La Reina de la Espada Iracunda y la Niña Bendita
Capítulo Extra: La Reina de la Espada Iracunda y la Niña Bendita
Había otra reunión en curso mientras Rudeus se despedía de Cliff.
Estaba tomando lugar en el cuartel general de la iglesia, en un tranquilo jardín, donde las flores de primavera florecían para llenarlo todo de colores. Un montón de árboles estaban inclinados debido al Pantano que Rudeus usó hace algunas semanas, pero su vigor seguía intacto. Los Árboles Sarakh ya habían dejado de florecer, pero los Árboles Balta tomaron su lugar y ahora estaban rebosantes de flores.
Había dos mujeres de pie frente a los árboles, la una frente a la otra. Una tenía el cabello rubio, la otra de un rojo carmesí. Ambas tenían grandes pechos y eran relativamente altas para ser mujeres. Espadas colgaban en sus cinturas, y una usaba un conjunto de armadura azul.
Eran Therese y Eris. También presente, de pie detrás de Therese como si estuviera tratando de ocultarse en su sombra, estaba la Niña Bendita. Ella estaba jugando con sus dedos, y doblando un poco sus rodillas para tratar de verse más pequeña.
Ah, sí, también había un montón de sujetos usando armaduras azules alrededor de las tres mujeres. Piensen en ellos como parte del escenario.
“Vamos, Niña Bendita,” dijo gentilmente Therese hacia la Niña Bendita detrás suyo. “¡Mire! Rudeus la trajo especialmente para verla a usted.” Pero la Niña Bendita solo se encogió más y siguió jugando con sus dedos.”
“V-vamos… es Eris,” volvió a intentarlo Therese.
Eris era su heroína. Los primeros recuerdos de la Niña Bendita habían sido estar encerrada en su habitación blanca. Ella era sacada de ahí cuando ocurría algo malo, la sentaban en frente de un adulto que tampoco quería estar ahí, y la obligaban a revisar sus desagradables recuerdos.
Ese era todo su mundo. No había espacio para la libertad. Tampoco para la esperanza.
Entonces, un día, mientras ella era escoltada de un lugar a otro, la Niña Bendita y sus guardias fueron emboscados. Rodeada por asesinos, ella estaba segura de que su vida estaba a punto de terminar. La Niña Bendita aceptó tranquilamente su destino.
Y entonces, Eris apareció.
Todos sus movimientos fueron demasiado directos, pero ninguno de sus atacantes pudo seguirle el ritmo. Todo lo que ellos vieron fueron imágenes residuales de una chica de cabello rojo acercándose.
Ella era brillante. Desde la primera fracción de segundo que ella posó sus ojos sobre Eris, la Niña Bendita vio una bestia divina de la justicia.
“Me alegra que la niña no esté lastimada,” había dicho ella. No fue hasta que regresaron a la iglesia que la Niña Bendita se dio cuenta de la gloriosa guerrera que era ella. Se dio cuenta de que había sido salvada. Entonces, ella recordó que había visto los ojos de la mujer, y por lo tanto conocía su nombre. Eris. Su nombre era Eris. Eris Boreas Greyrat.
La Niña Bendita lo dijo en voz alta, reproduciendo el recuerdo en su mente. Desde ese momento, ella idolatró a la Eris en su mente.
Ella comenzó a imitar a Eris. Reaccionaba a las cosas con exclamaciones exageradas, y tomaba sus decisiones impulsivamente. También comía montañas de comida.
Todo esto le hizo ganarse el cariño de sus guardias, los Guardianes de Anastasia, lo cual solo alentó a la Niña Bendita a amar aún más a Eris. Había pasado mucho tiempo desde que ella empezó a moldearse a sí misma para parecerse a Eris. Su propia personalidad y la mujer ideal en su mente estaban perfectamente sincronizadas. Ella usaba esta personalidad como una segunda piel.
La Niña Bendita conoció a Rudeus por esta época, y, a través de él, ella de cierta forma volvió a encontrarse con Eris.
