La Amenaza del Dios de la Lucha



Capítulo 1: La Amenaza del Dios de la Lucha
Sandor
Mi nombre es Alex Kalman Rybak. Soy el hijo biológico del Dios del Norte Kalman, heredero de sus habilidades y su nombre. El Dios del Norte Kalman I… Bueno, no usamos el numeral cuando hablamos de él; solo lo llamamos Dios del Norte Kalman, pero independientemente, el Dios del Norte Kalman I era mi padre. Como el Dios del Norte Kalman II, yo viajé a través del mundo con la misión de convertirme en un verdadero héroe, para así darle gloria al nombre Kalman. Derroté dragones y un Behemoth colosal, a un sacerdote malvado que había tomado el control de una nación y a un mono come-hombres gigante que aterrorizaba las regiones interiores del Continente Central, como también a un tirano estúpido y al guardián de un laberinto que había acabado con muchos de los clanes del Continente Central… Con la espada mágica más poderosa del mundo, el físico resistente que heredé de mi madre, y las técnicas de espada definitivas desarrolladas por mi padre, yo acabé con todos los que se opusieron a mí. Me gané el título y la reputación del espadachín más fuerte del mundo. Eso me hizo ganar la gratitud de la gente y que me tuvieran en gran estima. Gracias a mi sangre de demonio inmortal, yo retuve mi vigor y fui capaz de seguir como un héroe por muchos años más. Me sentía en las nubes. Creía que era invencible. Así que continué, aplastando a todos mis oponentes, embriagado de mi propio poder.
Un momento se destacaba. Un momento que me convenció de que yo realmente era un héroe.
Un día, mientras viajaba, un joven, que aún no alcanzaba la adultez, robó mi espada mágica. Él la llevó a una taberna clandestina llena de fracasados. Su líder, un estudiante del Estilo del Dios de la Espada, tomó la espada en sus manos —él era un Santo de la Espada. Usualmente, yo habría barrido el piso con un Santo de la Espada. Pude haberlo derrotado con mis manos desnudas.
… No creerán cómo se desarrolló esa batalla. El temible poder de la espada mágica incrementó las habilidades de ese fracasado a las de un Emperador de la Espada —tal vez incluso más allá. No importó que fuera la primera vez que la usaba. Yo apenas fui capaz de derrotarlo, pero la experiencia me dejó sumamente conmocionado. También me dejó con una pregunta.
¿De verdad soy fuerte?
Mientras yo estaba ahí de pie, consumido por el asombro después de la batalla, ese espadachín fracasado dijo, “Es tu culpa que este lugar sea un desastre.” Eso refrescó mi memoria. Yo estaba en ese país. En el cual había derrotado al sacerdote malvado que había tomado el control y se había convertido en un déspota estúpido. El sacerdote había sido malvado, pero era la religión lo que había mantenido al país estable. El rey había sido un tirano, pero su gobierno con mano de hierro había preservado la unidad nacional.
Ahora las cosas eran distintas. Ahora, estas tierras eran conocidas como la Zona de Conflicto. Lo que en el pasado fue una gran nación, ahora estaba dividida en muchos países más pequeños luchando entre ellos. Cuando uno caía, otro nacía, continuando ese ciclo sin fin. Todos estaban atrapados en una guerra donde ni siquiera los victoriosos se salvaban. Las naciones más grandes los atacaban inmediatamente; las personas seguían perdiendo la vida. Y era mi culpa. Yo había decidido que su gobernante era malvado y lo derroté sin siquiera molestarme en considerar lo que opinaban los demás al respecto. Mis acciones habían robado la paz de estas personas. Yo me fui sin hacer más preguntas después de reconocer esto.
¿De verdad soy un héroe?
Yo cargué con estas preguntas por algún tiempo. Abandoné la espada mágica, y dejé de ser un héroe.
En otras palabras, la respuesta a la que llegué para ambas preguntas fue, “No.”
No me malentiendan. Yo amo a los héroes. Amo escuchar todas esas historias épicas y gloriosas. Todavía me descubro deseando ser como ellos, incluso ahora. Por desgracia, yo no tenía talento para el heroísmo, pero aún me gustaba pensar que tal vez, con un poco de suerte, cuando llegara el momento adecuado… Estoy seguro de que lo entienden. Ustedes saben que las personas no son tan simples. Lo que hice cuando dejé de lado el heroísmo fue dejar de forzarme a encajar con lo que se espera de un héroe. Después de reflexionar al respecto, cambié mi espada por un bastón y concentré mis esfuerzos en entrenar a otros. Escogí el bastón porque creí que era la mejor de todas las armas. Es simple, y puedes encontrar un bastón como este en cualquier parte, así que no importa si te lo roban, y su nivel de utilidad depende de tu nivel como luchador. Desde una perspectiva táctica, un arma que es un poco más larga que una espada tiene una ventaja. Pero, para ser honesto, cualquier cosa habría servido siempre y cuando no fuera una espada mágica.
En cuanto a la razón por la que quise entrenar a otras personas, creo que mucho de eso puede haber venido de… cómo decirlo… ¿un deseo de redimir mis pecados? A mí me parecía que había despreciado horriblemente a las personas a mi alrededor. Eso lo hace sonar como que pienso en las personas como desechables, pero era más bien que yo dividía el mundo en personajes principales (yo) y los personajes secundarios (todos los demás). Me convencí a mí mismo de que era el protagonista, lo cual era la razón por la que encontraba tan fácil calificar a las personas como malvadas y enjuiciarlas sin pensar en las consecuencias. Era humillante recordarlo. Todos son los protagonistas de sus propias vidas, todos tienen sus propios deseos —tal como yo. Debido a que admiraba tanto a los héroes, mis hazañas parecían justas, pero la verdad no era tan grandiosa. Yo no era diferente de los gobernantes que había derrocado. Mi sueño de convertirme en un héroe era, en resumen, pura ambición. Fue cuando me di cuenta de eso que comencé a pensar que sería mejor ser un personaje secundario en la historia de un verdadero héroe que yo ser el héroe. Ese fue el caso de mi padre, el Dios del Norte Kalman. Sí, él luchó junto al Dios Dragón Urupen y al Rey Dragón Acorazado Perugius como uno de los Tres Asesinos de Dioses, pero si piensas en ello como una historia, él no era el protagonista. Por supuesto, para mí, él siempre había sido el protagonista —para mí, él era un verdadero héroe. Pero mi perspectiva no era la única.
