El Dios de la Muerte y el Príncipe Glotón
Capítulo Extra: El Dios de la Muerte y el Príncipe Glotón
Muchos miembros de la realeza residían dentro de la villa real del Reino del Rey Dragón. No obstante, muchos de ellos no eran específicamente parte de la realeza del Reino del Rey Dragón: estos eran príncipes y princesas de estados vasallos. Oficialmente, ellos estaban estudiando aquí o habían sido traídos aquí como hijos adoptivos, pero, en la práctica, eran básicamente rehenes mantenidos para asegurarse de que los estados vasallos no se rebelasen. Este sistema se parecía al del daimyo shonin seido empleado en el Japón feudal para asegurarse de que los subordinados siguieran siendo leales.
En cualquier caso, estos príncipes y princesas no estaban conscientes de su posición como rehenes. Siempre y cuando sus países natales permanecieran leales, su seguridad y estadía seguiría garantizada, permitiéndoles vivir rodeados de lujos. Sin embargo, no todos ellos eran despreocupados. Algunos ambiciosos pasaban ese tiempo mejorándose a sí mismos y manteniéndose alertas por una oportunidad de subir la escalera social.
Pax era una de tales personas. Él tuvo un repentino cambio de corazón un día y se dedicó a estudiar la esgrima, magia, y el mundo académico. Se ejercitaría tanto como podía en la mañana, dejando la segunda mitad del día para la magia y los libros. Pax juró que seguiría este régimen diario, pero un cambio tan drástico en el horario no podía seguir constante por siempre. Últimamente él había empezado a dedicar sus mañanas a un propósito completamente diferente. En concreto, había comenzado a visitar los jardines cerca de la villa real.
“En ese momento fue cuando le dije—¡Libera a ese esclavo! Yo seré quien lo compre.” Mientras Pax practicaba con su espada de madera, él compartía una historia con una chica cercana. “Una confrontación se produjo luego de eso. ¡Matones arremetieron hacia mí y los corté, uno a uno! Su enorme jefe fue el último en retarme. Él tenía un hacha de batalla de al menos el doble de mi tamaño. ¡El jefe dejó salir un rugido tan intimidante que incluso el guerrero más valiente comenzaría a temblar en su lugar, y entonces arremetió hacia mí! ¡Yo esquivé hábilmente su ataque y disparé mi más poderosa magia hacia él, dándole justo en la cara! El hombre se tambaleó unos pasos, y sin perder un instante, yo inmediatamente estuve sobre él con mi hoja. ¡Wuush! ¡Y él cayó!”
Pax realizó algunos movimientos exagerados con su hoja, incluso empleando magia mientras ilustraba la pelea en tiempo real. Una vez que su historia llegó a su fin, él hizo una pausa para mirar hacia la chica. Ella tenía una mirada vacía, lo cual no le proporcionaba ningún indicativo de lo que estaba pensando. Pero, por alguna razón, Pax fue capaz de leer su expresión. Él al principio no había sido capaz de hacerlo, pero con el tiempo comenzó a darse cuenta de los pequeños cambios en su rostro. Ahora mismo, sus ojos brillaban con más intensidad de lo usual y sus mejillas se habían ruborizado un poco. Ella parecía haber disfrutado genuinamente su historia.
Sudor bajaba a través de la frente de Pax. Él permaneció quieto, congelado en esa pose que había realizado al final de su historia, indicando que había derrotado a su enemigo. Pero pocos segundos después, él se resignó y enderezó.
“Bueno, tal resultado habría sido ideal, pero nada ocurre tan perfectamente como lo imaginas en tu mente,” admitió él. “Todo lo que hice fue proporcionar apoyo a mis guardaespaldas con mi magia de viento.”
La chica no se veía menos impresionada que antes.
“Aun así, mi señor, usted se convirtió en el líder de los suburbios,” dijo ella.
“En efecto. Sin importar cómo sucedió, eso ciertamente es verdad—habiendo derrotado a su líder, yo ahora gobierno los suburbios.”
“Increíble.”
Pax sonrió. “¿¡Verdad!? ¡Puede que haya tenido un poco de miedo durante toda esa conmoción, pero eso no cambia el hecho de que yo consolidé a los rufianes de Shirone! ¡Adelante, permitiré que me halagues todavía más!”
“Increíble. Absolutamente increíble.”
Benedikte era la dieciseisava princesa del Reino del Rey Dragón. Sus expresiones eran casi inexistentes, dando señales casi nulas de sus emociones, y su tono era apagado de la poca entonación. Aun así, la forma en que escuchaba atentamente dejaba claro lo emocionada que estaba sobre su historia.
Para ser francos, Pax había dramatizado su historia más de lo que le gustaría admitir. En un intento desesperado de mantener algo de dignidad, él agregó la parte sobre usar magia para apoyar a sus guardaespaldas, pero la verdad era que él ni siquiera había hecho eso. Le dolía mentir de esta forma, pero ni una sola alma dentro del reino escuchaba sus historias con tanta atención. Era natural que se dejara llevar un poco.
“Cuénteme… más,” murmuró Benedikte.
