dragón Acorazado, Año K499.
Dieciocho años después de la muerte de Rudeus Greyrat.
En lo profundo de un bosque sin nombre, al norte del Continente Central, un hombre corría. El sudor le pegaba el cabello a la frente, su respiración era agitada. Su apariencia no tenía nada de especial—vestía como un comerciante común, sin ningún rasgo distintivo que lo hiciera resaltar.
Mientras corría, miraba constantemente hacia atrás, adentrándose cada vez más en el bosque.
Estaba escapando. Sí, estaba en fuga.
¿De qué? De la sed de sangre que lo perseguía desde atrás. El bosque estaba en silencio, ni siquiera se oía el aleteo de un pájaro, y aun así podía sentir que algo lo seguía.
“… ¡Oh, Dios!”
Murmurando por lo bajo, apretó un puñal con el emblema del Reino de Asura dentro de su abrigo. A simple vista, parecía un puñal cualquiera, pero para un ojo entrenado, era evidente—esto no era algo que un simple comerciante debería poseer. Era un espía. Uno de varios agentes enviados a infiltrarse e investigar el Imperio del Dios Ogro, que había tomado el control del norte del Continente Central.
Fundado apenas unos años atrás, el Imperio del Dios Ogro había conquistado el norte del Continente Central en menos de dos décadas y ahora se preparaba para avanzar hacia el oeste del Continente Central… en otras palabras, hacia el Reino de Asura.
Mientras la Mandíbula Superior del Dragón Rojo permaneciera intacta, ni siquiera un imperio tan poderoso podría invadir el Reino de Asura. O al menos, eso se creía. Pero el Imperio del Dios Ogro tenía una estrategia secreta. Y el hombre había obtenido información sobre esa estrategia. La había conseguido. Por eso lo estaban cazando.
Todos los medios de comunicación habían sido destruidos, y no le quedaba otra opción más que huir con la información él mismo. Había sido descubierto en la frontera y fue forzado a escapar hacia el bosque.
Su perseguidora no era otra que la ejecutora más temida del Imperio del Dios Ogro—la verduga de los traidores. Un oficial especial de la policía militar del Segundo Ejército del Imperio del Dios Ogro.
La “Demonio Rastreadora de Sombras”.
Una notoria integrante de la infame tribu Superd.
Luicelia Superdia.
El hombre lo sabía. Había pasado años recopilando inteligencia sobre el Imperio del Dios Ogro—sabía perfectamente quién era ella. Nadie había escapado jamás de su persecución. Ya fueran desertores, traidores o espías, los cazaba a todos sin fallar.
Tal vez, si solo se tratara de ella, algunos habrían tenido una oportunidad. Escapar de la vista de un Superd no era tarea fácil, pero al final, su visión seguía siendo una función biológica. Había maneras de engañarla, contramedidas tan numerosas como las estrellas.
Pero la Demonio Rastreadora de Sombras tenía una sombra que la seguía. Una sombra que no tenía forma, pero la seguía implacablemente.
El “Fantasma Sin Sombra”.
El hombre no sabía quién o qué era. Hasta hace solo unos días, lo había descartado como un simple rumor. Pero ahora, lo sabía. Él existía. Algo invisible estaba ayudando a la Demonio Rastreadora de Sombras en su persecución. De lo contrario, esta situación no tendría sentido. De lo contrario, su mera presencia no debería haber sido descubierta. De lo contrario, ella no debería haberlo alcanzado.
“Ugh… haah… gah…”
Todavía se acercaba por detrás. No oía nada, pero después de años viviendo como espía, sabía cuándo lo estaban cazando.
Y estaba empezando a darse cuenta—
(No puedo escapar…)
No le quedaba opción.
Su única salida era tenderle una emboscada, atacar por sorpresa y darle vuelta a la situación. Contra Luicelia, quien había capturado y matado a incontables espías. Contra la Demonio Rastreadora de Sombras, quien, según decían, jamás había fallado.
“Haa… fuu…”
El hombre dejó de correr, presionando su espalda contra un árbol, exhalando profundamente.
“¿Hmm?”
Fue entonces cuando lo notó.
En medio del bosque denso se alzaba una casa solitaria—una que parecía más propia de una ciudad que de la naturaleza salvaje. Una casa vieja, pero bien mantenida, sin signos de abandono.
“……”
El hombre se acercó a la casa. Era extraño encontrar una casa en un lugar así, pero pensó que podría usarla. Una emboscada sería más fácil dentro que en el bosque abierto. Sin embargo, a medida que se acercaba, sintió una inquietud profunda. No había puertas. Ni siquiera ventanas.
“…No puede ser”.
Su corazón latía con fuerza. Había oído los rumores.
