Desaparición
Capítulo 10: Desaparición
En la Ciudad Mágica de Sharia, dentro de una oficina a las afueras de la ciudad, había una joven mujer elfo copiando en papel las palabras escritas sobre una tableta de contacto. Su nombre era Fariastia —Fari o Tia para sus amigos. Un cierto ejecutivo de la compañía aún no podía recordar su nombre.
Rudeus no está al tanto de esto, pero Fariastia era el nombre real de la Señorita Elfo, la recepcionista. Ella estaba a cargo mientras el Director Ejecutivo estaba fuera de la oficina.
“Bien, de parte de Sylphiette… Nina está embarazada, así que ella no será capaz de ayudarnos. Ahora me dirijo hacia el Reino de Biheiril. ¿Supongo que debería reenviar esto?”
Su trabajo era recibir toda la información que enviaban los demás y copiarla en papel para Rudeus y Orsted cuando regresaran. Sin embargo, cuando el mensaje era urgente, ella tenía permitido usar su propia discreción para reenviarlo hacia otra tableta. El problema era que estas comunicaciones estaban llenas de palabras como dios y rey, así que era difícil para una chica normal decidir lo que era importante.
“Bueno, vamos a reenviarlo.”
Fue Aisha quien la había escogido para el trabajo. Aisha la había contratado basándose en un criterio estricto, y a través de un riguroso proceso de selección. Ustedes pueden pensar que cualquiera podría hacer el papeleo de Orsted, pero su puesto se encargaba de grandes volúmenes de información que no podía filtrarse.
Faria había nacido en la capital del Reino de Ranoa. Su padre era un elfo que había sido un aventurero errante. Su madre era una humana, la hija de unos comerciantes adinerados. Ella era la menor de tres hermanos. Debido a que era una mujer, a ella no se le enseñó a ser una comerciante, y por lo tanto nunca había aspirado a ello —sin embargo, al vivir dentro de una casa de comerciantes desde la infancia, ella había crecido viendo su astucia en los negocios. Ese conocimiento sería de utilidad más adelante. Cuando entró a la Universidad de Magia, ella tomó por capricho una clase de un agente de inteligencia, y obtuvo notas excelentes. Esa fue la característica que llamó la atención de los agudos ojos de Aisha. Había otros más hábiles manejando información, pero ella fue la elección de Orsted. A juicio de Orsted, las probabilidades de que ella se convirtiera en enemiga eran bajas.
“Primero enviaré esto a la aldea Superd… Luego de eso, ¿a quién más…? Ah, Eris. Eris podría estar feliz de saber que Nina está embarazada, ¿no?” murmuró para sí misma, sentada en una esquina de la oficina del Director Ejecutivo, con una tableta frente a ella. Ella trabajó en la tableta, con un cristal mágico en mano, enviando mensajes hacia la aldea Superd, la Tercera Ciudad, e Irelil.
“Fiu, eso fue todo… ¿eh?” Faria se dio la vuelta y jadeó. Una enorme figura llenaba su visión. “Um… yo… ¿Está aquí, eh, para ver a Orsted-sama…?”
Ante ella había un cuerpo del tamaño de un tambor de acero, con dos brazos tan gruesos como troncos saliendo de él. Ella vio una piel roja brillante, cuernos enormes, y una mandíbula como una olla de la cual sobresalían dos colmillos.
Era un ogro.
“La mujer… ¿de Orsted?” gruñó el ogro.
“¿Disculpe?” Cuando Faria vaciló, el ogro balanceó su brazo. Golpe. La tableta de contacto salió volando. Esta, junto con la pared de la oficina del Director Ejecutivo.
“¿Tú enemiga? ¿Luchar contra mí?”
“Ah… Um…” El ogro apretó su puño, para luego balancearlo hacia Faria. El puño llenó su visión: era enorme, del doble de tamaño de su cabeza. Pelo crecía de la parte trasera de su tosca mano y dedos. Los callos alrededor de sus nudillos implicaban una vasta historia de violencia. Después de ver pulverizada la pared ante ella, Faria supo lo que pasaría si ese puño la golpeaba.
“¡Y-yo —no lo soy!” gritó finalmente Faria mientras se desplomaba en el suelo. Sus piernas se habían quedado sin fuerzas, como si ella también hubiese sido pulverizada. No podía huir. El único pensamiento en su mente era que no quería morir.
“Entonces tú, fuera. Tú no luchar, yo no luchar.” El ogro sonrió, para luego estirarse hacia ella.