Para ser honestos, a ella no le importaba la verdad. Ya que su familia se había dado por vencida completamente con su educación, ella no sabía leer, y nadie más le hablaba como lo hacía Pax. Benedikte estaba confinada a los estrechos límites de la villa real; donde quiera que iba, ellos la trataban como una molestia. Ella despertaba en la mañana, desayunaba, y luego vagaba para encontrar un lugar desierto para pasar el tiempo hasta la próxima comida. Después llegaría la hora de dormir, y comenzaría una vez más toda esta rutina al día siguiente. Dentro de toda esta agotadora monotonía, las emocionantes historias de Pax eran como un respiro de aire fresco. Ella lo disfrutaba.
“Más,” repitió ella. “Cuénteme más…”
“Muy bien. A continuación, supongo, puedo contarte la historia de cuando visité la Fuente de las Hadas. O, al menos, me gustaría hacerlo, pero tendremos que guardar eso para mañana. Esta tarde tengo que asistir a mis clases de magia y mis estudios.”
“… Entiendo.”
“Jajajaja, sí que eres una oyente admirable. ¡Pero no te pongas triste! Todo lo que necesitas hacer es esperar. ¡El día de mañana llegará lo quieras o no!”
Cualquiera viendo a Pax en la actualidad estaría de acuerdo en que él se estaba esforzando mucho. Una vez que terminaba su entrenamiento matutino, él dedicaría sus tardes a sus estudios y su práctica de magia. Sí, Pax admitía sacar la vuelta con frecuencia en las mañanas. Pero practicaba sus balanceos de espada diligentemente incluso mientras compartía sus historias con Benedikte, así que estaba puliendo gradualmente sus habilidades.
En cuanto a su educación formal, él ya no tenía el lujo de tener un tutor privado desde que fue abandonado por Shirone. Pax tuvo que continuar sus estudios por su cuenta basándose en lo que recordaba haber aprendido. Sus esfuerzos persistentes habían mejorado lentamente su reputación dentro de la villa.
“¡Pero antes de eso, debemos ir a comer! ¡Es hora de regresar a la villa!” anunció Pax.
“… Lo acompañaré.”
“¡Jajajaja! No hay necesidad de eso. Para nada.”
Pax se separó de ella y se dirigió a su habitación. Los jardines estaban ubicados al borde de la propiedad, lo cual quería decir que la habitación de Benedikte estaba cerca, mientras que la de Pax bastante alejada. Benedikte siempre se rehusaba a separarse de él, así que ella lo acompañaría parte del camino. A pesar de la forma en que era tratada por las personas, ella todavía era la princesa de una gran nación, y una que activamente trataba de pasar más tiempo con él. Eso era suficiente para levantar el ánimo de Pax, lo cual inevitablemente llevaba a que él divagara.
“Durante mis estudios de magia de ayer, llegué a una conclusión. No fue más que una idea, pero cuando la seguí, me di cuenta de que mis suposiciones eran correctas. Lo cual significa que, desde tiempos inmemoriales, la magia ha sido…”
Desde el exterior, Benedikte se veía como si estuviera desinteresada y en su mundo. Sus ojos, en contraste, estaban llenos de curiosidad e interés mientras lo escuchaba hablar. Las sirvientas que servían dentro de la villa real—y el ocasional invitado aristócrata—los mirarían de forma fría y desaprobatoria.
“¿Ves eso? El gusano inservible de Shirone se está volviendo cercano a la princesa estúpida,” resopló uno de los nobles mientras pasaba.
Pax se congeló. Él sintió la urgencia de darse la vuelta y dar un buen vistazo a este idiota, pero se contuvo. Cada vez que escuchaba comentarios como ese, le hacía sentir náuseas—hacía que la bilis subiera hasta su garganta. Él quería darse la vuelta, insultar al culpable y castigarlo por su insolencia. Pero esos terribles deseos permanecieron siendo solo pensamientos. Él sabía mejor que nadie que no tenía poder aquí.
“Solo espera, bastardo. Ya lo verás,” murmuró en voz baja, furioso.
La expresión de Benedikte se nubló. Ella no había recibido casi nada de educación, pero eso no quería decir que no pudiera pensar por sí sola. Ella entendía sus circunstancias, y sabía que Pax estaba siendo denigrado por estar cerca suyo.
“Su Alteza,” dijo ella. “Yo…”
“¡Suficiente! ¡No lo digas, solo me irritarás!”
Mientras tanto, Pax no lo veía de la misma forma que ella. Él estaba acostumbrado a ser insultado. Pax había enfrentado la misma clase de comentarios todo el tiempo en Shirone.
“Mírame,” insistió él. “Mira mi cuerpo, mira estos brazos y piernas. He sido así desde el día que nací. Sin importar lo que haga, las personas siempre hablarán mal de mí. Te garantizo esto: no lo están diciendo por tu culpa.”
Él había perdido la cuenta de las veces que ellos habían tenido esta conversación. A pesar de sus palabras tranquilizadoras, Benedikte se sentía triste. Nunca había salido del palacio, así que no lo entendía bien. Ella no veía qué era tan diferente sobre su bajo y rechoncho cuerpo o sus robustos brazos y piernas. Benedikte no podía imaginar por cuántos comentarios de burla había pasado él a causa de eso.
En cierta forma, ambos estaban en el mismo bote. Era precisamente eso lo que la acercaba a Pax. A pesar de sus constantes quejas sobre que las probabilidades estaban en su contra, él todavía se esforzaba por luchar contra ellas.
“¿Mm?” Pax se detuvo justo cuando cruzaban el límite entre el palacio principal y la villa vecina. “¿Qué es ese olor?”