Sobre los laboratorios secretos del Gran Mago, Rudeus Greyrat, que había muerto hacía más de una década.
Decían que había realizado investigaciones prohibidas en laboratorios ocultos a los cuales solo se podía acceder mediante círculos mágicos de teletransportación. Decían que la investigación que dejó atrás era vasta, y quien la obtuviera heredaría una gran sabiduría. Algunos incluso especulaban que el ascenso meteórico del Imperio del Dios Ogro se debía a haber adquirido ese conocimiento.
Usando magia, el hombre creó un agujero apenas lo suficientemente grande para que una persona se arrastrara.
Metió la cabeza, giró el cuerpo y se forzó a entrar. Invocando un espíritu de luz para iluminar el lugar, avanzó cautelosamente hacia el interior.
Un escritorio, estanterías, algún tipo de herramientas mágicas… Sobre el escritorio había una nota, con información sobre autómatas—modelos antiguos. No había duda. Este era uno de los laboratorios secretos de Rudeus Greyrat. Un destello de esperanza iluminó el rostro del hombre.
Si este era un laboratorio secreto, entonces debía haber un círculo de teletransportación. En todo el mundo, los círculos de teletransportación habían perdido su poder hacía una docena de años, pero tal vez… tal vez este aún funcionaba.
Pero entonces, los ojos del hombre se posaron sobre algo.
Un libro.
Uno que solo había visto una vez en el Archivo Real del Reino de Asura. Si hubiese sido cualquier otro libro, no le habría prestado tanta atención.
Pero llevaba un número.
29.
En el Archivo Real existía una legendaria colección de cincuenta y dos volúmenes… excepto por uno que faltaba.
El libro perdido de los “Diarios de Rudeus”.
“…Esto es…”
En el momento en que extendió la mano hacia él para tomarlo—
“¡Ugh…!”
Un quejido se escapó de sus labios.
Sus manos temblaban mientras miraba hacia abajo.
Algo sobresalía de su pecho.
Una punta de lanza blanca.
No se había dado cuenta.
Ella había estado demasiado lejos.
Debería haber tenido tiempo para preparar su emboscada.
Giró la cabeza.
Allí, de pie en silencio, estaba una mujer que exudaba un aura letal y tranquila. Sostenía una lanza corta… una que ya le había atravesado el pecho. Eso fue lo último que el hombre vio.
“Hmph”.
Cuando la mujer retiró su lanza, el cuerpo del hombre se desplomó.
Tras confirmar que su vida se había extinguido, agitó su lanza con un movimiento brusco y rápido, haciendo volar la sangre de la punta.
La sangre trazó un arco en el aire antes de salpicar en la pared… o mejor dicho, en el rostro de un hombre que, en algún momento, había aparecido al borde de la habitación.
¿Había estado allí todo el tiempo, o no?
El hombre, cuya presencia era tan tenue que casi era imperceptible, estaba de pie, iluminado por el espíritu de luz, sonriendo de una forma inquietante.
★ ★ ★
“Luicelia”.
“¿Qué?”
“¿A qué vino eso? ¿Y tan de repente?”
El hombre, repentinamente bañado en sangre, soltó una sonrisa irónica y protestó. Era natural. No había necesidad de salpicar con sangre a tu aliado después de derrotar a un enemigo.
“Lo siento… Pero Ars siempre decía que verse genial después de una pelea es importante”.
Luicelia hizo un puchero mientras hablaba.
“Verse genial solo funciona cuando hay alguien que lo vea”.
“Tú estás aquí”.
“No salpiques con sangre a la persona a la que intentas impresionar”.
Dicho eso, el hombre sacó un pañuelo de su bolsillo y empezó a limpiarse el rostro.
“Aun así, pensé que íbamos a ser emboscados, pero solo estaba ahí congelado. Fue algo anticlimático”.
“Sí”.
“Pero pensar que hay uno incluso aquí… uno de los laboratorios secretos de Rudeus Greyrat”.
“Mi tío realmente adoraba construir bases secretas. Siempre terminamos encontrando alguna cuando estoy en una misión contigo, Henry”.
“Bueno, solemos adentrarnos bastante en los bosques”.
Henry.
Ese era el verdadero nombre del hombre—Henry Macedonius.
Estaba maldito con la habilidad de ser ‘imperceptible para los demás’. Henry era el compañero de Luicelia, y un experto en recopilación de inteligencia, aprovechando al máximo esta habilidad a su favor. Su maldición era poderosa—nadie podía reconocerlo. Nadie podía recordarlo. Cualquier posible enemigo que lo viera, olvidaba su existencia de inmediato. Un espía perfecto, imperceptible por todos, incluso las conversaciones con él eran olvidadas momentos después de suceder.