El punto era que por eso yo estaba tratando de colocarme en la misma posición que él. Aunque debo admitir que también pensaba que ser el mentor de un héroe sonaba bastante bien…
Tomar a todos esos estudiantes resultó ser inesperadamente interesante. Me dio una noción de cuánto más había dentro del Estilo del Dios del Norte. Cosas que nunca antes había visto. Algunos guerreros nacían con ventajas físicas —algunos habían perdido sus brazos, algunos eran ciegos desde el nacimiento— pero todos ellos desarrollaron su propia forma de luchar, permitiéndoles sus propias victorias. El Estilo del Dios del Norte que yo había aprendido fue el que mi padre le enseñó a mi madre. Las habilidades con la espada de los demonios inmortales se basan en la fuerza bruta, empleando su inmortalidad tanto como les es posible, así que creí que de eso se trataba el Estilo del Dios del Norte. Pero en realidad, el Estilo del Dios del Norte fue creado para que aquellos sin poder, o que habían perdido algo, pudieran sobrevivir en el campo de batalla. Fue el hecho de tomar a todos esos estudiantes lo que me enseñó algo así. Aparte de eso, las cosas que creí haber entendido comenzaron a aparecer de una forma distinta, una tras otra, ampliando mi perspectiva, y me gané el respeto de muchos. Ese respeto fue un poco más suave del que había experimentado cuando era considerado un héroe, pero, por alguna razón, me hizo más feliz. Al mismo tiempo, aunque solo llegué a usarlo para no usar algo parecido a una espada mágica, terminé orgulloso de escoger mi bastón como mi arma. Me di cuenta de que había comenzado a vivir siguiendo la filosofía de mi padre. Recuerdo que esa idea llenó mis ojos de lágrimas. Luego de eso, cada vez me interesaron menos las hazañas heroicas.
Toda clase de cosas ocurrieron después de eso, hasta que terminé al servicio de la Reina Ariel. En ella, yo vi la misma cualidad que había visto en el Rey Héroe Gauniss. Mi juicio no estaba equivocado. Entré al servicio de Ariel, para luego, antes de darme cuenta, ver que ella había reunido a un grupo de destacados consejeros y colocado cimientos sólidos para el gobierno de Asura. A pesar de este equipo que ella había reunido, Ariel no inició ninguna guerra. En cambio, ella comenzó a crear políticas para incrementar la prosperidad nacional. Invirtió una suma de dinero particularmente alta en tecnología mágica y nombró a personas jóvenes como sus ministros. Cuando le pregunté por qué estaba haciendo todo eso, incluso al punto de enfrentar oposición, su respuesta me sorprendió. Ella me dijo que estaba haciendo lo posible durante su vida para oponerse a Laplace, el cual resucitaría en algunas décadas más.
¡Qué maravilloso! ¡Qué gran gobernante! ¡No podría haber escogido a un empleador mejor!
O eso creí. Solo en ese momento fue cuando indagué un poco más por mi cuenta y descubrí al personaje sospechoso a la sombra de Ariel. Ese alguien era Rudeus Greyrat. No me tomó mucho tiempo descubrir que él era un subordinado del Dios Dragón —Ariel no tuvo ningún problema en contarme toda la historia. Ella dijo que el Dios Dragón Orsted le estaba brindando su apoyo.
Yo ya había escuchado de la mala reputación del Dios Dragón Orsted. Una persona dijo que él había apuñalado a un aliado suyo justo en el corazón y sin previo aviso. Otra dijo que él lo había arrojado repentinamente de una quebrada. Otro, que él le había robado la recompensa que ganaron justo frente a sus narices. Y otro, que él se había robado un objeto mágico que acababan de obtener. Yo usualmente no presto mucha atención a los reportes de testigos, pero cada historia que escuchaba describía sus fechorías.
Yo había tenido el privilegio de estar en presencia del individuo en cuestión en una ocasión… Y un solo vistazo llenó mi corazón de terror. El Dios Dragón y el Dios del Norte eran aliados jurados, y el lazo de amistad entre el Dios del Norte Kalman y el Dios Dragón Urupen nunca se romperá. Era impensable que yo sintiera miedo hacia el hombre que llevaba el título de Dios Dragón, incluso aunque tenía mi gratitud. Por el contrario, yo quería forjar una amistad con esta generación de Dios Dragón. Aun así, sentía miedo.
Especulé que tal vez era a causa de una maldición —una maldición que provocaba miedo en todos quienes lo vieran… No fue hasta después que descubrí que tenía razón, pero esa es una historia para otra ocasión. Debido a esa fuerte maldición, esta era la primera vez que me había encontrado a alguien trabajando para él. Este Rudeus Greyrat… ¿Quieren saber mi primera impresión de él? Bueno, se las daré. Creí que se veía débil. También vi en él algo de inteligencia, pero era un poco de astucia más que inteligencia. Él se veía normal. Después de lo que la Reina Ariel y Ghislaine me habían contado, había esperado a alguien asombroso, pero en persona, Rudeus era totalmente mundano.
A pesar de eso, él no me pareció del tipo de comadreja que con frecuencia encontrarías adulando a grandes guerreros o personas con poder. El contraste entre el hombre y el aprecio que inspiraba me intrigaba, y me pregunté si él realmente tenía lo necesario para ser un verdadero héroe. Por lo tanto, cuando la Reina Ariel me envió para ser parte de sus refuerzos, yo acepté la tarea con entusiasmo.
Luego fui parte de una batalla emocionante, una protagonizada por el Rey Abismal, el Dios Ogro, el Dios de la Espada, y mi propio hijo, el Dios del Norte Kalman III. Comenzó con maquinaciones desde las sombras, para luego convertirse en una guerra sin cuartel… Fue tal como una de las batallas de cuando yo había estado tratando de ser un héroe. En efecto, tendrías problemas para encontrar una batalla tan feroz como esa en la actualidad. Estaba al nivel de las batallas que yo había luchado en el pasado.
No me imaginaba que habría mucho más que incluso eso.
Apareció el Dios de la Lucha. El ser definitivo que, hace mucho, mucho antes de la Guerra de Laplace, había terminado la Segunda Gran Guerra entre Humanos y Demonios. Nunca imaginé que él resultaría ser el Tío Badigadi, pero al pensarlo bien, no era tan descabellado. Ese cerebro de músculo siempre estaba actuando como si lo que veían tus ojos no fuera todo lo que había. Mi madre solía decir, “Badi se hace el inteligente, pero en realidad es un idiota.” ¿Acaso no es lo opuesto? había pensado yo. ¿Acaso no está actuando como un idiota? ¿No crees que las personas creen que tú eres una idiota porque entiendes al revés este tipo de cosas? Pero ahora que hemos llegado a esta encrucijada, de alguna forma entiendo lo que quiso decir. Un idiota pretendiendo ser inteligente —sí. Lo entiendo.
En fin, volvamos a hablar del Dios de la Lucha Badigadi. Si las leyendas eran ciertas, él era el ser definitivo, el cual causó estragos durante la Segunda Gran Guerra entre Humanos y Demonios y consolidó su posición como el Número Tres de los Siete Grandes Poderes.
Estando de frente a él, yo pensé, en realidad nunca tuve lo que se necesitaba para ser un héroe.
Verán, ningún ser legendario como él había aparecido en mi historia. Por supuesto, había habido oponentes desafiantes, y otros cuya fuerza me había impresionado. Yo los tenía en alta estima. Pero después de empezar a usar la espada mágica, nunca volví a encontrarme a un oponente que me superase. No fue hasta que heredé la espada, mi nombre, y mi título, no hasta que me di por vencido en ser el protagonista de mi propia historia y me comprometí a ser parte de la batalla de alguien más como un personaje secundario, que un oponente legendario finalmente apareció. Tal vez Rudeus Greyrat tenía lo necesario para ser un héroe. A él probablemente no le gustaría escucharlo, pero así son las cosas para los héroes. Ellos se encuentran a los enemigos que están destinados a derrotar.
Y yo encontré a uno que estaba destinado a derrotarme.