“¡Hii!” Faria se encogió ante la vista de la enorme mano abierta y estirada. Por una fracción de segundo, ella pensó que iba a ser aplastada hasta la muerte, pero entonces el ogro la levantó con una gentiliza inesperada y la arrojó a través del agujero que acababa de crear.
“¡Aaaaaagh!” Faria salió disparada de la oficina a una velocidad aterradora, rebotó dos veces, rodó, y finalmente se detuvo.
“… ¡Au!” Cada centímetro de su cuerpo sentía dolor. Su cerebro le estaba diciendo que debía huir —que, si no huía, ella iba a ser asesinada. Su cuerpo estaba gritando que no quería morir. Su boca no podía producir palabras, solo chillidos patéticos. Golpearse contra el suelo parecía haberles regresado la vida a sus piernas. Faria se puso de pie como un ciervo recién nacido, temblando incontrolablemente. Ella corrió algunos pasos, luego cayó. Faria lo volvió a intentar, pero entonces escuchó un estruendo detrás suyo. Se dio la vuelta.
“Ah…” Las paredes de la oficina se derrumbaron. El ogro negro descargó su ira contra el edificio, enviando piedras y escombros a volar hasta que ya no había rastros de la estructura original. Faria se olvidó de correr. Ella se quedó mirando perpleja mientras la oficina era reducida a una pila de escombros.
No había nada que ella pudiese hacer más que mirar, atormentada por su falta de poder. Ella rezó para que el ogro rojo no saliera de los escombros. Rezo que no llegaría a oídos de nadie, incluso mientras el ruido desparecía y sus alrededores quedaban en silencio una vez más. Ella siguió rezando hasta que un peatón, que había venido a ver porqué había tanto ruido, llegó y se la llevó.
Ese día, todos los círculos de teletransportación dibujados por Rudeus Greyrat dejaron de brillar.
Roxy y Eris estaban dentro de un bosque. La Tercera Ciudad de Heirulil era un puerto. Como regla general, los océanos de este mundo eran el territorio ya sea de los Tritones o la Gente Pez, los cuales juntos constituyen a la Tribu del Océano. Excepto por algunas zonas concretas de agua, los terrestres incluso tenían prohibido cruzar. Pescar en las cercanías de algunas de las ciudades portuarias era tolerado, pero la Tribu del Océano hundiría el bote de cualquiera que se aventurara más allá de esos límites. Las cosas eran un poco diferentes en Heirulil. El tramo de océano entre la Tercera Ciudad de Heirulil y la Isla Ogro pertenecía al Reino de Biheiril. Cuando el reino fue fundado, ellos habían eliminado a la Gente Pez del área para quedárselo. Desde entonces, la industria pesquera había prosperado en la Tercera Ciudad. Aquí se ofrecía comida del mar que no podía ser encontrada en ningún otro lugar.
Bueno, al menos en teoría.
“Me estoy cansando del pescado. Es todo lo que hemos estado comiendo últimamente.”
“¿De verdad? ¡Pero es delicioso!”
A las afueras de Heirulil se ubicaba un bosque rodeado por una cerca. La cerca era más bien para impedir la salida de los monstruos en vez de prevenir que entren los intrusos. Ambas caminaban a través del bosque, masticando pescado seco.
“Sí, pero es salado. ¿Por qué le ponen tanta sal?”
“Asumo que es para preservarlo.”
“¿Por qué no solo lo preservan con magia de hielo, tal como lo hace Rudeus?”
“La magia de hielo no es algo que cualquiera pueda usar,” dijo Roxy, riéndose un poco de las quejas de Eris. Eris usualmente no era alguien que se quejaba por la comida, pero era cierto que ellas habían estado comiendo mucho pescado salado.
A pesar de la gran reputación de la ciudad por su comida marina, ellas no habían encontrado nada fresco en Heirulil.
La razón de esto pronto fue clara. Era la Isla Ogro, la cual estaba a un día de viaje en bote desde la Tercera Ciudad. Los hombres de la Isla Ogro eran excelentes pescadores. Usualmente, ellos trabajaban junto con los humanos para atrapar peces alrededor de su isla. En la actualidad, los hombres ogro no estaban pescando. Ellos seguían diciendo que se aproximaba una batalla y que se estaban preparando. Debido a eso, los suministros en el puerto eran más bajos de lo usual.
Roxy y Eris habían descubierto rápidamente porqué los ogros se estaban preparando para la batalla. Ellos iban a unirse al grupo de cacería por órdenes de su líder, el Dios Ogro. El Dios Ogro Marta estaba en la Segunda Ciudad de Irelil.