Un olor penetrante flotaba en el aire, con un origen desconocido. Era profundamente desagradable, casi como si alguien estuviera cremando un cuerpo. Aun así, al mismo tiempo había algo caso aromático en él, como si alguien estuviese cocinando. Mientras más lo respiraba Pax, más despertaba su apetito. Pero él debía preguntarse: ¿acaso algo así de apestoso era comestible? Su curiosidad no podía ignorar el extraño balance de este aroma.
“Parece venir de la plaza de armas,” murmuró él. “Estoy intrigado. ¿Vamos a ver?”
“Pero,” comenzó a protestar Benedikte.
“Hmph. ¿De verdad crees que alguien te regañará por alejarte un poco de la villa real? Si ellos desearan monitorear tu comportamiento a tal grado, ya tendrían al menos a una persona vigilándote. “¡Bueno, en marcha!”
“Bueno,” respondió Benedikte, sonando un poco feliz.
En el Reino de Shirone había una pintura llamada Banquete del Infierno. Describía a cinco nobles mórbidamente obesos realizando una cena. Lo cual no era tan extraño, pero si uno miraba con atención, notaría que los nobles tenían a un esqueleto sirviéndoles la comida. Tres de los aristócratas parecían ser idénticos, conversando animadamente. Uno de ellos se había dado cuenta y mostraba una mirada de desconcierto mientras se daba la vuelta frenéticamente hacia la persona sentada a su lado. El último miembro de su grupo estaba tendido sobre la mesa. No estaba claro si estaba durmiendo o muerto.
Pax no sabía mucho sobre esta pintura en particular, pero sí recordaba a su hermano mayor, Zanoba Shirone, de pie frente a ella y murmurando para sí mismo mientras estudiaba esta escena. ¿Acaso los hombres ahí querían ser parte de ese banquete? De no ser así, ¿entonces por qué fueron forzados a sentarse ahí? ¿Y quién había preparado la comida que les estaban sirviendo? Zanoba se había estado haciendo tales preguntas en voz alta. Tal vez era debido a ese encuentro que Pax recordaba tan bien la pintura.
Tal vez la pintura estaba describiendo una escena justo como la que estoy viendo ahora, pensó Pax.
Una cocina al aire libre había sido montada al borde de la plaza de armas para enseñarles a cocinar a los nuevos reclutas. Había cinco escuderos sentados en la mesa cercana. Cada uno de ellos estaba mortalmente pálido, con sus ojos vagando constantemente hacia la cocina. El olor penetrante que emanaba de ahí era el mismo que Pax había olfateado antes. El olor solo empeoraba mientras uno se acercaba, al punto de que incluso Pax sintió la urgencia de taparse la nariz.
Sin embargo, lo más intrigante de todo era el hombre que estaba trabajando en la cocina. Él era un esqueleto… o, al menos, su rostro se parecía mucho a uno. Él estaba sonriendo siniestramente mientras estaba de pie al frente de una enorme olla, revolviendo su contenido.
“Jejeje,” rio él para sí mismo. “Solo un poco más y estará listo.”
Las expresiones de los caballeros se retorcieron hasta transformarse en miradas de desesperación, como si realmente creyeran que sus vidas habían terminado—que no había forma de huir de esto.
Tal vez los hombres en esa pintura habían estado en una situación similar. Ellos estaban en lo cierto con lo de no poder escapar. Después de todo, el hombre cocinando esta macabra comida era alguien a quien Pax conocía bien.
“El Dios de la Muerte Randolph,” murmuró él.
Randolph Marianne era conocido como el Dios de la Muerte, quinto dentro de los Siete Grandes Poderes. Él servía directamente bajo las órdenes del General Superior Shagall como un miembro de los Caballeros del Wyrm Negro. No tenía sus propios subordinados y siempre trabajaba solo. Randolph era el caballero más fuerte del reino y básicamente se había asegurado la posición más alta. A pesar de su posición imponente, él había reunido personalmente a los escuderos para servirles una comida. Era evidente la razón de que no pudieran huir; Randolph los superaba figurativa y literalmente.
Sin embargo, Pax no pudo evitar preguntarse de qué se trataba todo esto. “Oigan, los hombres de ahí, ¿qué está ocurriendo?” preguntó él.
“¿Y tú eres…?”
“Pax, el Séptimo Príncipe del Reino de Shirone.”
A pesar de ser un forastero, Pax todavía era de la realeza, colocándolo ligas por sobre los hombres aquí. Los hombres comenzaron a pararse de sus sillas para colocar una rodilla al suelo.
“No hay necesidad,” los interrumpió Pax. “Tienen permitido quedarse sentados y hablar desde ahí.”
Los escuderos se miraron entre sí antes de volver a sentarse. Ellos comenzaron a explicar la situación lentamente.
“Bueno, verá, cometimos un… eh, error fatal durante los ejercicios de entrenamiento.”
Hace tres días, el Reino del Rey Dragón había realizado ejercicios de entrenamiento a gran escala para sus fuerzas. Estos hombres eran escuderos del propio General Superior Shagall Gargantis. Si bien los ejercicios habían terminado sin problemas, estos chicos habían metido la pata de una forma espectacular. Ellos no habían asegurado apropiadamente la silla de montar sobre el caballo de Shagall. Segundos antes de que diera la orden de atacar, él cayó de forma humillante al suelo. Afortunadamente, los sanadores cerca lo trataron inmediatamente, lo cual quería decir que el resto del ejercicio transcurrió sin problemas. Esa fue la única razón por la que solo recibieron un regaño en vez de un castigo más severo. Shagall, mientras tanto, no se salvó de la vergüenza de caerse en frente de cada uno de los integrantes de la familia real presentes para ver los ejercicios.