“Las cosas nunca resultan como quisieras…” murmuré. Ahora mismo no tenía una espada mágica en mis manos, sino un bastón común y corriente. No podías pedir un arma más inadecuada para luchar mano a mano contra el Dios de la Lucha. Ni siquiera llegaría a ser una buena escena para la historia heroica que sería escrita más adelante.
“¡Buajajaja! ¡Esa es la naturaleza de la vida y la muerte!”
“Eso no tiene mucho peso viniendo de ti.”
“¡Al diablo con eso! ¡Nada en mi vida ha resultado de la forma que me gustaría!”
“¿De verdad? Por favor, cuéntame más. Estoy intrigado.” Cuando yo había estado tratando de ser un héroe, no había iniciado este tipo de conversaciones. Me había convertido en un personaje secundario. Incluso cuando su objetivo simplemente es ganar tiempo, un guerrero legendario se esfuerza al máximo. Badigadi era el Rey Demonio de la Sabiduría. Contrario a su apariencia, él era muy sabio, y le gustaba impartir su conocimiento a las personas. Decir que estaba interesado debería ser suficiente para hacerlo hablar.
Por desgracia, eso no pudo ser. El demonio con cara de mono a su lado interrumpió nuestra conversación.
“No tenemos mucho tiempo. Vamos, amigo, aplasta a este sujeto de una vez y vayamos tras el Jefe.”
Tenía la sensación de que ya había visto su rostro, pero por más que trataba, no podía recordar donde. No sentía ninguna amenaza en su forma de actuar. No parecía ser importante. Pero, en su rostro, yo podía ver una resolución extraordinaria. Eso no era de sorprender, dado que había acompañado al Dios de la Lucha a la batalla.
“¡Buajajaja! ¡Muy bien! Pero este sujeto de aquí fue un héroe y es un apasionado explorador del mundo. No puedes solo tratarlo como un donnadie.”
“Eso ya lo sé. Cielos. Déjame decirte una cosa más, amigo. ¿Cuáles son las probabilidades de que el Dios del Norte Kalman II derrote al Dios de la Lucha Badigadi en esta batalla? Son bastante cercanas a cero.”
“¿Oho? A cero, ¿eh?”
“Escucha, sé lo que pasará ahora. El astuto Dios del Norte va a tenerte en la palma de su mano si lo dejas hablar.”
“¡Buajajaja! ¡Ni en mis más locos sueños sería engañado por alguien como Alex!”
“Grandes palabras para un sujeto que fue engañado por alguien como yo.”
“No debes menospreciarte. Te escogería a ti y a tu resolución mil veces antes que a un bueno para nada sin carácter que iba por ahí causando alboroto sobre cómo iba a ser un héroe hasta que se encontró con un contratiempo, abandonó la idea, y se conformó con un papel secundario.”
El Dios de la Lucha se dio la vuelta hacia mí. Mi plan había fallado… Debo admitir que dolía que el Tío Badi pensara en mí como un bueno para nada. Me gustaba pensar que me había esforzado un poco reflexionando para llegar a este punto.
Pero más importante, tal vez esto quería decir que ese demonio con cara de mono se había esforzado mucho para convencer a mi tío. Ese debe ser Geese. Es mejor que me cuide de él. Después de todo, él era el hombre que Rudeus Greyrat había estado cazando.
“¡Buajaja! ¡Entonces prepárate!” De pronto, la armadura dorada arremetió hacia mí con una fuerza arrolladora. No había sentido un poder tan grande desde que me enfrenté al Rey Dragón Kajakut —antes de tener la espada mágica.
Esta bien podría ser mi última batalla. Puede que haya tenido que esperar durante mucho tiempo, pero la vida al fin me estaba dando un oponente que valía la pena. Era el momento de luchar y permitir que el destino decidiera quién era yo.
“¡Entonces ven!” grité, enfrentando a Badigadi. “¡Yo, Alex Rybak, el Dios del Norte Kalman II, seré tu oponente!”
¿Alguna vez han sido usados y desechados como un trapo viejo en tan solo cinco minutos? Y para echar algo de sal a la herida, ¿de casualidad sucedió cuando llegaron a una edad respetable y en la que fueron reconocidos como un profesor?
Yo sí. De hecho, ahora mismo. El Dios de la Lucha Badigadi era imponente. Este era mi tío que, de vez en cuando, le gustaba hacer comentarios misteriosos con un aire de importancia sobre su pasado y habilidades; nunca pensé que tendría tanto poder. Lo único que había pensado cuando entrené con él en el pasado fue que era fuerte, pero asumí que no era nada comparado con mi madre. Pero ahora, solo con un par de golpes, él había partido mi bastón en dos y me había dado una paliza. Había tenido confianza en mi habilidad tanto con mi bastón como con mis puños, pero él me había vapuleado como si las habilidades que había pulido a través de los últimos cien años no significaran nada.
Este era el poder del Dios de la Lucha. A primera vista, podrías pensar que él simplemente había incrementado su fuerza y velocidad. Intercambiar golpes con él reveló el increíble aumento de defensa que le había otorgado la armadura. Badigadi no sería rival para mí con una armadura potenciadora promedio. Yo podría haberlo derrotado con las manos desnudas, ya que él nunca podría haber rivalizado conmigo bajo condiciones similares.
Pensándolo bien, eso no era una sorpresa. Las armaduras existen para protegerte, como también las técnicas defensivas. Colocarse un conjunto de armadura que incrementaba tus habilidades también incrementaría eso. Agrega una brecha insuperable en poder y velocidad además de eso, y tu oponente estará en un verdadero aprieto. Es como un ratón tratando de matar a un dragón. El dragón podría morir a causa de un veneno o una enfermedad transmitida por el ratón, pero, por desgracia, ahora la persona en el interior de esa armadura era más resistente para esas cosas que cualquier otro con vida. Los demonios inmortales no mueren. Los venenos los afectan, y pueden enfermarse, pero ninguna de esas cosas provocará la muerte a un demonio inmortal.
Yo no tenía los medios para dañar la Armadura del Dios de la Lucha. Estaba remando sin un remo. Si tan solo tuviera una espada mágica… si hubiera tenido la Hoja del Rey Dragón Kajakut, con todo el poder que podía liberar con ella, pude haber hecho algo.
Pero como yo lo veo, un verdadero héroe es uno que recurre a sus agallas e inteligencia cuando no es lo suficientemente fuerte. Tampoco es como si yo fuera el tipo más astuto. La sangre de la infame Reina Demonio Inmortal Atoferatofe corría a través de mis venas, así que eso era imposible. Yo tenía momentos de ingenuidad, pero cuando me sentía presionado, usaba la fuerza bruta. No es de extrañar que terminara dependiendo de mi espada mágica y robando la paz de las personas.
Pero eso no sería aceptable esta vez. Tenía que hacer algo… pero estaba desconcertado.
Padre nuestro que estás en los cielos, concédeme sabiduría.
“¡Yaaaargh!” Justo en ese momento, escuché una voz conocida, la de una mujer —mi madre. Ahí estaba la Reina Demonio Inmortal Atoferatofe, de pie un poco más atrás de nosotros, y ella no estaba sola. En la distancia, podía ver la imponente figura del Dios Ogro. De alguna manera, también sentía que los demás estaban corriendo hacia la escena.