Sin embargo, una maldición siempre es un arma de doble filo. Usualmente llevaba una máscara para suprimirla, pero sin ella, era un hombre lamentable cuyo rostro y nombre casi nadie podía recordar. Ni siquiera su familia… solo su madre podía reconocerlo realmente. Incluso su padre tenía dificultades para percibir su presencia.
Uno podría preguntarse por qué el Imperio del Dios Ogro aceptó a alguien tan sospechoso…
Era porque su abuela estaba conectada con la familia Greyrat.
Aunque eso no ayudaba mucho, ya que ni siquiera ella podía recordar que Henry era su nieto…
Incluso dentro del Imperio del Dios Ogro, eran pocos los que podían reconocer a Henry como persona. Sin embargo, la raza Superd, con su tercer ojo, tenía una forma única de percibir el mundo. Luicelia era una de las pocas personas que podía recordar el rostro de Henry.
Por otro lado, pocas personas eran adecuadas para apoyar a Luicelia—quien, a pesar de las formidables habilidades de combate y rastreo de su tribu, había heredado la rigidez de su padre y la torpeza de su madre.
Era natural que los dos formaran equipo.
Como una olla rota encontrando una tapa remendada que encajaba perfectamente, su extraña pareja funcionaba bien❮01❯. Henry se infiltraba en las filas enemigas, recopilaba inteligencia, localizaba posiciones, y Luicelia atacaba. Juntos, habían superado innumerables dificultades y eliminado a muchos enemigos.
“Oh, vaya”.
Henry recogió un libro que sostenía el hombre al que habían estado persiguiendo.
Un número estaba escrito en el “Cifrado Silent”—『二十九』.
“Es el volumen 29 de los Diarios de Rudeus”.
“¿Y? ¿Qué tiene de especial el volumen 29?”
“Es un volumen legendario perdido. Este nunca fue copiado, y había estado desaparecido. El Reino de Asura lo ha estado buscando desesperadamente. Incluso el Presidente❮02❯ los colecciona… si lo llevamos de vuelta, podríamos recibir un bono”.
“Eso está genial. Entonces, ¿qué dice? Léelo”.
“Está bien, está bien”.
Presionado por Luicelia, Henry abrió el libro.
Como agente de inteligencia, manejaba una enorme cantidad de información y era fluido en numerosos idiomas. Naturalmente, también podía leer y escribir en el Cifrado Silent—es decir, japonés.
“Veamos… ‘Ahora que finalmente he tenido tiempo para reflexionar y las cosas se han calmado, quiero hablar sobre mi mayor error en la vida, así como el alboroto de mi hijo, Ars Greyrat, y de mi hermana, Aisha Greyrat’…”
Ante esas palabras, Henry y Luicelia se miraron.
Ars y Aisha.
Nombres que ambos conocían demasiado bien.
★ ★ ★
Unos días después, en una habitación de la base del Imperio del Dios Ogro en la Mandíbula del Dragón Rojo, un anciano trabajaba en papeleo.
Tenía la mirada perdida, la boca entreabierta, y no tenía fuerza en la mano que sostenía la pluma. Sin embargo, aunque no tuviera fuerza, su mano nunca dejaba de moverse.
Escribía su nombre en una hoja de papel, luego en la siguiente, y justo cuando iba a escribirlo en otra más, murmuró “Ah”, y en su lugar escribió “Rechazado”. Dejó escapar un suspiro profundo y, mirando la enorme pila de documentos que aún le quedaban por firmar, soltó un gemido lastimoso.
“Ugh…”
No se estaba muriendo. Simplemente odiaba el papeleo.
“Maestro. Acabamos de regresar”.
Dijeron un joven y una joven al entrar en la habitación del anciano.
“Oh, ya volvieron”.
Cuando el anciano los vio, dejó de escribir y se puso de pie con una sonrisa radiante en el rostro.
“Los cuatro objetivos fueron eliminados”.
“Ya veo, ya veo. Buen trabajo”.
“¿Cuál es la siguiente misión?”
“Estarán involucrados en la invasión al Reino de Asura, pero aún hay tiempo. Descansen por ahora”.
“Entendido”.
Henry saludó con firmeza, mientras Luicelia asintió brevemente. El anciano les sonrió con calidez.
“Además, Maestro, al terminar con el último, encontramos algo que llamó nuestra atención”.
“¿Algo que les llamó la atención?”
“Esto”.
El anciano alzó una ceja ante lo que Henry le tendía.
“Oh, un Diario de Rudeus… Y es el legendario Volumen Fantasma 29. Al Presidente le agradará”.
“Sí… pero, su contenido es, bueno…”
“¿Hmm?”