La Niña Bendita asumió que nunca volvería a ver a Eris. Ella quería hacerlo, pero nunca pidió el permiso para aquello. Sabía muy bien que no tenía esa clase de autoridad. Pero cuando escuchó que Eris estaba aquí, en Millishion, ella no puedo evitarlo. Ella fue con el cardenal y el papa, y les rogó que le permitieran ver a la Reina de la Espada Eris. Ella sabía que la Reina de la Espada Iracunda era peligrosa, pero de todas formas quería verla—incluso si solo era por poco tiempo. Solo lo suficiente para decirle gracias.
Nadie lo objetó y su humilde solicitud fue aprobada. Una reunión entre la Niña Bendita y la peligrosa Reina de la Espada Iracunda fue arreglada, con una garantía de parte de Rudeus que decía, “Si algo le ocurre, yo me haré responsable.”
Sin embargo, con Eris en frente suyo, la Niña Bendita no tenía idea de qué decir. Ella sentía que ver dentro de los recuerdos de Eris sería grosero, así que apartó su mirada deliberadamente.
Eris se quedó de pie ahí, con sus brazos cruzados. Ella ya se había presentado como la esposa de Rudeus y una Reina de la Espada. Luego de eso, Therese se presentó, y luego le agradeció a Eris por su ayuda en el pasado. Eso fue hace solo cinco minutos.
“Oiga, no tenemos mucho tiempo, ¿sabe?” dijo Therese.
Eris estaba de pie comportándose lo mejor posible. Para ella no era algo natural, pero Rudeus le había dado instrucciones estrictas, así que mantuvo a raya su impaciencia.
“Ella realmente me ayudó, así que trata de ser educada,” le había dicho él. “Podría comportarse de forma un poco presumida, pero bajo ninguna circunstancia debes golpearla, ¿bien?”
Eris seguiría sus órdenes. Aun así, ella estaba comenzando a perder la paciencia. Eris no quería perder el tiempo.
“¿Podemos apurar un poco esto?” dijo ella.
Eso fue todo lo que dijo, pero fue suficiente para hacer chillar a la Niña Bendita, “¡P-por supuesto!” y salir de un salto desde detrás de Therese. El miedo a hacer enojar a Eris fue superior a su vergüenza.
“¡Um, er, yo soy la Niña Bendita! ¡Muchas gracias por la vez que salvó mi vida!”
“¿Qué…? ¡Yo no recuerdo eso!” declaró Eris.
“¿No lo recuerda?”
Eris lo dijo tan fuerte y directamente que la Niña Bendita, por instinto, miró dentro de sus ojos. “… Ah,” dijo ella. Cuando miró, no vio absolutamente ningún rastro de ella. Su rostro se descompuso.
Bueno, ¿qué esperabas? se dijo a sí misma. Lo sabías, sabías que no había forma de que te recordara. Aun así, ella todo este tiempo había albergado la esperanza de que tal vez Eris la recordaría. Que ella podría decir algo como, ¡Ah, es cierto, eres la niña de ese entonces! ¡Has crecido mucho! Después de todo, la Niña Bendita estaba obsesionada con ella.
Pero Eris había visto su rostro y se le contó lo que había ocurrido, y no la recordó en lo absoluto.
Tal vez si miro un poco más profundo pueda encontrar un recuerdo escondido en un rincón…
Pero cuando Eris pensó en el pasado, los únicos recuerdos que la Niña Bendita encontró fueron los de Therese acariciando a Rudeus mientras él estaba sentado sobre su regazo.
Ella era la Niña Bendita de la Memoria. Sabía que los recuerdos eran falibles y fácilmente olvidables. Eso no ayudó a disminuir su decepción.
“Pero Rudeus dijo que lo salvaste, ¿cierto?” continuó animadamente Eris. “¡Gracias por eso!”