“Oigan, deberíamos retirarnos y—” empecé a decir, pero me detuve. Los demás eran una cosa, pero mi madre no se detendría ahora que sabía que el enemigo estaba atacando. El Dios Ogro, que tenía como misión de vida proteger esta zona, se uniría a ella. Si Atofe y el Dios Ogro empezaban a luchar, se vería mal que yo no me les uniera. Puede que suene muy arrogante decirlo, pero en cuanto al poder de ataque, nosotros tres estábamos dentro de los más grandes con vida.
“¡Qué!” Justo en ese momento, algo cayó pesadamente frente a mí —una mujer. Aunque… de alguna forma, había algo vergonzoso en llamarla mujer. Incluso si era acertado.
“¡Muajajajajajajaja!” Era Madre. La Reina Demonio Inmortal Atoferatofe había llegado, descendiendo de la forma más dramática que pudo.
“Te cubriré,” dijo ella. Como regla general, no tenía caso preguntarle a mi madre la razón detrás de sus acciones. A los Demonios Inmortales como una especie les gustaba actuar por impulso, de acuerdo a sus propias reglas peculiares.
“¡Buajaja! ¡Hermana mía, esta sabandija acaba de retarme a un combate uno a uno! ¿¡Vas a interferir en un duelo entre el rey demonio y el héroe!?”
Una de estas reglas peculiares era: el combate uno a uno debía ser observado sin interferencia alguna.
“¿Eh? ¿De verdad?” demandó ella.
“¿Qué? Yo nunca dije que lo fuera.”
Mentir sin vergüenza es otra de las habilidades fomentadas por el Estilo del Dios del Norte.
“¡Él dice que nunca lo dijo!”
“¡Buajajajaja! ¡Eres una verdadera idiota, hermana mía!”
“¡Vete a la mierda! ¡Yo no soy una idiota!”
Incluso si este no hubiese sido un combate uno a uno, no era como si mi madre ofreciera cuidarle la espalda a cualquiera. Tal vez para ella, el hecho de que estuviéramos luchando contra un rey demonio convertía a nuestro lado en el grupo del héroe. De ser así, esto era inusual. Su papel como reina demonio era algo que le enorgullecía, uno que tomaba con mucha seriedad. Ella raramente había dejado de lado ese papel, hasta ahora. Tal vez actuar como la subordinada de Rudeus había provocado algún tipo de cambio en su interior. Era eso, o ella tenía algo de historia con la Armadura del Dios de la Lucha.
“¡Sandor!”
El resto del grupo llegó. Estaban Rudeus-sama y Eris-san, Cliff-sama, y Elinalise-san, e incluso el Capitán de la Guardia Moore. Eso era esperanzador. A pesar de que llenaba de calidez mi corazón, no podía evitar preguntarme si sería suficiente para tener probabilidades de ganar…
En fin. No queda más que intentarlo.
“Rudeus-sama…”
“¡Retrocede para que te sanen! ¡Nosotros lo contendremos aquí!”
Oh no, pensé. Rudeus estaba demasiado concentrado en lo que estaba justo frente a él. Él probablemente estaba pensando que el archienemigo que había estado persiguiendo todo este tiempo había aparecido de la nada y se veía listo para luchar. Que habíamos sido atrapados con la guardia baja, pero que ya estábamos movilizándonos. Rudeus no podría haber estado más equivocado.
Pero no iba a escucharme si le recomendaba retirarnos ahora. Sin un plan, si nos retirábamos ahora mismo, terminaríamos siendo atrapados. Yo no tenía ni la más mínima idea de cuál era el plan adecuado.
Y eso quería decir que teníamos que luchar ahora.
No es que fuera una mala idea por parte de Rudeus-sama, por ningún motivo. Yo solo lo veía así debido al combate que acababa de tener: con la fuerza que teníamos ahora, nosotros no podíamos vencer al Dios de la Lucha Badigadi.
Nuestra batalla con Badigadi inició conmigo sumergido en el océano hasta la cintura. Enfrentándolo cuerpo a cuerpo estaban mi madre y el Dios Ogro, como también Eris-san y Ruijerd-sama. Después de que Cliff-sama usó un hechizo de sanación en mí, yo los cubrí desde la distancia. Contra un enemigo tan mortífero, necesitábamos tener siempre en cuenta el panorama general.
Badigadi los enfrentó a ellos cuatro con Geese todavía montado sobre su hombro. Incluso siendo entorpecido por Geese, Badigadi manejó a sus oponentes como si fueran niños.
“¡Grrrraaaaah!” Incluso desde esta distancia, yo podía notar que Madre estaba enojada. No te darías cuenta con solo mirarla, pero ella dominaba completamente el Estilo del Dios del Norte. Nuestras artes habían progresado mucho durante los últimos cientos de años. Además de eso, ella era una reina demonio inmortal. Después de quién sabe cuántos miles de años aterrorizando a los humanos, su poder era indiscutible. Solo su nombre era suficiente para hacer temblar a cualquier rey demonio que la conociera.
Aun así, ella era impotente contra Badigadi, como también los otros tres. La espada de Eris-san se movía demasiado rápido para la vista, pero no podía cortar a través de Badigadi. Todos los mortíferos ataques de Ruijerd-sama eran desviados.
Badigadi dominaba.
La guardia personal de Atofe lo rodeó desde cierta distancia, disparando magia hacia él. Las flechas de hielo, las flechas de fuego, y los cañones de piedra llovían sobre Badigadi —pero era como si cada ataque fuera desintegrado justo antes de hacer contacto. Los hechizos de los guardias no llegaban a Geese. ¿Era gracias al poder de la Armadura del Dios de la Lucha, o Geese estaba usando un objeto mágico? Probablemente era esto último. Yo no sabía mucho sobre Geese, pero estaba seguro de que había investigado todo lo necesario en cuanto a Rudeus-sama y sus aliados. El Dios Humano estaba involucrado en esto, así que lo mejor era asumir que él tenía un plan para contrarrestarnos. En otras palabras, nuestra primera prioridad era acabar con Geese. Por desgracia, solo tenías que ver todos los problemas que estaba teniendo Madre para saber que acercarse a él no sería una tarea sencilla.
“¡Voy a golpearlo con mi magia!” gritó Rudeus. “¡Cúbranme!” Después de observar la batalla por un tiempo, Rudeus-sama parecía haberse decidido. A pesar de verse como un cobarde, cuando llegaba el momento de la verdad, él no dudaba en actuar.
Él inhaló. Podía sentir el poder mágico reuniéndose en sus manos. Me sentí inseguro por un momento, preguntándome si Madre y el Dios Ogro podrían quedar atrapados en lo que sea que iba a hacer. Su objetivo… bueno, ¿quién más podría ser? Era Geese. Él había llegado a la misma conclusión que yo. Con su magia, debería haber sido simple atacar directamente a un oponente hacia el cual tenía una visual clara.
¿Qué clase de magia estaba planeando usar? Sus hechizos preferidos eran Cañón de Piedra, Pantano, y Niebla Profunda… Pero los Cañones de Piedra que estaban disparando los guardias estaban siendo vaporizados.