No había duda del porqué los escuderos estaban tan deprimidos. Su error había traído vergüenza al hombre que ellos respetaban tanto. Si las circunstancias hubiesen sido diferentes, ellos podrían haber sido despedidos en el acto. El resultado había sido relativamente bueno para ellos. Debido a su culpa, le suplicaron alguna clase de castigo al General Superior, pero él solo sonrió magnánimamente y se rehusó. Al principio, los escuderos habían pensado que su reacción fue inquietante, pero no fue hasta hoy que descubrieron la razón.
“Randolph-sama repentinamente nos visitó el día de hoy, diciendo que cocinaría para nosotros.”
“¿Y? ¿Cuál es el problema con eso?” preguntó Pax.
“¿Quiere decir que no lo sabe?”
Cierto rumor se había esparcido dentro de los caballeros. Era uno curioso. ¿Por qué uno de los Siete Grandes Poderes, el caballero más fuerte de todos en el reino, se convertiría en un subordinado directo del General Superior? Bajo circunstancias normales, Randolph Marianne debió haber obtenido su propia región sobre la cual gobernar, con cientos de hombres bajo sus órdenes. ¿Entonces por qué siempre trabajaba solo?
Eso era debido a que el General Superior Shagall lo había entrenado para ser un asesino desde muy temprana edad. Shagall era de una raza mixta, con sangre de elfo y humano, y su esperanza de vida extendida le había permitido servir en la cima de las fuerzas militares del Reino del Rey Dragón por muchos años. Él tenía un lado un poco grosero, pero era realmente leal y ampliamente conocido por su honestidad e integridad. Nadie hablaba mal de él.
Pero ¿cómo era posible eso? ¿Cómo un hombre podía permanecer intachable mientras estaba a cargo de una enorme organización como la milicia del Reino del Rey Dragón? Bueno, eso era debido a que él no era intachable. Shagall mandó a matar detrás de escena a cada hombre que se ganó su ira, usando al asesino que él mismo había criado—Randolph. Como prueba de esto, solo pocos años después de que Randolph se hiciera ampliamente conocido al público, cada uno de los rivales políticos de Shagall fueron aniquilados. Varios de ellos murieron de enfermedades de orígenes desconocidos o fallecieron trágicamente después de terminar atrapados en un accidente.
“Vamos a… ser asesinados… ¡debido a que humillamos a Su Excelencia!” confesó uno de ellos, tan blanco como una sábana.
Los otros cuatro comenzaron a temblar violentamente en sus asientos.
“No… ¡No! ¡No quiero morir!”
“Su Alteza, por favor, sálvenos. Hay… una chica que amo en casa. Todavía ni siquiera le he podido decir cómo me siento… no puedo morir así…”
“Yo al menos quiero encontrar mi fin en el campo de batalla. ¿Ahora voy a ser asesinado debido a un pequeño error durante un ejercicio de entrenamiento? Tienen que estar bromeando…”
“Y pensar que mi padre estaba tan feliz de verme convertido en un escudero…”
Mientras los escuderos lamentaban sus destinos, una voz espeluznante y chillona los llamó, “Ustedes sí que están siendo horriblemente groseros. Escuché que estaban deprimidos después de haber sido regañados, así que decidí prepararles mi deliciosa comida. Eso es todo.”
Pax se puso tenso y se dio la vuelta. El caballero con rostro de esqueleto mostraba una sonrisa espeluznante mientras revolvía la enorme olla. El olor era tan hediondo que casi parecía de otro mundo.
“Ahora bien, coman. Una comida deliciosa es la mejor medicina cuando te sientes deprimido,” dijo el Dios de la Muerte Randolph con una sonrisa que casi parecía declarar la intención de robarles sus vidas.
“Urk.” Pax tragó saliva y retrocedió un paso, demasiado intimidado como para no hacerlo. Su suela se estrelló contra algo. Alguien jaló de su manga. Él miró sobre su hombro y vio a la inexpresiva Benedikte jalando de su ropa. Incluso aunque su rostro no mostraba emociones, él podía leer lo que ella estaba pensando—Por favor, sálvelos.
¿¡Por qué tengo que salvar a estos idiotas!?
Si Pax no fuese un hombre nuevo, él podría haber dicho eso. Pero esta plegaria venía de una chica que había escuchado sus historias heroicas diariamente. Ella era alguien a quien él quería impresionar.
“Randolph,” dijo él.
“¿Síííí? ¿Qué sucede? Eh… por cierto, ¿quién eres tú?”
“Mi nombre es Pax Shirone, y soy el Séptimo Príncipe del Reino de Shirone. Ya que tuve la suerte de encontrar mi camino hasta aquí, me gustaría ser parte de esta comida tuya.”
“… ¿Oh?”
Personalmente, Pax en realidad no tenía la intención de poner esa cosa en su boca. Después de todo, él era un príncipe. Si esta comida resultaba ser un veneno, él estaba seguro de que Randolph lo rechazaría.
“¡Sí! ¡Por supuesto que sí, Su Alteza!”
Por el contrario, Randolph aceptó felizmente su petición.
“C-como claramente puedes ver, soy un amante de la buena comida,” dijo Pax. “Lamentarás si me sirves una comida mediocre.”