Ella estaba de pie firmemente con sus brazos cruzados. Su voz audaz sacó a la Niña Bendita de la decepción que la estaba aturdiendo. Ella sacudió su cabeza para aclarar su mente.
“No fue nada…” dijo ella. “Habría hecho lo que sea para ayudar a su esposo, Eris-sama.”
No importaba si Eris no la recordaba. Ella todavía la amaba y todavía estaba agradecida con ella.
“Por cierto,” siguió adelante Eris, “¿cuál era tu nombre? ¡Rudeus dijo que él estaría trabajando contigo en el futuro, así que quiero asegurarme de recordarlo!”
“¿Mi qué…?”
¿Nombre? Yo no tengo un nombre, pensó ella. Hasta ahora, eso nunca se había sentido como un impedimento. Pero ahora aquí estaba Eris, diciendo que quería recordarlo, y la Niña Bendita no tenía una respuesta para eso. Ella carecía de algo importante. Repentinamente, esa carencia la golpeó como una profunda pérdida.
“Erm… no tengo uno…”
“Una Niña Bendita es como, ya sabes, como lo que Zanoba es, ¿no? Ese no es tu nombre, ¿cierto?” presionó Eris.
Cuando ella dijo Zanoba, la Niña Bendita volvió a mirar dentro de sus ojos. Existía otro Niño Bendito de otra tierra que aparentemente poseía un nombre. Aunque a Eris no le importaba mucho él, así que no recordaba mucho aparte de su nombre. Eso fue una sorpresa.
Su séquito comenzó a quejarse.
“¡Cómo te atreves!”
“¡La Niña Bendita es la Niña Bendita!”
“¿¡Te estás burlando de ella!?”
“¡Ella no necesita un nombre!”
“¡Reza para que tu dios te proteja!”
Esto la ayudó a calmarse un poco. No tener un nombre nunca había sido una molestia para ella, se dijo a sí misma. Además, ella ya no podía hacer nada para cambiarlo.
“Lo siento muchísimo, pero yo no tengo un nombre,” dijo ella.
“Hah… Bueno, eso no es un problema,” dijo Eris, como si nada.
La Niña Bendita no miró dentro de sus ojos, así que no sabía lo que Eris estaba pensando. Si hubiese mirado, ella podría haber visto que Eris había desechado el apellido Boreas. Ella habría sabido que los nombres no significaban nada para Eris.
Eris exhaló a través de su nariz, y entonces dijo, “¡Solo son nombres! ¿Quién los necesita?”
La Niña Bendita estaba aliviada. Durante toda su vida, esta era la vez que más había agonizado sobre si mirar o no dentro de los ojos de alguien.
“Pero fue bastante sorprendente escuchar que usted estaba aquí,” destacó ella. “No creí que estuviese en el país.”
“Sí, las cosas todavía están agitadas para Rudeus, así que vine… eh, ¡corriendo muy rápido!”
Eris sabía que los círculos de teletransportación debían ser mantenidos en secreto. Pero la Niña Bendita, quien estaba al tanto de su existencia, sonrió.
“Ah, ¿de verdad?” dijo ella. “Eso demuestra lo increíble que es usted, Eris-sama.”
“¡Por supuesto que lo soy!” respondió Eris. Ella ahora se veía complacida, y debido a eso el ambiente en todo el jardín se relajó. Sintiendo esto, la Niña Bendita decidió que halagaría más a Eris, lo cual solo podría hacer más agradable la conversación. Normalmente, a ella nunca se le ocurriría empujar la conversación hacia un lado u otro.
“El… el asunto es que… ¡usted siempre ha sido mi ídolo, Eris-sama!”
“Espera, ¿qué?”
“Sí,” continuó la Niña Bendita, “¡así que, por favor, dígame cómo parecerme a usted!” Eris miró abajo hacia la Niña Bendita. Ella vio su rostro redondo, sus brazos rechonchos, y su cuerpo suave y claramente fuera de forma.
“¿Quieres ser como yo?” preguntó ella.