“Muy bien.” Rudeus-sama levantó su mano por sobre su cabeza, y una repentina ráfaga de viento rugió. El aire se sacudió a causa del poder del hechizo. Miré arriba hacia el cielo y de inmediato vi que nubes negras habían cubierto el cielo oscuro. Estaban creciendo. La lluvia comenzó a caer sobre nosotros. A la distancia se podía escuchar el sonido de un trueno. El viento rugió, causando olas en el océano. Este tenía que ser el hechizo de agua de nivel Santo, Cumulonimbo… excepto que ese hechizo solamente era usado contra ejércitos enemigos. Incluso si funcionaba en el Dios de la Lucha, también causaría un daño terrible a nuestros aliados. El océano creció ante mis ojos. Mientras las olas comenzaban a hacerse cada vez más grandes, Madre y los demás parecían estar teniendo algunos problemas. Pero solo un poco.
Rudeus-sama debe haber tenido la intención de golpear justo delante de ellos con el hechizo de agua de nivel Imperial, Rayo. Por lo general, comprimirías Cumulonimbo antes de que estuviera completo y lo harías caer como un rayo. Esta vez, las nubes siguieron expandiéndose. Tornados comenzaron a girar alrededor de ellas y los feroces vientos y la lluvia golpeaban mi rostro. Con mi pobre entendimiento de la magia, yo no lo habría visto, pero sabía de estrategias ofensivas, y por lo tanto pude darme cuenta: era una técnica especial. Rudeus-sama estaba a punto de usar una técnica especial.
Las olas se hicieron más grandes, y las ondas de choque de los tres que seguían luchando lanzaban columnas de agua. Las nubes cubrían la totalidad del cielo. Estaba oscuro y, debido a la lluvia, ni siquiera podía ver quince metros delante de mí. Incluso así, si bien yo no habría perdido de vista a mi oponente, no me sorprendería si estos luchadores hubieran perdido de vista a Rudeus. Él, en contraste, contaba con la ayuda del Ojo de Visión Distante.
El ojo demoniaco sin duda estaría fijo en los tres luchadores. El Rey Demonio Badigadi neutralizaba el poder de los ojos demoniacos, así que él, y Geese sobre su hombro, serían imposibles de ver. Pero Rudeus-sama tenía que ser capaz de ver al Dios Ogro y Atofe, por lo que sabía dónde apuntar.

La mano levantada de Rudeus-sama se cerró para formar un puño. Una acumulación de poder mágico, tan enorme que me erizaba la piel, se elevó hasta los cielos. Y las nubes se condensaron, así como así. Esas nubes que parecían haber sido capaces de cubrir el mundo entero desaparecieron en un instante.
Podía ver la luna.
Él estaba esperando el momento perfecto. Yo no dije nada. Ni, “¡Ahora!” Ni, “¡A mi orden!” ni nada parecido. ¿Por qué? Porque Rudeus-sama sabía lo que estaba haciendo. Él no fallaría.
Tanto Madre como el Dios Ogro atacaron al mismo tiempo, y Badigadi los repelió a ambos. Por medio segundo, hubo algo de distancia entre ellos y el Dios de la Lucha.
Ese fue el momento. Rudeus bajó su brazo con fuerza.
“Rayo.”
No fue como ningún rayo que había visto. El hechizo Rayo comprime las nubes de lluvia para hacer caer un poderoso rayo. Pero lo que cayó ahora mismo no fue un rayo. Fue un pilar de luz. En el momento que se materializó, todo el sonido a nuestro alrededor desapareció. Por un momento, la lluvia se detuvo, y el mundo fue tragado por un brillo glacial y silencioso.
Una enorme torre de agua se elevó desde debajo del pilar de luz. Luego se escuchó un estruendo ensordecedor, similar al de un rayo ordinario, el cual golpeó mis tímpanos.
“… y… a… de la tierra…”
Fui capaz de escuchar partes del encantamiento de Cliff-sama a través del rugido. En respuesta, Rudeus-sama comenzó a preparar otro hechizo.
Una masa de agua arremetiendo hacia mí bloqueó mi visión. El impacto de su hechizo Rayo había provocado un tsunami de una escala apocalíptica. Ante mis ojos, el agua se acercaba para tragarse todo a su paso—
“Invasión de Arena.” Esta chocó contra la masa de arena, y ambas se cancelaron entre sí. A través de la combinación de los hechizos de Rudeus-sama y Cliff-sama, el agua se disipó para convertirse en una lluvia café, ensuciando las aguas del océano y la playa. Yo observé la caída de la lluvia, para luego darme la vuelta hacia el Dios de la Lucha.
Ajusté mi vista, tratando de ubicar algo de dorado.
No encontré nada. No podía ver rastros de él.
“¿Le di?” murmuró Rudeus-sama, tal vez sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Tampoco era como si decirlo fuera a robarnos una victoria, pero seguía siendo una frase de mala suerte. Lo sabía por experiencia. Si murmurabas, “¿Le di?” entonces no le habías dado.
Me retorcí, sintiendo algo sobre mí. Miré hacia arriba. Eris-san y Ruijerd-sama también parecían haberlo sentido. Medio segundo después, un pilar de arena se materializó. Algo estaba cayendo desde el cielo. Brillaba incluso manchada por la lluvia lodosa.
Dorado.
“Ugh.” Oí gruñir a Rudeus-sama.
Eso aterrizó en el suelo justo frente a él. Incluso dentro de la Armadura Mágica, la armadura dorada tenía dos veces su tamaño. ¿Lo que yacía debajo de ese casco realmente era el rostro que yo conocía?
“Creí que estaba acabado,” vino una voz desde el hombro de la armadura. Su fuente era el demonio con cara de mono cubierto de lodo, Geese Nukadia.
La armadura habló justo después. “¡Yo soy el Dios de la Lucha Badigadi! ¡Amigo del Dios Humano, y heredero del nombre Dios de la Lucha! ¡Reto a Rudeus Greyrat a un combate mano a mano!”
“¡N-no gracias!”
“¡Buajajaja! ¡Solo estás desperdiciando tu aliento!”
No había tiempo para detenerlo. El puño de la armadura dorada golpeó de lleno a Rudeus. Un golpe fue todo lo que se necesitó. Un golpe y la Armadura Mágica se cayó a pedazos. Rudeus fue lanzado hacia el cielo, volviendo a caer al suelo pesadamente.
“¡Rudeus!” El grito de Eris-san resonó a nuestro alrededor.
¿Alguna vez han visto a alguien ser atacado, y luego ser arrojado como un trapo viejo?
Yo sí. Lo he visto más veces de las que puedo contar, y se lo he hecho a algunas personas con mis propias manos. Esta vez yo no lo estaba sufriendo en carne propia. Ahora mismo, la majestuosa Armadura Mágica había sido convertida en chatarra, con Rudeus saliendo de ella como una muñeca de trapo. Él al principio estaba boca abajo, así que no pude verlo, pero al menos debía estar lo suficientemente lastimado como para que los desaliñados clientes regulares de tu taberna rieran y dijeran, “¡Te ves muy bien, niño!”
El resto de nuestro grupo se cayó a pedazos durante los siguientes diez segundos.