“Jejeje,” rio el hombre. “Puede que no lo parezca, pero solía tener mi propio restaurante. Estoy muy confiado de su sabor.”
“Entiendes lo que estoy diciendo, ¿no?” dijo Pax.
“Sí, lo entiendo muy bien.”
Este hombre está fuera de sus cabales, pensó Pax.
Si este veneno mataba a Pax, el asunto no solo sería entre el Reino del Rey Dragón y el Reino de Shirone; aquí había personas de la realeza de una gran cantidad de países. Un caballero no podría salirse con la suya después de asesinar a uno de ellos. Los otros estados vasallos no lo permitirían. Si el Reino del Rey Dragón mataba a sus rehenes de forma indiscriminada y al azar, ¿entonces cuál era el punto de mantenerlos? Los otros estados vasallos se revelarían.
A pesar de esto, Randolph se veía perfectamente tranquilo. De hecho, él parecía estar retando a Pax: Si crees que puedes comerla, entonces cómela. Ambos sabemos que solo estás fanfarroneando. Claramente no lo harás.
O tal vez, pensó Pax, habiendo escuchado que soy un príncipe de Shirone y habiendo visto cómo me veo, él piensa que a nadie le importará si vivo o muero. ¡Maldita sea! ¡No me importa si él es uno de los Siete Grandes Poderes—no se va a salir con la suya después de despreciarme!
Pax no podía permitirse morir aquí, aun así, tampoco podía permitirse ser tratado con tal desprecio. Además, Benedikte estaba observando. Él no podía simplemente retractarse porque sabía que al otro lado no le importaba su bienestar.
“¡Bien! ¡Muévete!” rugió él. Pax empujó de su lugar a uno de los escuderos y se sentó a la mesa. “¡Muy bien, adelante! No todos los días uno tiene la oportunidad de probar la comida de alguien tan famoso como el Dios de la Muerte. ¡Mi estómago está rugiendo desde el momento que capté la fragancia de tu platillo!”
Pax ahora estaba siendo desafiante. Si Randolph no creía que él realmente se comería la comida, entonces haría exactamente eso. Él se la comería, dejando que el veneno lo matase, y por ende trayendo caos a todo el reino. Sabiendo que estaba siendo obstinado, él había aceptado su destino—y todo lo demás que conllevaba.
“¿Oh? Usted es la primera persona que me ha dicho algo así.” Randolph mostró una sonrisa espeluznante mientras comenzaba a servir su comida. No tomó mucho tiempo para que el platillo caliente estuviera servido delante de Pax.
Era un estofado, con enormes trozos de vegetales y carne, pero el propio líquido era púrpura. Eso era… preocupante. ¿Qué podía poner uno dentro de un estofado para que se vuelva de ese color? No se veía para nada apetitoso, ni tampoco lo era su olor. El hedor era tan apestoso que era difícil creer que venía de algo comestible. Pax no sabía que algo comestible pudiera oler así. Su mente gritaba, ¡Esa no es comida!
“Urgh…” Él había logrado tomar su cuchara, pero su mano no quería seguir moviéndose.
Los escuderos que estaban presentes lo observaban, con sus rostros mortalmente pálidos. Incluso Benedikte se veía algo preocupada por él.
¡A la mierda!
Pax reunió su coraje, metió la cuchara dentro de la densa mezcla en frente suyo, levantó un trozo de una carne imposible de identificar, y se la llevó dentro de su boca.
“¡Mmph!”
Pax masticó, y luego tragó. Los escuderos miraban boquiabiertos. Ni una sola alma presente creía que él realmente probaría el platillo. Cualquiera podía notar de un vistazo que tenía que estar envenenado.
Después de comer el primer bocado, Pax se quedó sentado sin moverse por algunos segundos antes de finalmente murmurar, “Está sorpresivamente bueno.”
“¿¡Eh!?”
“Está sazonado a partir de un estilo asociado con el Continente Demoniaco, así que probablemente no se verá muy apetitoso para las personas de este lugar, pero para mí es sabroso,” dijo Pax.
Sí, se veía tan mal como olía. Pero, por extraño que parezca, una vez que lo ponías en tu boca, su rica fragancia picaba en la nariz, y los complejos sabores de los vegetales permanecían en la lengua. La carne estaba tan tierna como para derretirse instantáneamente, llenando la boca de un sabor exquisito.
Era un platillo intrigante. Él nunca había probado nada ni remotamente similar en Shirone. Mientras comía, Pax se dio cuenta de un entumecimiento en su lengua. Eso probablemente era a causa del veneno. Pero más importante, la mirada en el rostro de Randolph mientras lo comía y alababa el sabor era una escena digna de contemplar. Pax podía darse cuenta de que el Dios de la Muerte no creía genuinamente que él se la comería, y mucho menos que la alabaría.
¡Ja! Incluso si muero en agonía en unos segundos más, al menos puedo decir que superé a uno de los Siete Grandes Poderes. Estaré alardeando de eso desde mi lugar en el infierno, pensó amargamente Pax para sí mismo mientras su lengua seguía hormigueando.
Aún había muchas cosas que él quería hacer con su vida. Pero Pax nunca antes había hecho algo de lo que pudiera presumir, así que al menos tenía algo de lo que podía estar orgulloso con este último acto. Eso le dio algo de satisfacción. Sin eso como consuelo, él podría simplemente haber arrojado el plato al suelo y llorado.