“¡Así es! Siempre he querido ser tan genial como usted, hablar de la misma forma… ¿eh?”
Ella se dio cuenta de que Eris había desenfundado su espada—pero demasiado tarde. Solo dos de sus guardias fueron lo suficientemente rápidos como para reaccionar. Ellos eran dos de los mejores espadachines de los Caballeros de la Iglesia, y ambos ya sabían que estaban acabados.
La espada de Eris ya estaba en movimiento. No había espada, ni tampoco Eris, solo hubo un tenue destello de luz en el aire, pero ellos sintieron que algo había sido cortado. ¡Algo…!
¿Quién pudo haberlo hecho? Bueno, ¿quién más?
“¡Cómo te atreves!”
“¡Acaso tú—!”
El brazo de la Niña Bendita cayó…
… a su costado, justamente mientras una rama que era del ancho de su muñeca se estrellaba en el suelo. Por un momento los Caballeros de la Iglesia miraron en silencio hacia ella, pero luego volvieron a ser parte del escenario como si nada hubiese ocurrido.
Eris recogió la rama, y entonces la limpió de todas las ramas más pequeñas. La Niña Bendita estaba mirando fijamente hacia ella, pensando en cómo la espada de Eris había aparecido en un instante, lo maravillosa que era la espada, y cómo ninguna de las espadas de los Caballeros de la Iglesia podía llegar a comparársele.
Cuando Eris terminó de limpiar la rama, ella obtuvo una vara de cerca de un metro de largo.
“Aquí tienes,” dijo ella, estirándola hacia la Niña Bendita.
“¿Um…?” La Niña Bendita se quedó mirando hacia ella, con los ojos completamente abiertos de la confusión.
Eris se giró de costado, agarró su espada con ambas manos, la levantó sobre su cabeza—y entonces la balanceó hacia abajo. Un sagrado whuush, uno tan sonoro que podría acabar con el mal, rompió el silencio del jardín. Los oídos de la Niña Bendita comenzaron a pitar.
“Es tu turno,” dijo Eris.
“Eh… ¿eh? Um, sí, señora.”
Ella levantó la vara sobre su cabeza tal como Eris lo había hecho. Entonces, soltando un pequeño “¡Hi-yah!” ella la balanceó. Pero su arma era un palo disparejo y desbalanceado de un metro de largo, pesado y recién cortado del árbol así que la fuerza del balanceo se llevó a la Niña Bendita con él. Ella se tambaleó hacia el frente. El escenario gritó, “¡Ooh!” pero no se movió.
“Er, ¿cómo lo—?”
“Baja más tu cuerpo,” dijo Eris, “luego relaja tus codos y trata de balancear usando tu espalda. Vuelve a intentarlo.”
“¡S-sí, señora!”
Ella siguió balanceando la vara sin tener idea de lo que estaba ocurriendo. Eris le daba su consejo cada vez que la balanceaba.
“… Tienes que usar tu voz cuando balanceas: ¡uno, dos, uno dos!”
“¡Uno, dos, uno, dos!”

Los Caballeros de la Iglesia no se involucraron. Ellos tampoco lo entendían, pero podían notar que Eris no era una amenaza para la vida de la Niña Bendita, así que no veían la necesidad de detenerla. Además, era lindo verla balancear ese palo. La capitana eventualmente trató de intervenir, pero los otros caballeros la contuvieron. Toda la escaramuza entre colegas ocurrió sin que ningún personaje principal se diera cuenta.
“Haa… haa… Eris-sama…” jadeó la Niña Bendita después de cerca de treinta balanceos, con su voz temblando. “Mis… mis brazos…”
“¿Sí? Bueno, entonces eso es suficiente. Puedes detenerte,” dijo Eris. La Niña Bendita bajó la vara, tal como le ordenaron. La fatiga se extendió desde sus hombros hasta sus muñecas, casi como si toda la parte superior de su torso estuviera desvaneciéndose. Ella tuvo una sensación de hormigueo, como si pequeñas grietas se estuvieran extendiendo a través de sus brazos. Ella los levantó hacia sus oídos y juró haber escuchado los músculos romperse.