Madre explotó. El ataque solo dejó intactas sus piernas, y ahora tenía que regenerarse. Por supuesto, ella estaría de regreso y riendo en poco tiempo. El Dios Ogro recibió una paliza, y su brazo estaba roto. Los ogros eran difíciles de matar, pero a partir de la cantidad de sangre brotando de su boca, si él no recibía pronto un hechizo de sanación, de seguro iba a morir. Con Rudeus derrotado, la moral se desplomó. Eris-san corrió al lado de Rudeus, gritando su nombre mientras sostenía su espada, lista para atacar en cualquier momento. Ruijerd-sama no era un cobarde que dejaría de luchar solo porque su comandante cayó, pero él estaba visiblemente afectado. Cliff-sama había perdido la calma y el escudo de Elinalise-san estaba roto, forzando su retirada. Moore lucharía hasta la muerte por mi madre, pero sin ella, parecía haber decidido retirarse.
El momento había llegado.
Me agaché y tomé la espada de mi caída madre, la espada de la Reina Demonio Atoferatofe. Una de las cuarenta y ocho espadas mágicas forjadas por el gran herrero demonio Julian Harisco. Esta era la espada mágica Rompe-mandíbulas. Ese herrero testarudo y tosco se la había dado a mi madre como una ofrenda en honor a su padre. Aparentemente, ella se había visto muy seria cuando la aceptó, lo cual era muy raro, y desde ese día en adelante, ella la había estado portando en todo momento. Mi madre nunca permitiría que alguien más la use.
Bueno. Con esto podré desatarme un poco.
“¡Ruijerd-sama! ¡Moore-sama!” Ambos miraron en mi dirección por solo un segundo. Ellos no podían enfocar su atención en otra cosa, pero estaban escuchando. “¡Les crearé una abertura! ¡Retrocedan!”
Todas las historias heroicas llegan a su fin. Los cuentos de hadas concluyen con un gran final después de derrotar al rey demonio malvado, pero la realidad no era tan generosa. Casi siempre, el final es bastante tedioso. Retabas a un enemigo más poderoso que tú, o caías en las conspiraciones de alguien, o bien eras retado por un nuevo héroe. Perdías. Morías. Así fue para mi padre, el Dios del Norte Kalman. Sin importar lo increíble que pueda ser el héroe, sin importar lo fuerte que pueda ser, si se involucra en una guerra, de seguro la derrota y la muerte iban a llegar a ellos eventualmente. Al final, un héroe es heroico. Las personas se emocionan con sus grandes hazañas, incluso sabiendo que el héroe muere al final. Las acciones de los héroes quedan grabadas en el corazón de las personas.
Aunque mi muerte aquí no sería escrita en ninguna parte… Tal como en el caso de mi padre, el Dios del Norte Kalman. La muerte que él tuvo nunca fue documentada.
Bueno, yo aspiraba a ser como mi padre. ¿Por qué no morir de la misma forma? Lucharía contra un enemigo que no tenía esperanzas de derrotar y caería cubierto de gloria. No era la muerte que me había imaginado… Pero bueno, ¿quién obtiene la muerte que desea?
“En mi mano izquierda, una espada.”
Ha pasado un tiempo desde que dije esto en voz alta. Espero no atragantarme o tartamudear…
“En mi mano derecha, una espada.” Apreté la empuñadura con ambas manos. El poder comenzó a surgir desde las profundidades de mi estómago, fluyendo hacia todo mi cuerpo. Fijé mi vista en la imponente armadura dorada.
“¡Con estos brazos míos, cobraré incontables vidas, y ofreceré cien millones de muertes!”
Eran las palabras que había recitado incontables veces durante mi vida cuando llegaba el momento crucial. Me había dicho a mí mismo que, una vez que recitara estas palabras, la derrota estaba fuera de discusión. No las había dicho desde que abandoné la idea de ser un héroe. Incluso después de todo este tiempo, a pesar de que iba a conocer la derrota, estaba sorprendido de lo fluidas que salieron las palabras.
“Yo soy el Dios del Norte Alex Rybak. ¡Prepárate!”
Esta sería mi última batalla, así que lo daría todo.
Rudeus
Pude oler algo delicioso cuando desperté. Estaba un poco sudoroso, pero era placentero y familiar. Justo cuando sentí cierta calidez en mi mejilla, pude ver cabello rojo ondulado a través del borde de mi visión. Había algo presionado contra ella.
“¿¡Ya despertaste!?” Lo que sea que estaba tocando mi mejilla habló. Esa era la voz de Eris. Recuperé el conocimiento de golpe. Eris me estaba cargando sobre su espalda.
“¿Qué está sucediendo?” Miré a mi alrededor mientras me enderezaba. Algunos otros, los cuales se veían como refugiados, estaban caminando junto a nosotros. Eran Cliff, Elinalise, y Ruijerd.
“Perdimos,” dijo secamente Eris. Ella sonaba molesta.
Ellos habían luchado contra el Dios de la Lucha, solo para recibir una paliza. Eris había terminado inconsciente después de un solo golpe, y el escudo de Elinalise estaba roto. Atofe y el Dios Ogro habían dado una pelea valiente, pero el Dios de la Lucha los había repelido una y otra vez. Debido a que yo había sido derrotado, Moore había decidido nuestra retirada. Ruijerd nos sacó de ahí a Eris y a mí. Con Atofe, su guardia personal, el Dios Ogro, y Sandor cubriendo nuestra retirada, nosotros habíamos logrado escapar.
“Entiendo.” Estaba aturdido. Habíamos perdido, así como así. Yo no pensaba en mí mismo como el tipo más fuerte de los alrededores ni nada parecido. La primera vez que usé la Mark I fue contra Orsted, y también había perdido. Sabía que no era invencible. Aun así, mi confianza había sido reforzada por una reciente seguidilla de victorias. Había derrotado a Atofe y Alek. No había derrotado a Atofe yo solo, pero una victoria es una victoria. Aun así, siempre había tratado de considerar la posibilidad de que pudiera perder. Esta era mi primera derrota de un solo golpe. Esta era la primera vez que me habían hecho pedazos y perdido el conocimiento de un solo golpe.
¿Había subestimado a Badigadi? ¿Acaso había creído que, sin importar si era o no el Dios de la Lucha, el rey demonio se contendría?
“¿Qué hacemos ahora?” preguntó Eris.
Reflexioné al respecto. Ahora… ¿qué hacemos? No diría que nos habíamos quedado sin opciones, pero no había forma de que algún plan ingenioso que yo ideara fuera a terminar en la derrota del Dios de la Lucha. No tenía mucha fe en nuestro poder de fuego. Un vistazo a mi alrededor me dijo que Sandor, el Dios Ogro, Atofe, y su guardia personal no estaban con nosotros. Ellos podrían estar muertos. Eso me dejaba a mí, Eris, Ruijerd, Cliff, Elinalise… y los guerreros Superd, si es que podía contarlos. Yo definitivamente no podía contar como poder de fuego; sin la Armadura Mágica, no era más que un estorbo. Todo lo que podía hacer era crear un río, o una montaña, o prender fuego a una montaña. Ya saben, como en ese cuento, Los Tres Amuletos de la Suerte. Después de beberse el río, saltar sobre la montaña, y apagar el fuego con el agua del río, el Dios de la Lucha me perseguiría, tal como la bruja en esa historia. No podíamos ganar con nuestra formación actual.
“No tenemos más opción que huir,” dijo Ruijerd, mirándome directamente a los ojos.