“Quiero más,” dijo Pax, empujando su plato hacia Randolph.
“Um, pero, Su Alteza, preparé esto para los escuderos—”
“¿¡De verdad crees que estos hombres pueden apreciar la calidad de este estofado!? ¡Me lo comeré todo!”
“Su Alteza,” jadearon los escuderos, conmovidos por su misericordiosa intervención.
Pax golpeó su pecho con su puño y rugió, “¡Suficiente! ¿Qué están esperando? ¿Acaso los escuderos del Reino tienen el hábito de mirar hacia la realeza mientras comen? ¿O tienen algún problema con que me coma toda esta comida? ¡Bueno, no la escucharé! Si tienen alguna queja, entonces llévenla a su señor, Shagall. ¡Díganle que el príncipe de Shirone les robó su oportunidad de probar la comida de Randolph!”
Los escuderos bajaron sus cabezas y rápidamente huyeron del lugar, pero sus expresiones estaban llenas de gratitud, lo cual era algo totalmente desconocido para Pax.
“Hmph.”
A Pax, por supuesto, no le importaba si ellos apreciaban lo que estaba haciendo. Él asumió que ellos pensaban en él como un príncipe glotón que, debido a un capricho, decidió comerse esta comida llena de veneno en su lugar.
Cuando Pax levantó la mirada, él se dio cuenta de que Benedikte se había sentado a su lado. Su expresión era una tan plácida como siempre, con sus ojos vagando una y otra vez entre Pax y su plato.
“Benedikte, ¿también quieres comer un poco?” preguntó Pax.
Ella asintió.
“Lo entiendes, ¿no? Que esta comida está, ya sabes.”
Ella asintió una vez más.
Pax se detuvo a pensar un momento, pero casi de inmediato recordó el cruel ambiente en el que se encontraba Benedikte. Él era el único amigo que ella tenía. Siempre estaba sola, pasando su tiempo en los jardines, mirando hacia las flores—era la princesa solitaria y excluida con quien nadie se molestaba en interactuar. De seguro cada día era miserable para ella. Incluso Pax no sería capaz de soportar esa clase de trato en su lugar.
Con eso en mente Pax no pudo encontrar una razón para detenerla. Tal vez ella había decidido acompañarlo porque él era su único amigo, y si moría aquí, ella supuso que bien podría compartir su destino.
Pax finalmente asintió, “Muy bien, Randolph. Prepara un plato para ella también.”
“¡Sí, sí, por supuesto! Ahh, este sí que es un día maravilloso.” Randolph siguió sonriendo de forma espeluznante mientras servía más de este estofado extraño para Benedikte.
Benedikte tomó su cuchara con elegancia y lentamente comenzó a comer. A pesar de que nunca había aprendido modales, ella sostenía su utensilio de una forma hermosa. Benedikte probablemente estaba imitando lo que había visto hacer a otros.

“… Delicioso,” murmuró Benedikte mientras seguía comiendo.
“En efecto, lo está.” Pax también siguió comiendo. Al ser un devorador voraz, él solicitó otra porción varias veces hasta que la olla quedó completamente vacía. “Hmph, ¿qué opinas de eso, Dios de la Muerte Randolph? Nos acabamos todo el estofado. Estaba exquisito.”
“Sí, ciertamente es un gran honor que ambos se comieran toda la olla.”
Pax entrecerró sus ojos. “¿Y bien? ¿Cuándo hará efecto?”
“¿Cuándo hará efecto qué?”
“¿De verdad creíste que no me daría cuenta? ¿Con ese entumecimiento en mi lengua?”
“¡Ooh! Eso. Sí, bueno, debería sentir los efectos en cualquier momento,” respondió Randolph con una sonrisa.
En cualquier momento, ¿eh?
Pax se recostó en su silla, mirando arriba hacia el cielo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que comió al aire libre? Tal vez esta había sido la primera vez para Benedikte. Sin importar lo fría que fuera la forma en que era tratado un miembro de la familia real por sus familiares, no cambiaba el hecho de que sus vidas eran sofocantes. De hecho, la marginación significaba que la familia estaba reacia a permitirles incluso salir, en cambio confinándolos a los muros del palacio.
Al menos sus últimos momentos serían debajo de un soleado cielo azul, y él había comido un platillo delicioso antes del final. No podía haber una forma más placentera de partir. Era como si su propia alma hubiese sido limpiada.
“Ya se siente relajado, ¿no?” preguntó Randolph. “Las semillas Sanshok tienen un fuerte efecto tranquilizante.”
“¿Sanshok?” repitió Pax, desconcertado.
“Sí. Es la mejor especia para calmar las emociones de alguien cuando está deprimido o irritado. De verdad quería que los escuderos también la probasen…”
“¿Entonces no es veneno?”
“¿Veneno?” Randolph parpadeó hacia él. “Ah, bueno, las semillas Sanshok sí tienen un color venenoso. Muchas personas tienden a evitar consumirlas por esa misma razón. Pero no necesita preocuparse. Ni una sola alma ha muerto comiéndolas. ¿Mm? Pero usted mencionó una sensación de entumecimiento en su lengua—¿eso quiere decir que usted sabía que yo usé Sanshok?”
“¡N-no, tuve la sensación de que habías usado algo, pero no eso!”
Mientras Randolph ladeaba su cabeza, Pax finalmente entendió la situación—este hombre en realidad solo tenía la intención de invitar a esos escuderos a una buena comida, nada más que eso.