“U-um…” dijo ella mirando arriba hacia Eris, preocupada. ¿Por qué había estado balanceando esa vara? Ella sentía haber sido puesta a prueba. ¿Acaso era un fracaso? ¿Eris estaba molesta con ella? ¡Ja! ¿Creíste que podías ser como yo?
La idea la hizo sentir miserable.
“Comenzando mañana, vas a hacer eso todos los días,” dijo Eris. “Además, empieza a correr. Hacerlo alrededor de este jardín será suficiente.”
“¿Eh?”
“Si no sabes qué hacer, pregúntale a uno de esos sujetos,” dijo Eris.
Ella estaba mirando directamente hacia la Niña Bendita. Sintiendo que los ojos de Eris la estaban llamando, la Niña Bendita miró dentro de sus recuerdos.
Ella vio la dura vida que Eris había llevado entrenando en el Santuario de la Espada. Ella la vio balanceando su espada sin comer o beber, corriendo a través de la nieve, gritando, luchando, puliendo sus habilidades. Era un recuerdo simple. Una mera secuencia de eventos, mostrando cómo Eris había ido de quien era hace mucho tiempo a quien era en la actualidad. Había habido dificultades y sufrimiento, pero eso moldeó a Eris en la persona que es hoy.
“Puedes ser como yo,” dijo Eris. Su voz fue clara y segura. Si Rudeus hubiese estado ahí, él podría haber intervenido con un comentario sarcástico, como No creo que eso vaya a pasar… Pero él no estaba ahí. No había nadie cerca que le dijera que era imposible.
“Um…” se escuchó una voz desde detrás de ella.
La Niña Bendita se dio la vuelta y terminó mirando hacia los ojos de Therese. Ella vio los recuerdos de Therese sobre su propio entrenamiento.
Therese practicaba con su espada en secreto, y después entrenaba junto con los hombres, todo mientras su madre la criticaba. En ocasiones ella estaba feliz, y en ocasiones estaba triste. Pero una cosa era constante: ella nunca bajó su espada.
La Niña Bendita luego miró alrededor hacia los otros Caballeros de la Iglesia. Ella miró hacia todos, uno a la vez. Lo que vio en las profundidades de sus ojos no fue tan intenso como en el caso de Eris, pero vio bastante esfuerzo. No solo los recuerdos de entrenamiento con la espada, sino también los de magia y deberes escolares estaban grabados en sus mentes. Ninguno de ellos dudaba que el plan de Eris conseguiría resultados.
Ella podía ser como Eris. Era posible.
Ella sabía que sería difícil. También había sido difícil para todos ellos. Pero podía lograrlo.
“¿Realmente puedo…? ¿Esto va a funcionar?”
“Estoy segura de que funcionará.” Fue Therese quien respondió. “No tendrá permitido usar magia, o una espada real, pero no debería haber ningún problema con solo el entrenamiento físico… Todos ustedes también ayudarán, ¿cierto?” preguntó ella, mirando alrededor hacia el escenario. Luego ella regresó su mirada hacia la Niña Bendita.
Mirando directamente dentro de sus ojos, Therese dijo seriamente, “Pero si algo ocurre, si es atacada por asesinos o algo así, debe prometerme que se quedará al margen y dejará el asunto en nuestras manos.”
Dentro de sus recuerdos, la Niña Bendita vio a un noble inexperimentado enfrentando a un enemigo y muriendo. Therese estaba siendo amable. Ella le estaba diciendo a la Niña Bendita que no eligiera ese destino.
“Lo juro en nombre de San Millis,” dijo la Niña Bendita, asintiendo felizmente. Todo se sentía increíblemente feliz. Como si hubiese sido invocado por el ambiente feliz, el búho plateado, el cual había estado dando vueltas a través del jardín durante su conversación, regresó a su lado. Este ladeó su cabeza, mirando arriba hacia la Niña Bendita y ululando.