“Ruijerd…”
“Él es uno de los Siete Grandes Poderes. Uno de verdad. No podemos ganar contra él, incluso con toda nuestra fuerza combinada.”
Entonces huiríamos. Regresaríamos a la aldea Superd para luego… ¿para luego qué? En Los Tres Amuletos de la Suerte, el niño corrió hacia un templo, donde el sacerdote usó su astucia para derrotar a la bruja. Nosotros sí teníamos al Sacerdote Orsted en la aldea Superd. Pero… El Dios de la Lucha y Geese querían matarme a mí y que Orsted usara su poder mágico. Si Orsted luchaba contra el Dios de la Lucha, él tendría que utilizar poder mágico en un orden de magnitud más grande que el que habría usado en una batalla contra sujetos como el Dios del Norte y el Dios de la Espada. Definitivamente perderíamos la guerra si eso sucedía. Y esos dos nos perseguirían hasta el fin del mundo para lograr su objetivo. No existía ningún lugar seguro al cual huir.
“Incluso si huimos, no podemos ganar,” dije.
“Entonces lo único que nos queda es luchar y morir con honor,” dijo Ruijerd.
Todavía perdías cuando luchabas para morir con honor. No podías llamar a eso una victoria. Todo se acaba cuando mueres.
“Rudeus, concéntrate.” La mano de Eris apretó la mía. Su agarre era cálido y firme. Ella me había salvado con esas manos más veces de las que podía contar. Ella había sostenido a nuestro hijo con esas manos.
“Cierto.” Tranquilízate y piensa, Rudy. ¿Cómo podemos ganar esto?
Antes que nada, necesitábamos información. Por ejemplo, si la Armadura del Dios de las Lucha tenía un punto débil, eso nos serviría de maravilla. Por desgracia, como dice la historia, esa armadura era la más poderosa jamás creada, forjada por el propio Laplace. ¡Él había sido derrotado por su propia creación! Probablemente no era posible encontrar un punto débil. Pero incluso si no tenía uno, todavía quedaban otras estrategias, otras formas de luchar contra ella. Podría ser capaz de encontrar algo por el estilo. Ahora bien, ¿quién sabía sobre la armadura? Atofe… no estaba aquí. Lo cual dejaba a Orsted. Tendría que preguntarle a él. Si resultaba ser que él no sabía nada…
Reflexioné en silencio por un momento. Sin importar si Orsted sabía o no algo, yo aún tendría que luchar contra este enemigo, aquí y ahora. Habíamos perdido a Atofe, al Dios Ogro, y a Sandor. Tenía que haber una forma de ganar.
Dicho eso, yo quería mantener al mínimo nuestras bajas. No quería que la aldea Superd quedara atrapada en el fuego cruzado. Norn también estaba ahí. No podía dejarla luchar.
Tenía que haber algo. Tenía que haberlo. Incluso si era algo remoto.
Entonces se me ocurrió. ¡Eso es!
Aún tenía una carta del triunfo en mi mano, ¿no? Había creído que la usaría mucho antes.
Al final, dije, “Retrocederemos hasta el bosque para ganar algo de tiempo.”
Iba apostarlo todo en esto.
“Entendido.” Todos los demás asintieron.
Regresamos a la aldea Superd. Mi carta del triunfo aún no había llegado. De acuerdo al plan, ya debería haber llegado… Pero tal vez algo había salido mal.
No teníamos el tiempo para esperarla. ¿Qué hacemos…?
Me arrodillé frente a Orsted para reportar lo sucedido hasta el día de ayer mientras dejaba de lado mis preocupaciones.
“Eso lo resume,” finalicé. “Tanto el Dios Ogro, como Atofe, y Sandor están desaparecidos.”
El rostro de Orsted se veía agitado. “El Dios de la Lucha Badigadi, ¿eh?”
“¿Conoce alguna estrategia para derrotarlo?”
“No,” dijo finalmente Orsted. “Sé de la Armadura del Dios de la Lucha, pero nunca he luchado contra Badigadi usándola.”
“Ah. Ya veo.” Era la respuesta que había esperado, pero no podía evitar sentirme decepcionado —aunque no iba a permitir que Orsted se diera cuenta de eso. “¿Entonces puede contarme lo que sabe sobre la Armadura del Dios de la Lucha?”
“Es la armadura más poderosa jamás creada, forjada por el propio Laplace. Fue sellada en las profundidades de la Cueva del Diablo, en medio del Mar de Ringus. El poder mágico que irradia desde su superficie hace que brille de un color dorado, y convierte al usuario en una fuerza imparable. Sin embargo, debido a esa abundancia de poder mágico, posee mente propia. Poseerá a cualquiera que la use.”
“Badigadi no parecía estar poseído…” Él parecía estar actuando bajo voluntad propia. Actuaba exactamente como lo recordaba. Por supuesto, tal vez solo parecía ser de esa forma, y la armadura en realidad tenía el control. Después de todo, él no le había dado ninguna oportunidad a Sandor o Atofe.
“Toma tiempo,” dijo lentamente Orsted, “que la armadura se adueñe del usuario. Mientras más la usa, más fuerte se vuelve el control que la armadura tiene sobre la mente, hasta que el usuario es incapaz de distinguir entre el bien y el mal, anhelando solo seguir luchando. Aunque Badigadi tiene una inmunidad inusual a los poderes de los ojos demoniacos, así que es posible que la armadura termine siendo incapaz de poseerlo.”
Ajá. Entonces Badigadi no había estado usando la armadura por tanto tiempo. También tenía la sensación de que ya había escuchado de ese tipo de posesión en alguna parte…
“Como tu Armadura Mágica, la Armadura del Dios de la Lucha usa el poder mágico del usuario como combustible. Sin embargo, a diferencia de la tuya, el usuario no puede quitársela hasta que la última pizca de su fuerza vital se haya extinguido. En el caso de Badigadi, asumo que seguirá operando casi indefinidamente. En el momento que el usuario se la coloca, esta se transforma para encajar —el usuario además puede generar su arma preferida. El rango se limita al rango normal de esa arma, pero dudo que Badigadi haya escogido un arma de largo alcance. La luz dorada que emite la superficie de la armadura neutraliza la mayoría de los hechizos… a pesar de que tiene un límite. Si la atacas con el Cañón de Piedra más poderoso que puedas conjurar, es posible que atraviese esa defensa.”
Orsted sabía mucho. Y estaba siendo hablador para variar.
Entiendo. Así que un Cañón de Piedra habría sido una opción más efectiva que un Rayo. Había tomado la decisión equivocada, aunque no sabía eso en ese entonces.
“¿Quién la estaba usando la última vez que usted luchó contra ella?” pregunté.
“Alguien de la gente del océano. Se quedó sin poder mágico y murió rápidamente.”
“¿Hubo algún otro?”
“Yo mismo la he usado varias veces. También he visto a un humano usarla, y a un demonio.”
Vaya. Supongo que no habría sabido todos esos detalles de no haberla usado.
“Entiendo. Entonces, para ser específico, ¿cómo la derroto?”
Orsted se quedó en silencio por un momento, para luego decir, “No lo sé.”
“¿No lo sabe?”