Ahora, ellas se dirigían hacia la cueva donde estaba ubicado el círculo de teletransportación para contarle a Rudeus lo que habían descubierto. Ellas se habían demorado un poco en enviar el mensaje, pero la última vez que habían revisado la tableta de contacto, habían sido buenas noticias: la Tribu Superd había estado en camino hacia la recuperación y las negociaciones con el reino habían salido bien. Ellas no iban a regresar y descubrir que todo estaba en llamas luego de eso.
“La Tribu Ogro protege al Reino de Biheiril. Supongo que esto significa que ese acuerdo todavía está en efecto. Aunque no entiendo el motivo por el cual él está en la Segunda Ciudad y no en la capital o la Tercera…”
“Geese debe estar involucrado.”
“Es demasiado pronto para asegurarlo. El Dios Ogro simplemente podría estar revisando la zona por iniciativa propia. Todavía existe la posibilidad de poder ganar su cooperación, así que no podemos hacernos sus enemigos,” dijo Roxy, pero al mismo tiempo, ella sentía que algo no estaba bien. Ellas podían notar que él no estaba actuando como siempre. ¿Ese era el plan enemigo? ¿O solo no estaban viendo el panorama completo?
Al menos las cosas iban bien. Rudeus había salvado la aldea Superd, y ahora los Superd eran sus aliados. Puede que Eris y Roxy no hayan obtenido ninguna información sobre Geese, pero habían ubicado al Dios Ogro. Roxy no tenía razón para pensarlo, pero se preguntaba si Zanoba había encontrado algo sobre el Dios del Norte en la capital. Las cosas iban lo suficientemente bien como para creer que así era.
Al mismo tiempo, Roxy sentía un terror inexplicable. Después reflexionar por días, ella llegó a la conclusión de que le recordaba al terror que sintió cuando ellos estaban atrapados dentro del Laberinto de la Teletransportación. La sensación de que todo parecía ir bien, pero que había pasado por alto algo importante. Cada vez que ella estaba haciendo algo bien, Roxy siempre metía la pata. Ella estaba muy consciente de esto.
“Oye, ¿Roxy? Después de terminar este reporte, ¿qué dices si vamos a encontrarnos con Rudeus?”
“No lo vas a dejar pasar, ¿o sí, Eris?”
“¡Solo quiero ver a Ruijerd de una vez! ¡Te lo presentaré!”
“Um, de hecho, ya lo vi una vez.”
Ah, entonces de ahí viene el terror, pensó Roxy mientras sonreía de forma incómoda. Rudeus y Eris no les tenían miedo a los Superd. Ella intelectualmente sabía que los Superd no eran los diablos que se decía que eran —pero sin importar lo que hiciera, ella aún se ponía rígida cuando se les mencionaba. A Roxy se le había contado la vieja historia sobre ellos desde que tenía memoria. Aun así, ella iba a tener que encontrarse con ellos. Rudeus y Eris estaban en deuda con Ruijerd. Él era su antiguo compañero. Roxy iba a tener que presentarse ante él, pero aún no podía tranquilizar su corazón. Si ella solo se encontraba con él, le hablaba, pasaba tiempo con él, eso de seguro cambiaría… pero ¿qué tal si no era así? De ese pensamiento tenía que provenir la sensación de terror.
“Tal vez tienes razón. Podría ser una buena idea ir hacia la Segunda Ciudad mientras tenemos la oportunidad de localizar al Dios Ogro Marta. Él podría dirigirse hacia otro lugar dentro de poco.”
Ellas habían descubierto todo lo que podían descubrir en la Tercera Ciudad. Tal vez no les haría daño dejar sus puestos por un tiempo para hacer una pequeña visita a la aldea Superd.
Con esa idea en mente, Roxy se detuvo ante la cueva en la que habían configurado el círculo de teletransportación. Su entrada era un agujero solo lo suficientemente grande como para que una persona entre agachada, camuflado con ramas y otra vegetación. El habitante original, un oso, las había atacado cuando pasaron cerca de él, así que Eris lo había cortado y se lo habían comido. El tamaño y la ubicación de la cueva era el preciso, así que la habían utilizado para sus propósitos.
Ellas empujaron hacia un lado las ramas ocultando la entrada e ingresaron. Probablemente tenía veinte metros de profundidad y era decentemente espaciosa. El único problema era que apestaba a oso. El círculo de teletransportación y la tableta de contacto estaban justo en el fondo.
“… ¿Eh?” Había algo extraño en el círculo. Estaba en medio del bosque, un lugar saturado de poder mágico. Debió haber estado brillando de azul, en un estado de continua activación. Pero, por alguna razón, estaba oscuro.
“¿Qué ocurre?” dijo Eris.