“¿Cuál es el problema?” preguntó ella, agachándose y estirando su mano hacia él. El búho plateado se inclinó hacia el frente, como si quisiera que ella le acariciase su cabeza. Ella acarició las plumas de su cabeza con la punta de sus dedos, y sus suaves plumas se esponjaron mientras cerraba sus ojos del placer. Eris los observó, desesperada por unirse. Ella amaba a la gente bestia, pero no solo a ellos—cualquier clase de animal esponjoso y suave estaba bien para ella. Eris se había encontrado con muchos perros y gatos, pero nunca con aves. Ella podía derribar a un ave en el aire de ser necesario, pero raramente tenía la oportunidad de acercarse a un ave así de grande si no estaba luchando.
“Oye, um… ¿Puedo acariciar también a tu búho?” preguntó ella.
“¡Sería un placer!” respondió la Niña Bendita.
Habiendo recibido el permiso, Eris se agachó confiadamente. Su caricia fue tan fuerte que el búho plateado se alejó de su mano. Eris se quedó perfectamente quieta. Ella había aprendido que no podía realizar movimientos bruscos. Los animales temían instintivamente a cualquier cosa más fuerte y rápida que ellos. Forzar la sumisión los hacía obedientes, pero si querías agradarles, tenías que convencerlos de que no eras una amenaza.
Linia le había dicho eso una vez mientras se doblegaba a Eris en la cama. De hecho, desde entonces ella había comenzado a actuar siguiendo ese consejo, y todas las mascotas en la casa de Rudeus dejaron de estar tan aterradas de ella. Ahora simplemente cerraban sus ojos y aceptaban sus destinos.
Eris estiró su mano, tan lentamente como pudo. El búho plateado no se movió. La observó con nerviosismo en sus ojos y se erizó un poco, pero parecía respetar los deseos de su ama y no se apartó. La punta de sus dedos alcanzó sus plumas. Las plumas de sus alas se veían bastante duras desde la distancia, pero ella ahora sentía lo suaves que eran, lo cual hizo saltar su corazón de la alegría. Ella quería agarrarlo y enterrar su rostro en sus plumas, pero sintió que eso sería demasiado. Definitivamente se iría volando si lo intentaba. Lo mismo aplicaba a Leo, y también a Linia y Pursena.
Ella podía vivir con eso. Eris siguió acariciando al búho plateado. El búho se congeló como un impala atrapado en las mandíbulas de un león, pero ninguno de los humanos se dio cuenta.
“¿Le gusta mi búho?”
“Resulta que las aves también son geniales,” dijo Eris. Ella se deleitó con la suavidad del búho por un tiempo, para luego ponerse de pie con sus mejillas rojas. El pelo era lo suficientemente genial, pero las plumas, pensó ella, estaban en un nivel completamente diferente.
Una pregunta de pronto se le vino a la mente. “¿Y cuál es su nombre?”
“Su… ¿Su nombre?” repitió la Niña Bendita, viéndose confundida, y pensando, Oh, cielos, de nuevo con los nombres.
“Cuando adoptas una mascota, es normal darle un nombre. Eso es de sentido común,” dijo Eris.
“¿De verdad?”
“Sip, eso dijo Rudeus,” dijo Eris.
La Niña Bendita fue tomada por sorpresa. ¿Un nombre? Ella nunca antes le había dado un nombre a algo—ni siquiera tenía uno propio. La Niña Bendita nunca tendría permitido usar uno. Sin embargo, parecía que tener uno facilitaba las cosas, lo cual la hizo pensarlo.
“Un nombre…” murmuró ella. Al verla profundamente perdida, todo el escenario se alteró.
“Niña Bendita…”
“Permítame…”
“¡No, permítame a mí…!”
“¡Idiotas! La Niña Bendita debe decidirlo por su cuenta.”
Un hombre apareció en el jardín justo en ese momento. Un intruso había irrumpido en su reunión privada.