“¡Sí, ya veo, Sanshok!” asintió Pax para sí mismo. “Casi estaba seguro de que habías despellejado a un Kiban y habías agregado su piel al estofado.”
“Ahh, sí, la piel de Kiban también provoca ese entumecimiento en la lengua. Pero, verá, la piel de Kiban no puede darle al estofado ese hermoso color púrpura, ¿o sí?”
Pax asintió pensativamente. “Eso es cierto. ¡Sí, tu ingenio fue muy impresionante!”
“Jeje, aprecio que diga eso. Valió la pena traer ese ingrediente desde el lejano Continente Demoniaco.” La forma en que Randolph sonrió casi pareció sugerir que él había visto completamente a través de la valentía de Pax.
“¡Bueno, suficiente de esto! ¡Benedikte, es hora de irnos!” Pax se puso de pie, incapaz de soportar la penetrante mirada del hombre. “Tengo que asistir a mis clases académicas y mi práctica de magia durante la tarde. ¡No tengo tiempo para malgastarlo aquí, teniendo conversaciones sin sentido!”
“Entiendo,” murmuró ella.
Pax enderezó sus hombros y comenzó a alejarse con Benedikte justo detrás. Ellos no llegaron muy lejos antes de que Randolph les dirigiera la palabra.
“Um, ¿Príncipe Pax?”
“¿Qué sucede?” Pax miró atrás sobre su hombro.
Randolph tenía su sonrisa espeluznante de siempre plasmada en su rostro. Aun así, él parecía estar un poco ansioso, acariciando sus manos mientras reunía el valor para preguntar, “¿Sería posible que yo le vuelva a preparar una comida en el futuro?”
“Así será. Después de todo, tu comida es deliciosa.” Pax rápidamente entregó su respuesta y se dio la vuelta para marcharse. A pesar de que él había estado innecesariamente preocupado de que la comida estaba envenenada, el estofado en sí estaba delicioso. Esos inusuales sabores muy probablemente no se ajustarían a los paladares de la mayoría de las personas, pero Pax nunca había probado algo parecido. Si Randolph tenía ganas de volver a servirle algo así, él no tenía razón para rehusarse. Pax no estaba mintiendo cuando dijo ser un amante de la buena comida.
“Se lo agradezco,” dijo Randolph, bajando profundamente su cabeza.
Después de eso, Pax comenzó a comer regularmente la comida preparada por Randolph.
“En retrospectiva, de verdad me había resignado a la muerte en ese momento,” murmuró Pax, mientras volvía a visitar el pasado distante dentro de su cabeza.
Él actualmente estaba de pie en el descanso de la escalera. La ventana cercana le daba un vistazo del mundo fuera del castillo. Fogatas llenaban el paisaje, con señales de humo subiendo como pilares por aquí y por allá. Él no escuchaba voces desde aquí arriba, pero podía sentir a las multitudes abajo.
Pax estaba dentro del Castillo de Shirone, un lugar al cual había llegado después de esforzarse sin descanso para llegar al trono.
“Yo habría preferido no escuchar la verdad hasta el día de mi muerte,” respondió Randolph, de pie a un lado del rey y mirando abajo hacia el mundo. Él se había quitado su parche de ojo, y el ojo debajo emitía una luz deslumbrante. “Ese fue un momento maravilloso, ¿sabe? Me hizo muy feliz escucharlo decir que mi comida era deliciosa.”
“No empieces con eso. Puede que no se haya visto apetitosa, pero no estaba mintiendo cuando dije que estaba buena,” dijo Pax.
“Jeje, es difícil creerle ahora que sé que usted creía que yo iba a envenenarlo.”
Sus voces estaban llenas de emoción mientras conversaban, mirando a través de la ventana. Una casualidad insignificante los había reunido, e incluso después de su primer encuentro, nada emocionante o significativo ocurrió. Todo lo que sucedió fue que cada vez que Pax y Benedikte probaban la comida de Randolph, ellos alababan su sabor. Ellos conversarían un poco mientras él estaba cocinando sus extraños platillos, pero irían por caminos separados una vez que la comida terminaba. El ciclo se repitió numerosas veces, hasta que Randolph se dio cuenta de lo frecuente que era la compañía de Pax. Sería una exageración llamar a Pax su pupilo o aprendiz, pero él sí le ofrecía algún consejo sobre la esgrima y magia.
“Al final, tú y Benedikte son mis únicos aliados,” dijo Pax mientras observaba a las personas reunidas afuera.
Ellos sabían que no todas las personas ahí afuera eran enemigos; un caballero había arriesgado su vida aventurándose ahí y regresando con un reporte de su exploración. Sí, no todos ellos estaban en su contra, pero Pax sabía que tampoco estaban de su lado. La inmensa mayoría de Shirone no había bendecido su ascenso al trono. Ellos podían ser sus enemigos bajos las circunstancias correctas, pero nunca podrían ser sus aliados.
“¿Por qué me odian tanto las personas?”
Había sido así toda su vida. Nunca nadie se había aliado con él. Tal vez su apariencia les daba asco; tal vez él simplemente no tenía talento encontrando camaradas. Pax honestamente no tenía idea. Él se había esforzado al máximo a su propia manera, pero después de todos sus esfuerzos, solo Benedikte y Randolph habían permanecido a su lado. Tal vez si él se hubiese comportado mejor, Zanoba y Rudeus—y quizás incluso los caballeros que habían muerto—podrían haber estado dispuestos a permanecer a su lado. Pero ya era demasiado tarde como para reflexionar al respecto.