“Cuando usas la Armadura del Dios de la Lucha, no sientes ni cansancio ni dolor. Siempre estás luchando a tu máxima capacidad. Sin embargo, solo la mueves de acuerdo a tu propio poder físico, y no tiene la habilidad de sanar al usuario si es herido. Por lo tanto, si tienes una forma de dañarla, una batalla de desgaste podría ser efectiva. No obstante…”
No obstante, eso era imposible contra Badigadi. La Armadura del Dios de la Lucha seguía activa hasta que el usuario fallecía. Y Badigadi era inmortal. Estábamos enfrentando a una máquina de movimiento perpetuo.
“¿Cómo la derrotó Laplace?”
“Él la golpeó con una enorme cantidad de poder mágico que sobrepasó su límite, aniquilando temporalmente al usuario y separándolo de la armadura. Creó una gran grieta en el continente, la cual se convirtió en el Mar de Ringus.”
“Ah.” Entonces era posible dañarla con un ataque lo suficientemente poderoso. Badigadi simplemente se regeneraría después en vez de morir, pero eso me dio una idea…
“Escuché que el usuario de ese entonces murió,” destacó Orsted. “Imagino que debe haber sido Badigadi todo este tiempo.”
“¿No lo sabía?”
“Dicen que incluso Laplace no sabía quién usaba la armadura durante esa batalla. Escuché que había muerto y no tuve interés en saber más. El Dios de la Lucha nunca me ha desafiado como un enemigo, hasta ahora.”
“Usted… ¿usted escuchó eso del propio Laplace, en un bucle anterior?”
“Sí. Eso, y que yo soy el hijo del primer Dios Dragón, y que el primer Dios Dragón fue el que colocó esta maldición sobre mí.”
“Y aun así tiene que matar a Laplace.”
“Correcto. Para llegar al Dios Humano, debo matar a los Cinco Generales Dragón y obtener los tesoros sagrados.”
Me quedé en silencio. Esta tenía que ser la primera vez que lo había escuchado decirlo directamente: que tenía que matar a los Generales Dragón. Entonces de eso se trataba. Eso quería decir que no podíamos contar con que Perugius envíe refuerzos. Yo no querría pedir ayuda a alguien que planeaba apuñalar por la espalda más adelante. Seguir con este asunto ahora no iba a hacerme ningún bien.
“Asumo que ese es un tema incómodo para ti,” dijo Orsted.
“Um, bueno…”
Debemos concentrarnos en lo que tenemos al frente. Lo más importante ahora era Badigadi.
El Dios Humano actuaba basándose en lo que veía en su propio futuro. Le sería difícil controlar a un peón revoltoso y de espíritu libre como Badigadi. ¿Tal vez esta imprevisibilidad era la verdadera carta del triunfo del Dios Humano? Yo acababa de ver al Dios Humano por primera vez en mucho tiempo, y se veía bastante demacrado, como si estuviera en un aprieto. El Dios de la Lucha Badigadi… Si Badigadi había sido apóstol del Dios Humano todo este tiempo, no entendía por qué el Dios Humano no lo había usado en los bucles anteriores. Asumamos que esta vez lo habíamos obligado. Si no ocurrió en un bucle anterior, entonces lo más probable era que el Dios Humano estaba reaccionando directamente ante mí.
“¿Qué harás?”
“Lucharé. No hay donde correr.”
“Entiendo. Lucharé a su lado. Nunca antes he luchado esta batalla en particular, pero de seguro no puedo perder,” dijo Orsted, para luego ponerse de pie. Yo me moví para disuadirlo.
“Por favor, no se apresure.”
Orsted se volvió a sentar. No podía ver su rostro a causa del casco, pero sabía que estaba indignado.
“Orsted-sama, si usted usa su poder mágico, será lo mismo que perder. Habremos desperdiciado todo el buen progreso que hemos hecho.”
“También perderemos si tú mueres aquí. Tal como dices, sería desperdiciar un buen progreso.”
“Eso también es cierto…”
¿Debíamos aprovechar el hoy, o el mañana? Habíamos llegado hasta aquí. Yo al menos quería resistir hasta que todo realmente pareciera perdido.
“Incluso si usted debe luchar, lo menos que puedo hacer es debilitar un poco al Dios de la Lucha,” sugerí.
“Morirás.”
“Entonces cuide de mi familia en mi lugar.” Yo no quería morir. Quería sobrevivir e ir a casa. Pero estaba seguro de que este era el momento decisivo. El Dios de la Lucha era la última jugada de Geese y el Dios Humano. Puede que el Dios Humano tenga algo más bajo la manga, pero nosotros habíamos derrotado al Rey Abismal, al Dios de la Espada, al Dios del Norte, y al Dios Ogro. Él ya había jugado todas esas cartas. Tendría que ser doloroso el hecho de también perder el Dios de la Lucha. Tenía que resistir, luchar, y ganar.
“Muy bien. Pero cuando veas que no puedes ganar, no debes dudar en retirarte. ¿Quedó claro?”
“Gracias.” Bajé mi cabeza, para luego ponerme de pie. “Además… ¿sabe algo de Roxy?”
“Nada.”
“Entiendo. Si sabe algo, por favor, hágamelo saber. De inmediato.”
Orsted asintió, y yo salí de la casa inmediatamente después.
Afuera, los guerreros estaban esperando por mí: Eris, con unos ojos y aura intimidantes. Ruijerd, con su aire de serenidad. Cliff, un poco agitado y nervioso, y con el miedo reflejado en sus ojos. Elinalise, observando a Cliff con la mirada de una madre. Dohga, quien se había enterado de que Sandor cayó en batalla y se veía listo para llorar. Zanoba, quien estaba usando la ropa tradicional Superd después de perder todo lo que tenía durante la batalla anterior. Y finalmente, los guerreros Superd, quienes estaban aquí para proteger su aldea.
Esta era nuestra alineación, y para ser honesto, no me llenaba de confianza. La brecha dejada por Sandor, Atofe, y el Dios Ogro era enorme. Todos ellos estaban a la par con los Siete Grandes Poderes, un escaño —incluso dos escaños— sobre nuestros miembros actuales.
Aun así, Dohga y Zanoba eran un buen substituto del Dios Ogro, y todavía estaban aquí. Badigadi prefería el combate cuerpo a cuerpo. No era un mal emparejamiento… excepto por el hecho de que ellos habían perdido contra el Dios Ogro. Estábamos bastante igualados en poder si nos considerabas a cada uno individualmente y como equipo —teóricamente— pero no estaba seguro de qué nos serviría eso. Lo que quería decir era que no todas nuestras cartas son inútiles: nada más, ni nada menos. Aun así, podríamos ser capaces de contener al Dios de la Lucha por uno o dos días. Las probabilidades de que mi carta del triunfo aparezca antes de que nuestros cuerpos se den por vencidos no eran buenas. Incluso si llegaba, no era una garantía de victoria. Bien podría simplemente terminar matando a mis aliados por nada.
“En marcha.”
Aun así, este era el momento. Yo tenía un plan, pero las probabilidades estaban en mi contra. No tenía pruebas de que había leído correctamente la situación. Puede que tenga el tiempo justo para colocar una trampa, pero no le ganaríamos a este oponente con trucos ingeniosos.
Nadie respondió. Ellos solo me siguieron. Íbamos camino a luchar contra el Dios de la Lucha.
Notas de los lectores
✦ La conversación puede contener spoilers de este capítulo.
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