“Oye, Eris, ya terminé de despedirme,” dijo Rudeus.
Nuestro héroe, regresando de su despedida con Cliff, y sintiéndose un poco sentimental, estaba… no, esperen, olviden eso, como si tuviera tiempo para sentirme sentimental—yo estaba listo para la batalla. Tenía que ser un robot, un centinela.
En fin, esa fue una pequeña información de cómo se sentía Rudeus mientras entraba al jardín, con su rostro tranquilo.
Viendo al resto de ellos, él preguntó, “Um, ¿qué ocurre?”
“Ella está escogiendo un nombre.”
“¿Un nombre…?” Él miró alrededor del jardín. La Niña Bendita se veía acongojada, y los otakus la observaban nerviosamente. La recientemente designada capitana se veía como si no entendiese lo que estaba pasando. La sonrisa de Therese era una tensa.
Eso le dijo todo lo que necesitaba saber.
Uuf, esto será difícil. Pero estoy seguro de que Eris no estaba tratando de ser mala.
La Niña Bendita intervino, diciendo, “¡Ah! Rudeus, ¿puedes tú escoger un nombre en mi lugar? Estaría muy agradecida.” Ella no podía decidir uno, pero estaba segura de que sería pan comido para Rudeus.
“Espera, ¿yo? ¿Estás segura?”
“Muy segura,” respondió ella.
Rudeus frunció el ceño, mirando entre Eris y la Niña Bendita. Él tenía que escoger uno bueno, pero Rudeus había aparecido hace solo segundos y su cerebro estaba estancado. Sus pensamientos estaban girando en círculos como un hámster en una rueda, para luego detenerse bruscamente. Ese hámster se desmayó del agotamiento.
Entonces, un nombre apareció en su mente. Un remanente de su vida anterior que le recordaba a la Niña Bendita, con su suave voz, y la alegría que exudaba.
“Bien,” dijo él. “¿Qué tal Nana?”
“¿Nana? ¡Ese es un nombre maravilloso!” dijo ella, y luego se agachó para acariciar la cabeza de Nana. “¡Desde hoy en adelante, tu nombre es Nana!”
Observándola, Rudeus dejó salir un pequeño jadeo de la sorpresa.
“¿Hay algún problema?”
“Er, no, no es nada,” dijo él, apartando la mirada. Exactamente como haría alguien ocultando algo. Ella se preguntó lo que podría haber en su mente, pero aparte de eso se sintió perfectamente satisfecha. Había logrado ver a su amada Eris, y su búho ahora tenía un nombre. Ella también había obtenido un entrenamiento, comenzando mañana. Ella pensó que había sido un muy buen día.
“Le agradezco mucho por venir el día de hoy, Eris-sama,” dijo ella.
“¡Regresaré! Y cuando regrese, voy a poner a prueba tu entrenamiento.”
“¡Sí, señora!”
Eris también estaba satisfecha. Ella pudo acariciar al búho. Eso era más que suficiente para ella.
Lo mismo iba para el escenario. Eris los asustó un poco cuando desenfundó su espada, pero si la Niña Bendita estaba feliz, ellos estaban felices.
A partir de mañana, pensaban todos ellos, yo estaré ahí para apoyarla y ofrecerle cualquier otra cosa que necesite en su entrenamiento.
Solamente Rudeus estaba de pie sudando y pensando, Ah, mierda, mientras mantenía su rostro mirando hacia abajo.
Therese fue la única que se dio cuenta. ¿Cómo pudiste darle ese nombre, hah? pensaba ella. Aunque Therese no dijo nada. Ella solo sonrió.
Nana observó todo esto, con su cabeza inclinada hacia un costado.
Y así, Eris obtuvo otra aprendiz. Desde el día siguiente, la Niña Bendita comenzó a perder peso, lo cual hizo que los Caballeros de la Iglesia la trataran todavía más como una estrella del pop… Pero esa es una historia para otra ocasión.
Notas de los lectores
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