“Buena pregunta. Las personas con frecuencia también están aterradas de mí, y tampoco tengo ni la más mínima idea del porqué,” dijo Randolph, como tratando de consolarlo. Pero en el caso de Randolph, no había duda de que era debido a su apariencia. Si él solo pudiera hacer algo sobre su rostro de esqueleto y esa sonrisa espeluznante, las cosas podrían cambiar un poco.
De hecho, incluso con esos problemas, Randolph aun así se había ganado el respeto del General Superior del Reino del Rey Dragón y numerosos espadachines. Pax no tenía nada así. Él se había convertido en rey, y ahora tenía tanto una esposa que amaba como un excelente subordinado. Pero, por desgracia, solo con eso no iba a gobernar un país. Él no podía ganarse el reconocimiento de las masas.
Tal vez había enfrentado esto de la forma equivocada, pero permanecía el hecho de que tenía muy pocas personas en su esquina. Ya no sabía qué hacer para incrementar sus seguidores. Él necesitaba camaradas, pero no tenía idea de cómo conseguirlos. Pax ahora no sabía qué hacer.
“Randolph,” dijo él.
“¿Sí?”
“Cuando muera, llévate a Benedikte y escapen de aquí.”
Randolph inspiró de la sorpresa. Durante los numerosos años que había vivido de batalla en batalla, otra persona nunca había hecho algo para que él se volviera consciente de su propia respiración, pero ahora su sensibilidad sobre esto repentinamente aumentó.
“Regresa al Reino del Rey Dragón. Cuando nazca mi hijo, transmítele tus conocimientos sobre la espada y tu talento culinario.”
Randolph no respondió.
“También sobre temas académicos,” agregó Pax. “Dada la ascendencia de nuestro hijo, no hay forma de que le contraten un tutor. Te encargo su cuidado.”
Una vez más, Randolph se quedó en silencio.
“Y me gustaría pedirte que lo felicites lo más que puedas. Dudo que Benedikte sea capaz de hacer eso por sí sola. Ninguno de nosotros fue felicitado mucho.”
Randolph finalmente encontró las palabras y dijo, “Um, ¿Su Majestad?”
Una extraña expresión atravesaba el rostro de Randolph, una que él nunca les había mostrado a otros, ni antes ni después de que obtuvo el nombre de Dios de la Muerte. De hecho, después de convertirse en uno de los Siete Grandes Poderes, él había matado a tantos hombres—decenas de miles de ellos—que los había dejado de ver como personas. Durante sus largos años él solo había puesto tal expresión en un numero contado de ocasiones. Esta era la mirada de un hombre que no quería que la otra persona muriera.
“¿Qué sucede?” preguntó Pax.
“Sabe, usted me agrada,” dijo Randolph.
Pero no podía permitirse pedirle a Pax que no muera. Después de todo, él era el Dios de la Muerte. Al ser el quinto dentro de los Siete Grandes Poderes, él había visto morir a una cantidad incontable de hombres. Randolph había visto a muchas personas escoger una muerte noble sobre una vida insignificante. Él había mostrado sus respetos a cada uno de ellos.
El hombre ante Randolph era un rey. Él tenía un cuerpo mal desarrollado, no era amado por sus ciudadanos, había sufrido una rebelión inmediatamente después de su ascensión, y probablemente sería olvidado con el paso del tiempo, siendo borrado de los registros históricos. Pero, no obstante, él era un rey. Pax se había esforzado por ganarse el reconocimiento de los ciudadanos y ascendido al trono. Tenía sentido que quisiera morir como un rey. Su orgullo lo obligaba.
“Es por eso que me aseguraré de llevar a cabo su orden, incluso si me cuesta mi propia vida,” terminó Randolph.
“Confío en que lo harás.”
Randolph Marianne había sido llamado un Dios de la Muerte por otros, pero él no era un verdadero dios de la muerte. Randolph conocía al hombre que había ostentado ese título antes que él. El anterior Dios de la Muerte siempre escucharía las últimas palabras de quienes iban a morir. Él honraría su dignidad y la protegería hasta su último aliento. Era por esto que él había llegado a ser conocido como un Dios de la Muerte. Randolph había seguido su ejemplo, debido a que lo respetaba más que a cualquier otro—e incluso había heredado su nombre.
“Bueno, tal parece que el sol está a punto de ocultarse.” Habiendo recibido la respuesta que quería, Pax apartó su vista del mundo exterior y se dirigió hacia sus aposentos. “Voy a despedirme de mi Benedikte. Será nuestro último encuentro. ¿Puedes asegurarte de que nadie nos interrumpa hasta que terminemos?”
“Como desee, Su Majestad.”
Pax desapareció dentro de la habitación, y Randolph tomó su posición afuera. Después de un tiempo, él se cansó de permanecer de pie y bajó las escaleras en busca de una silla. Una vez que estuvo sentado, él colocó sus codos contra sus rodillas y entrelazó sus dedos, descansando su mentón sobre ellos. Él mantuvo su mirada fija en las escaleras y la ventana que yacía justo después de ellas. Era como si quisiera grabar el paisaje—el último vistazo de Pax hacia la ciudad que había gobernado—en su mente.
“Para ser honesto, preferiría que no muera,” murmuró Randolph mientras cerraba lentamente sus ojos.
Notas de los lectores
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