“Dame un minuto.” Manteniendo la calma, Roxy examinó el círculo, pensando que tal vez ella había cometido un error. El circuito estaba fallando; tenía que ser eso. Pero mientras lo examinaba, ella no pudo ver ningún problema. Había estado funcionando bien hasta hace apenas unos días, y no había señales de que alguien hubiese entrado a la cueva…
“Oye, esto tampoco funciona,” dijo Eris. Roxy levantó la mirada y vio a Eris agachada junto a la tableta de contacto. La tableta tampoco tenía su luz habitual. Roxy fue rápidamente hacia ella y trató de canalizar poder mágico y escribir un conjunto al azar de letras. No respondió.
Roxy se quedó ahí desconcertada. “¿Cuál podrá ser la causa de esto?” dijo ella hacia nadie en particular. Esto estaba mal. El círculo de teletransportación era una cosa, pero Orsted había creado la tableta de contacto. Ella había ayudado a replicarlas. Era inconcebible que pudieran funcionar mal. No dejarían de funcionar, así como así…
“Está claro,” dijo Eris. Ella no estaba confundida. ¿Entonces Eris conocía la causa de todo esto? Roxy miró hacia ella de forma expectante.
Eris cruzó sus brazos. Mirando abajo hacia la tableta de contacto, ella anunció, “¡Pasó algo!”
“Sí… eso es… Si nada hubiese pasado, esto no…” comenzó a decir Roxy, pero entonces lo entendió. Algo había pasado. ¿Dónde? No aquí. No había ninguna señal de que alguien hubiese estado aquí. La entrada estaba perfectamente oculta. Ningún hombre o bestia había entrado a la cueva. Entonces debe haber sido en algún otro lugar. Tanto los círculos de teletransportación como las tabletas de contacto necesitaban una contraparte para funcionar. Si perdías una, la otra dejaría de funcionar automáticamente.
No había nada malo con los que ellas tenían aquí. ¿Qué tal los que estaban en el otro extremo?
“¿Ocurrió algo en Sharia…?” El rostro de Lara apareció en la mente de Roxy, seguido de los rostros de todos los otros niños. Lucie, Ars, Sieg —y Lilia y Zenith, quienes los estaban cuidando.
Si algo había ocurrido en Sharia, entonces todos ellos estaban…
Roxy se puso de pie de un salto y salió corriendo de la cueva. Si este círculo de teletransportación no funcionaba, pensó ella, entonces encontrarían otro. Pero se detuvo después de algunos pasos. Si ella fuese el enemigo, y hubiese lanzado un ataque sobre la oficina en Sharia, ¿qué les habría hecho a los otros círculos de teletransportación? Ella simplemente no los dejaría ahí. Los destruiría todos.
“¿Qué hacemos…? ¿Qué se supone que hagamos?”
¿Acaso alguien ya estaba lidiando con esta amenaza? De acuerdo al último mensaje, Orsted ahora mismo no estaba en Sharia. Si alguien estaba atacando la oficina, ¿acaso había alguien ahí para defenderla?
“¡Roxy!” gritó Eris, haciendo que Roxy volviera a la normalidad. “¡Dime lo que está ocurriendo!”
“El círculo de teletransportación y la tableta de contacto han sido desactivados. No hay ningún problema de nuestro lado, así que probablemente la oficina de Orsted en Sharia ha sido atacada. Es posible que atacaran nuestra casa al mismo tiempo. Ahora mismo, no hay nadie en casa…”
“Entiendo.” Eris escuchó hasta la mitad, para luego ponerse de pie. “¿Rudeus sabe de esto?”

“No lo sé. Es posible.”
Eris se quedó de pie por un tiempo, sin moverse. Ella permaneció en la misma posición y solo bajó un poco su mentón, con las esquinas de su boca hacia abajo. Después de un momento, ella volvió a mirar hacia arriba, como si hubiese llegado a una respuesta.
“¡La casa estará bien! ¡Sylphie está ahí!” dijo ella.
“¿Eh?” Roxy se quedó mirando hacia ella. “Sylphie fue hacia el Santuario de la Espada…”
“¡Sylphie dijo que cuando Rudeus estuviera afuera, ella protegería la casa! ¡Así que todo está bien!”
Roxy no respondió. Eso es absurdo, pensó ella. Eris no puede estar realmente pensando que… Pero entonces Roxy lo volvió a pensar. Ellas no sabían cuándo había sido desactivado el círculo de teletransportación. Sylphie no estaba usando un círculo de teletransportación de la oficina. Ella había usado las antiguas ruinas de teletransportación. Incluso si no podía unirse a ellas en el Reino de Biheiril, Sylphie podría regresar a Sharia. Todo lo que podían hacer era dejarlo en sus manos.