El anciano lo tomó y lo abrió. Leyó las primeras líneas de la primera página y se detuvo. Tras un momento de silencio, soltó un largo suspiro.
“Ahh, ya veo… así que fue en esa época…”
“Dejé de leer a la mitad porque pensé que tal vez no debería hacerlo, pero desde el principio se sentía bastante… incómodo”.
“Hmm. Sí… Bueno, solo es un registro de un conflicto doméstico…”
“¿Es algo que sería mejor no saber?”
“No exactamente… Para mí, es solo uno de esos errores de juventud. Un poco vergonzoso, nada más”.
Cuando el anciano dijo eso, Henry se mostró sorprendido.
“¿Incluso el gran ‘Dios del Viento’ Ars tuvo momentos en los que cometió errores?”
“Por supuesto. La vejez es injusta, pero la juventud le da a todos la misma oportunidad de meter la pata”.
El anciano—Ars Greyrat.
Comandante de la Fuerza Especial del Segundo Ejército del Imperio del Dios Ogro y mano derecha del Dios Dragón, Orsted. Conocido comúnmente como “el Dios del Viento” Ars.
Uno de los pilares del Segundo Ejército junto al “Dios del Trueno” Aleksander, ganó el título de guerrero más fuerte del norte en nombre y logros tras ganar un torneo de artes marciales celebrado en el Imperio del Dios Ogro varios años atrás. Su estilo de manejo de espada, conocida como la “La Escuela de la Espada Rabiosa del Estilo del Dios de la Espada”, era una técnica poco ortodoxa que incorporaba artes marciales al estilo tradicional del Dios de la Espada, combinada con magia sin encantamientos para crear una técnica de espada mágica versátil.
Además de eso, era calmado, centrado, de hablar suave, y cuidaba mucho de sus subordinados. Habiendo liderado una vez al Cuerpo de Mercenarios Rudo, que más tarde se convirtió en la base del Segundo Ejército, siguió siendo una figura clave bajo el mando del Dios Dragón Orsted incluso en su vejez. Si tenía un defecto, era su tendencia a mirar con insistencia a las mujeres hermosas de pechos grandes.
Aun así, nunca pasaba de mirar. A menudo presumía, cuando bebía, que nunca había caído en una trampa de seducción. Pese a sus pocos defectos, era una persona maravillosa—uno de los héroes anónimos que apoyaban al Dios Dragón Orsted y al Imperio del Dios Ogro, alguien que bien podría ser llamado “un gran hombre” sin exagerar.
Esa era la impresión que Henry tenía de Ars. Jamás imaginó que un hombre así tuviera un pasado vergonzoso.
“Ahora tengo curiosidad. Recuerdo que el Hermano Ars era tan perfecto como la Hermana Lucy desde que tengo memoria”.
Cuando Luicelia intervino, Ars sonrió con ironía.
“Jajaja. Decir que yo era tan perfecto como Lucy es una gran exageración… Nunca estuve ni cerca de ser así de perfecto”.
Luicelia había sido una niña de desarrollo lento. Tal vez se debía a que era parte de la raza Superd, pero en cualquier caso, no envejeció al mismo ritmo que Ars, quien solo era un poco mayor. Para cuando ella tomó conciencia del mundo, Ars ya era un joven maduro.
“Hmm”.
Ars miró alrededor de su escritorio. La cantidad de trabajo que no quería hacer estaba literalmente apilada. Apartó la mirada. Sabía que debía hacerlo, pero realmente no quería.
“Si de verdad les interesa, ¿quieren que les cuente? Sobre la época en la que era un adolescente, cuando no sabía nada… o mejor dicho, cuando era un total y completo idiota descerebrado que no pensaba en lo absoluto”.
Apoyado en el escritorio, se acarició la barba blanca. Luicelia se sentó en silencio en el suelo. Seguramente tenía mucha curiosidad sobre las metidas de pata de la infancia de su primo. Aunque normalmente mostraba una expresión inexpresiva, ella era muy emocional y le encantaban los chismes. Probablemente lo heredó de su madre. Cuando vio a Henry sentarse junto a ella, Ars soltó una risita divertida.
“Ahora bien, ¿por dónde empezar…? Veamos, en aquel entonces vivía mi vida alardeando sin vergüenza de mi estupidez, yo era peor que un matón cualquiera…”
“Está exagerando. Yo lo respeto, ¿sabe? Así que no sea tan duro consigo mismo”.
“Gracias, eso me alegra. Pero todos tenemos épocas en las que fuimos unos idiotas. Eso fue hace ya mucho tiempo”.
Y así, Ars comenzó a hablar—
De los errores de su pasado.
Notas de los lectores
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