“Tienes razón,” dijo ella. También estaba Perugius. Roxy era un demonio, así que él era frío con ella, pero Perugius era cercano a Rudeus. Él incluso le había otorgado un nombre a Sieg. Roxy no estaba segura de lo que él haría, pero en la parte trasera de la casa había un silbato para llamar a sus sirvientes. Si ocurría algo, Lilia lo usaría. Eso no era todo. Rudeus había invocado a Leo en caso de que algo así ocurriera. Si él no hacía nada ahora mismo, ¿cuál era el punto de tenerlo? Habían sido colocadas bastantes medidas de seguridad. El Grupo de Mercenarios todavía estaba ahí, como también los artesanos de la Tienda Zanoba. Si las cosas llegaban a lo peor, los profesores de la Universidad también ayudarían.
Todo eso la hizo sentir un poco mejor. Ellas solo tenían que seguir adelante. Ella y Eris podían hacer justamente eso ahora mismo.
“¡Muy bien, en marcha!” dijo Eris.
“Sí, es hora de irnos.” No había nada más que pudieran hacer aquí. Roxy no necesitaba que nadie le dijera lo que sí podían hacer. Ellas tenían que llevar la información que tenían a las personas que la necesitaban. Ella temía por sus hijos en Sharia —eso era normal. Si fuera posible, tanto ella como Eris habrían regresado inmediatamente a casa.
Ambas lucharon contra esa urgencia, y siguieron adelante. Se apresuraron hacia Rudeus. Hacia la aldea Superd.
Zanoba estaba en pánico. Rudeus no había regresado. El grupo de cacería se estaba preparando para marchar, y el día de su partida se acercaba cada vez más.
Rudeus había partido hacia la aldea Superd de muy buen ánimo. Rudeus. Zanoba sabía que él usaría cada truco a su disposición para convencer a los soldados, y que gracias a eso harían la paz.
¿Acaso las negociaciones habían fracasado? El mensaje en la tableta de contacto había dicho: Tuve éxito en persuadirlos. Sí, había sido enviado por Orsted, pero Zanoba no podía comenzar a sospechar de él a esta altura.
¿Qué estaba sucediendo? Tal vez habían sido atacados por asesinos en el camino. O pudieron haberse encontrado con otros problemas que los retrasaron. De seguro no se había sentido tan tranquilo como para detenerse a ver los hermosos paisajes de la Segunda Ciudad, ¿o sí? No, eso era absurdo.
Pero permanecía el hecho de que, si nada cambiaba, el grupo de cacería partiría en diez días más.
¿Debería esperar? ¿O actuar? pensó Zanoba. Eventualmente, decidió actuar. Él se teletransportaría a la aldea Superd y descubriría lo que realmente estaba pasando. Habiéndose decidido, él no perdió tiempo. Salió de la posada junto a Ginger y Julie. Apretando con fuerza su equipaje, ellos se apresuraron hacia la cabaña donde habían configurado el círculo de teletransportación.
“Hrm… Esto no es bueno…”
La luz tanto del círculo de teletransportación como de la tableta de contacto había desaparecido. Zanoba lo entendió inmediatamente. Algo había ocurrido en la oficina. Después de pensarlo por solo unos segundos, él llegó a su conclusión.
“¡Ginger!”
“¡Sí, señor!”
“¡Vamos hacia la aldea Superd!”
“¡Entendido!” respondió ella, para luego agregar, “¿Qué hay de la Segunda Ciudad?”
“No pasaremos a través de ella. Si nuestros enemigos están en este país, entonces ahí es donde estarán.”
Zanoba salió de la cabaña, para luego meter su mano dentro de su bolsillo y sacar algo. Un silbato dorado con la forma de un dragón. Él lo sopló sin dudarlo. Este emitió una vibración reconfortante.
Nada ocurrió. Nadie vino.
“Maldita sea, estamos demasiado lejos. ¡Ginger! ¡Julie! ¿Había un monumento de los Siete Grandes Poderes cerca?”
“No que yo recuerde.”
“¡No vi ninguno!”
Había más de una persona que podía operar círculos de teletransportación. Zanoba había pensado en llamar a Perugius y pedir su ayuda, pero no había funcionado.
“¡Bien! ¡Díganme si ven uno en el camino! ¡Partiremos hacia la aldea Superd de inmediato!”
“¡Sí, señor!”
Todos convergirían en la aldea Superd. Con algo de suerte sería lo suficientemente rápido.
Notas de los lectores
✦ La conversación puede contener spoilers de este capítulo.
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